Todo comenzó aquel 22 de junio de 1941: 152 divisiones alemanas invadieron la Unión Soviética desde el norte hasta el sur. Casi cuatro millones de hombres se lanzaban a la conquista del país más grande del mundo. Más de tres mil carros de combate avanzaban sobre “la patria de los trabajadores”. Más de dos mil aviones bombardeaban y ametrallaban las ciudades, las fábricas, las vías férreas y, en general, todo. El Ejército Rojo estaba desbordado en número y en armamento. Hubo ejemplos de resistencia heroica -ahí sigue en pie la Fortaleza de Brest (Bielorrusia) para atestiguarlo- pero no lograron contener el impulso inicial de aquellos alemanes que venían de ocupar casi toda Europa. Cuentan que Stalin estaba paralizado. Tardó más de una semana en dirigirse por radio, desde Moscú, a los pueblos de la URSS. Sin embargo, cuando habló, les dirigió palabras de esas que ponen armas en las manos del pueblo. Los llamó “camaradas” y “ciudadanos”, pero también “hermanos” y “amigos”. Les advirtió de la gravedad de la situación, pero también trató de inspirarles confianza. Recordó la invasión napoleónica. Exhortó a defender la patria de la “agresión fascista”. Era necesario movilizar todas las fuerzas de la URSS para avanzar hasta la victoria sin ceder un palmo de terreno.
Apenas un mes más tarde, mientras el avance alemán parecía imparable, un grupo de intelectuales judíos liderado por el gran actor y director teatral Solomón Mijoels (1890-1948) hicieron por radio un llamamiento a todos los judíos del mundo para unirse a la lucha contra la Alemania nazi. Los destinatarios no eran tanto los judíos de la Europa ocupada, que ya combatían en los grupos de resistencia nacionales, en las unidades de partisanos y en las distintas organizaciones judías desde el Bund hasta las células sionistas. Se trataba, más bien, de ganar apoyos entre las comunidades judías de los Estados Unidos y el resto de América.
Aquellas voces que llegaban desde Moscú hablaban con una autoridad indiscutible. Tomaron la palabra Iliá Ehrenburg (1891-1967), el periodista y escritor que había defendido a la II República Española, el gran poeta Peretz Markish (1895-1952), Sergei Eisenstein (1898-1948), príncipe de la cinematografía soviética y, naturalmente, Mijoels, que de algún modo encarnaba aquel espíritu de resistencia del pueblo judío en la URSS. En efecto, el director del Teatro Estatal Judío de Moscú simbolizaba la vitalidad de la cultura yidis en la Unión Soviética, cuya capital rivalizaba con Varsovia y Nueva York a la hora de decidir dónde estaba más viva la cultura judía. El yidis representaba no sólo una identidad judía secular frente al hebreo del rezo y la Escritura, sino una tradición revolucionaria formidable. Por poner un ejemplo, la Unión General de Trabajadores Judíos -el famosísimo Bund fundado en el Imperio de los Zares en 1897- había sido hasta 1921 la gran fuerza política de los judíos rusos. En Polonia, por cierto, perduró hasta 1939 y sus miembros formaban, en aquel momento, parte esencial de la resistencia en los guetos y los campos. Stalin había identificado la fuerza moral de aquellos escritores, dramaturgos y poetas que llamaban a sus hermanos a unirse a la lucha.
En el invierno entre 1941 y 1942, el gobierno soviético impulsó el Comité Judío Antifascista. En él, estaba la flor y nata de la intelectualidad judía del momento tanto en las artes como en las letras y las ciencias. Había escritores como Dovid Bergelson (1884–1952), poetas como el ya mencionado Peretz Markish e Itsik Fefer (1900–1952), periodistas como Ehrenburg y Vasilii Grossman (1905–1964). Estaba la fisióloga y bioquímica Lina Shtern (1878–1968), el doctor Boris Shimeliovich (1892–1952), director médico del Hospital Botkin de Moscú, y el general del Ejército Rojo Yakob Kreizer (1905–1969). El presidente era, naturalmente, Solomón Mijoels.
