Opinión

Monarquía y monarquías de luto riguroso

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 19 de septiembre de 2022

Diez horas de espera han soportado estoicamente los ingleses para despedirse de su reina, en la Abadía de Westminster. En España también enterramos muy bien a nuestros reyes y deudos, porque lo del sepelio, las exequias y el catafalco, las flores de plástico y la corona con “tus amigos no te olvidan” viene de lejos, de Quevedo o atrás, de algún satírico renacentista o de las danzas de la muerte, de Goya, Gutiérrez Solana y La Codorniz después, y de Cela y Berlanga, por último. Los británicos se enfrentan a la muerte como si estuviesen en una de sus colonias de la Commonwelth, como Stanley Baker y Michael Caine en Zulú, sin perder la dignidad ni el rictus de luto y circunspección.

Felipe VI ha evitado salir en la foto con don Juan Carlos y doña Sofía, sus padres, pero al final el objetivo de la cámara indiscreta los ha inmortalizado en la misma fila junto a otros reyes y reinas de Europa, entre las luces y sombras de la misa solemne. El Daily Mail se ha apresurado a titular “El deshonrado rey Juan Carlos de España desafía al Gobierno que le pidió que no asistiera” y los gacetilleros del corazón se apresuran a sacarle punta a la mirada, al gesto, al estornudo y a la tos en esa bancada, bajo bóvedas, tréboles de piedra e insignias de la Jarreta. El mensaje que corre por los mentideros es que a Sánchez no le ha hecho gracia el viaje del emérito, pero en el laberinto de pasillos entelarañados de los castillos y palacios corrían las invitaciones destinadas a los familiares de “la querida tía Lilibeth”, como se referían a ella en el palacio de la Zarzuela.

Digamos que la capilla ardiente de Lancaster House y el libro de condolencias dispuesto por Carlos III para que garabatearan las suyas los más de 2.000 invitados ha sido el escenario improvisado e insólito donde la primera ministra del Reino Unido, Liz Truss, anda de encuentros bilaterales, antes de que todos se vayan a la Asamblea General de la ONU, en Nueva York: del vestíbulo de Westminster Hall al rumor y oleaje de los taxis, así andan los mandatarios estos días, del sobredorado a la chapa y pintura amarillo chillón del yellow cab, agenda 2030 en medio de la polución y demás.

Con Isabel II de Inglaterra se va el último temblor de los grandes reyes; porque lo que han puesto en marcha en el Reino Unido desde el 8 de septiembre, las operaciones Unicornio y puente de Londres, es un fin de era, un canto de cisne, la corona fatigada de un monarca, Charles, que tiene que lidiar con la fractura social y económica de su reino posindustrial, especialmente entre el norte y el sur del país. La Casa Real sin la reina no es tan sexi, digan lo que digan, porque la anciana soberana ha llegado a tirarse en paracaídas en los Juegos Olímpicos de Londres con James Bond, y a Carlos de Inglaterra y a Camila no nos los imaginamos en semejante trance. Tampoco nos hacíamos a la idea de que en algún momento Juan Carlos I se iba a enfrentar a un juicio civil en los tribunales británicos. Las amantes despechadas llevan dentro todo el resentimiento de la ginebra de garrafón, como los beefeaters o custodios de la Torre de Londres. Los entierros regios son los viveros donde los políticos le dan al bollo mientras el emperador desciende al hoyo; y en los pasillos de luto, de vestidos negros y discretas flores, de ministros de Exteriores y embajadores “de interiores” paredaños, corbatas de negro fatigado y lágrimas insuficientes, se va escribiendo el presente del planeta. Que, por cierto, no parece de color rosa, sino que también viste a la funerala. Que es un color que combina muy bien con el oropel, los bajos salarios y los patrimonios de cada quien.