Durante el mes de agosto, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas recientes críticas más leídas de libros destacados
Ilustraciones de Harry W. McVickar y Gustave Nebel. Traducción de Óscar Luis Molina. Tres puntos. Madrid, 2022. 152 páginas. 19,95 €.
Por Francisco Estévez
Son varios los progresos técnicos en la narración que explora y difunde Henry James. Uno de los más descollantes es su dominio técnico sobre el punto de vista, utilizado con un rigor inaudito que mejora la narración para realizar pesquisas desde la descripción exterior hasta la piscología interna del personaje cuya cima técnica representó tiempo después la corriente de conciencia o monólogo interior. El filtro de la conciencia jamesiano, al diluir la omnisciencia narradora, se interroga desde diversos puntos de vista. Esta infiltración de la subjetividad narrativa aporta un aire de renovada modernidad a su escritura, ya comentamos aquí el análisis entre ética y conocimiento planteados en la estupenda Lo que Maise sabía (1897).
Más allá de la superficie acaso conservadora de sus historias, el magistral uso de técnicas justificaría salvar al autor de la pira del tiempo. De cualquier modo, los relatos de Henry James presumen con lozanía de una vigencia a prueba de fuertes cambios sociales. Italo Calvino apreció con sagacidad la escritura esquiva del norteamericano, que quizá en este soberbio relato se muestre con menos velo. En efecto, aquí parece escavar en lo más profundo de las relaciones humanas, con especial hincapié en el análisis de convenciones y sus efectos en la psiquis, donde es un pionero literario, sin renunciar por ello a ser hombre de su época, alcanzando una universalidad que, extendida en el tiempo, le acredita como clásico.
Escrito en 1878, Daisy Miller encuadra su primera parte en la ciudad suiza de Vevey, cuyas costas viven la primera gloria del turismo de masas y sus consecuentes torturas: “en todo momento el estruendo de agudo vocerío”. De un joven norteamericano, Winterbourne, residente en Ginebra, se cotillea que bebe los vientos por una dama extranjera mayor que él. Sin embargo, el amistoso personaje se debatirá entre su orgullosa y refinada tía y las delicias de una joven norteamericana, directa y vulgar pero con delicada gracia: Daisy Miller. El famoso relato más que novela corta, obra en estado de gracia de Henry James, retrata el intenso y simbólico encuentro entre la joven representante de los Estados Unidos y la encorsetada Europa, que se tornará colisión al darse la caprichosa niña de bruces con las rígidas convenciones sociales y sucumbir de un virulento brote de malaria conocido como fiebre romana. La conciencia pura, ingenua, de la encantadora Daisy chocará con la conciencia puritana colectiva simbolizada en distintos personajes.
Las ataduras sociales resaltan el lozano desparpajo de la joven norteamericana: las complejas contradicciones europeas frente a la frescura vital de Daisy. Desde la mirada del clásico lo que pareciera retrato de época tiene un poso de clásica vigencia a pesar de la distancia de tiempo, las convenciones y la diferente sensibilidad: la escena de capricho y coquetería que una y otra vez se repite, aquí indisimulada por el minúsculo escándalo de montar en un bote, lo que media entre la súbita familiaridad y ese juego de distancias de mecánica marítima repetido desde el inicio de nuestra especie.
Hay un sabio uso de la poética del espacio por Henry James en su ejemplar tratamiento del tema byroniano, el amor imposible debido a los límites impuestos por la sociedad y la muerte, insinuado este en distintas ocasiones desde el famoso castillo de Chillon, donde el poeta romántico sitúa muchas de sus composiciones, hasta el simbólico pasaje del Manfredo que canturrea Winterbourne en su entrada al Coliseo. La segunda parte del relato transcurre en Italia con fatal desenlace. Allí continuará el cortejo febril de Winterbourne, zancadilleado por el propio coqueteo de Daisy y su libérrima vitalidad. Resulta este un relato de extraño magisterio donde la verosimilitud no se resiente aunque hasta un niño sea capaz de culpar a la vieja Europa de la caída de sus dientes.
La comparación entre las nuevas tierras estadounidenses y el Viejo Continente es tema común en la primera época de escritura de Henry James desde la historia del escultor Roderick Hudson, pasando por El americano (1877), hasta alcanzar su cenit en el sabio examen que es Los europeos (1878). La obstinada pasión de Daisy Miller se tornará desafiante en la novela Retrato de una dama de 1881 con su historia de la indómita Isabel Archer, reflejo, sólo en parte, de los nuevos Estados Unidos frente a la vieja Europa de aquella época, pero esa ya es otra historia, otra novela.