Diez horas de espera han soportado estoicamente los ingleses para despedirse de su reina, en la Abadía de Westminster. En España también enterramos muy bien a nuestros reyes y deudos, porque lo del sepelio, las exequias y el catafalco, las flores de plástico y la corona con “tus amigos no te olvidan” viene de lejos, de Quevedo o atrás, de algún satírico renacentista o de las danzas de la muerte, de Goya, Gutiérrez Solana y La Codorniz después, y de Cela y Berlanga, por último. Los británicos se enfrentan a la muerte como si estuviesen en una de sus colonias de la Commonwelth, como Stanley Baker y Michael Caine en Zulú, sin perder la dignidad ni el rictus de luto y circunspección.
Felipe VI ha evitado salir en la foto con don Juan Carlos y doña Sofía, sus padres, pero al final el objetivo de la cámara indiscreta los ha inmortalizado en la misma fila junto a otros reyes y reinas de Europa, entre las luces y sombras de la misa solemne. El Daily Mail se ha apresurado a titular “El deshonrado rey Juan Carlos de España desafía al Gobierno que le pidió que no asistiera” y los gacetilleros del corazón se apresuran a sacarle punta a la mirada, al gesto, al estornudo y a la tos en esa bancada, bajo bóvedas, tréboles de piedra e insignias de la Jarreta. El mensaje que corre por los mentideros es que a Sánchez no le ha hecho gracia el viaje del emérito, pero en el laberinto de pasillos entelarañados de los castillos y palacios corrían las invitaciones destinadas a los familiares de “la querida tía Lilibeth”, como se referían a ella en el palacio de la Zarzuela.
Digamos que la capilla ardiente de Lancaster House y el libro de condolencias dispuesto por Carlos III para que garabatearan las suyas los más de 2.000 invitados ha sido el escenario improvisado e insólito donde la primera ministra del Reino Unido, Liz Truss, anda de encuentros bilaterales, antes de que todos se vayan a la Asamblea General de la ONU, en Nueva York: del vestíbulo de Westminster Hall al rumor y oleaje de los taxis, así andan los mandatarios estos días, del sobredorado a la chapa y pintura amarillo chillón del yellow cab, agenda 2030 en medio de la polución y demás.
Con Isabel II de Inglaterra se va el último temblor de los grandes reyes; porque lo que han puesto en marcha en el Reino Unido desde el 8 de septiembre, las operaciones Unicornio y puente de Londres, es un fin de era, un canto de cisne, la corona fatigada de un monarca, Charles, que tiene que lidiar con la fractura social y económica de su reino posindustrial, especialmente entre el norte y el sur del país. La Casa Real sin la reina no es tan sexi, digan lo que digan, porque la anciana soberana ha llegado a tirarse en paracaídas en los Juegos Olímpicos de Londres con James Bond, y a Carlos de Inglaterra y a Camila no nos los imaginamos en semejante trance. Tampoco nos hacíamos a la idea de que en algún momento Juan Carlos I se iba a enfrentar a un juicio civil en los tribunales británicos. Las amantes despechadas llevan dentro todo el resentimiento de la ginebra de garrafón, como los beefeaters o custodios de la Torre de Londres. Los entierros regios son los viveros donde los políticos le dan al bollo mientras el emperador desciende al hoyo; y en los pasillos de luto, de vestidos negros y discretas flores, de ministros de Exteriores y embajadores “de interiores” paredaños, corbatas de negro fatigado y lágrimas insuficientes, se va escribiendo el presente del planeta. Que, por cierto, no parece de color rosa, sino que también viste a la funerala. Que es un color que combina muy bien con el oropel, los bajos salarios y los patrimonios de cada quien.