En 1943, Mijoels y Fefer hicieron una gira de siete meses en loor de multitudes por el Reino Unido, México, Canadá y los Estados Unidos. El Ejército Rojo acababa de vencer en Stalingrado. El 8 de julio una multitud de más de 60 000 personas los recibió entusiasta en Nueva York. En Chicago, la turba los rodeó y trataron de acercarse a codazos y empujones para tocar a Mijoels, la tribuna se vino abajo y el pobre dramaturgo acabó convaleciente con una pierna rota. Se reunieron con el arzobispo de Canterbury, con Albert Einstein, con Charles Chaplin, con el Comité Judío Americano y con representantes de otras muchas organizaciones. En todas partes recibieron apoyos morales, políticos y económicos. La libertad de América los impresionó. Allí, al otro lado del océano, millones de judíos habían encontrado un hogar libre y seguro. El panorama cultural vibraba con editoriales y periódicos como el “Forverts”, fundado en 1897 y de línea socialista. El famosísimo Instituto de Investigación Judía (YIVO), fundado en 1925, se había trasladado de Vilna a Nueva York. Sus fondos, por cierto, atesoran hasta hoy valiosísimos documentos sobre el Comité Judío Antifascista y los protagonistas de su trágica historia, a quienes el instituto dedica numerosas entradas en su fabulosa Enciclopedia de los Judíos de Europa Oriental. En América, pues, la vida judía florecía y Mijoels podía verlo.
Quizás fue entonces cuando Stalin empezó a tener recelos. Mijoels se sentía vigilado y no le faltaban razones: Fefer era, en realidad, un informante del partido. Durante su convalecencia con la pierna fracturada, Mijoels trató de tener alguna conversación privada fuera del alcance de los agentes soviéticos que lo vigilaban, pero Evgeni Kiselev, cónsul general de la URSS en Nueva York, no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Las autoridades soviéticas querían que la gira sirviese para recaudar fondos destinados al esfuerzo de guerra, no a ayudar a los judíos en la URSS ni en el resto de la Europa ocupada. A su regreso a la URSS en diciembre de 1943, Mijoels comprobó que el terrible destino de su pueblo no preocupaba tanto a Stalin como a él.
En efecto, aquel destino terrible se iba revelando a medida que el Ejército Rojo avanzaba sobre Europa. No era sólo el horror de los guetos y las fosas, sino la extensión de la colaboración en las regiones de la URSS ocupadas por los nazis y el minucioso espanto de los campos de exterminio. El Comité Judío Antifascista empezó a desarrollar iniciativas propias para ayudar a los judíos supervivientes a regresar a sus hogares, encontrar a sus familiares y, en la medida de lo posible, rehacer sus vidas. La llegada a Treblinka marca un punto de inflexión en la obra de Grossman: “es necesario hablar de la responsabilidad por el futuro de todos los pueblos y de todos los ciudadanos del mundo”. La editorial Galaxia Gutenberg, por cierto, publicó las crónicas de nuestro autor con el título “Años de guerra” en 2009. En 1942, Albert Einstein había propuesto al Comité la elaboración de un informe que recogiese las atrocidades cometidas contra los judíos en el territorio soviético ocupado. Se lo encargaron a Grossman y Ehrenburg. Fue “El libro negro” y las autoridades soviéticas impidieron su divulgación. Primero lo censuraron. Después trataron de reescribirlo so pretexto de editarlo. Finalmente, en 1947, las autoridades resolvieron no aprobar la publicación del libro. La colaboración había sido tan extensa y tan intensa que era difícil defender la doctrina de la hermandad proletaria de los pueblos. Durante años, del Libro Negro sólo se conocieron unos manuscritos que se habían remitido al extranjero antes de 1947. Este libro también lo publicó, en 2011, Galaxia Gutenberg.
Terminada la guerra, el Comité empezaba a ser incómodo. Eran verdaderos antifascistas y humanistas. Por eso Stalin los vio como un peligro. En el fondo, el Padrecito nunca había dejado de ser un antisemita de la vieja escuela.
En 1948, se ordenó la disolución del Comité. Ese mismo año Mijoels murió en extrañísimas circunstancias. Todo parece indicar que lo asesinaron. Entre 1948 y 1949, decenas de intelectuales judíos sufrieron arrestos, ceses y despidos. En mayo de 1952, quince miembros del Comité Judío Antifascista fueron detenidos, encarcelados, torturados y juzgados por espionaje y traición. Los cargos eran tan delirantes que no merece la pena ni detenerse en ellos. Era un proceso sin posibilidad alguna de absolución para nadie. De los quince detenidos, a trece los condenaron a muerte y a una le impusieron la pena de destierro. El décimo quinto cayó enfermo durante el juicio y muró en 1953. A los 13 condenados a muerte los ejecutaron la noche del 12 de agosto de 1952. Se llamó a aquel episodio La Noche de los Poetas Asesinados. Se cumplen, en estos días, 70 años.
Hoy esta columna los recuerda.