Tras la reseña de Vengo de ese miedo, publicada el pasado 1 de abril en El Imparcial, entrevistamos a su autor, el malagueño Miguel Ángel Oeste.
En Vengo de ese miedo los del narrador hacia su progenitor siguen una unívoca dirección: la del odio generado hacia él por ese miedo que le hace padecer desde su infancia (y que perdura más allá de su muerte). Reconoce también el narrador, a sus 45 años, no haber podido superar tan oscura influencia castradora.
¿Le resultó complicado a Miguel Ángel Oeste ejercer durante las 300 páginas del libro su constante fuerza creadora sobre esa negatividad generada por la figura paterna que, de forma tan implacable, muestra el narrador?
Aún no he leído a Karl Ove Knausgard, así que poco le puedo decir. No me resultó complicado. Escribir es una manera de estar en el mundo. Da lo mismo que escriba un cuento infantil, un texto de terror o cualquier otra cosa. De hecho, cuando no escribo me siento un perro vagabundo y apaleado. En cuanto a la negatividad de la que habla. El narrador empieza a escribir con resentimiento, para ir cambiado a lo largo de esa narración y llegar a comprender las aristas del padre y las cápsulas del miedo. Una de las características es precisamente que es una novela escrita al compás del tiempo en el que se modifica la visión que el narrador tiene sobre los hechos y los personajes.
Aunque el mismo narrador de Vengo de ese miedo se reconoce como neurótico en tratamiento, por la agudeza de su discurrir y calidad de su prosa comprendemos que no despliega esta implacable historia ni desde el trastorno mental ni, mucho menos, desde los efectos de una prolongada borrachera.
¿De dónde diría que nace su necesidad a la hora de afrontar -desde la cordura y la sobriedad- un libro tan destemplado como este?
A Vila-Matas le preguntaron: «¿Cuánto de autobiográfico hay en su autoficción?» Él respondió: «Nada de autoficción, por dios, qué manía. Solo hay Ficción a secas, sin más, como en la Biblia, detrás de la cual también estaba alguien creando algo, en primer lugar, para sí mismo. ¿O no oyó usted decir que el lenguaje no es algo que represente la realidad, sino algo que la hace y deshace desde una irrevocable subjetividad?».
En el Libro de Escolaridad que refleja el cambio de colegio a instituto que se ve obligado a hacer el narrador (capítulo 22 de la cuarta parte, página 209) por primera -y única vez- aparece su nombre: Miguel Ángel Martín Ruiz. Y su fecha de nacimiento: Málaga, 1972.
Que usted se apellide Oeste y no Martín Ruiz, y que haya nacido en Málaga -pero en 1973- lleva a especular que lo contado tenga aspectos ficticios, o, por lo menos, aporte algún dato irreal sobre esa figura paterna (ya bastante asombrosa en su capacidad de aguante con alcohol, drogas y sexo).
Estas modificaciones biográficas, ¿serán suficientes para que Miguel Ángel Oeste se desmarque del «yo-autor» que tan involucrada y descarnadamente refiere su relato?. Más claro se lo preguntó: ¿Vengo de ese miedo no es una autobiografía?
Acabo de responderle en la anterior.
¿Hasta qué punto vivir en la Costa del Sol durante aquella época tan desfasada favoreció el desarrollo de una personalidad patológica como la del padre de Vengo de ese miedo?
Los lugares influyen en el desarrollo de las personas. Si una persona vive aislada en el campo casi con seguridad no se comportará si vive en el centro de Tokio. Esto también se aplica a la época. No es lo mismo la actualidad que hace cien años. Y eso es lo que intento en mis novelas, que los lugares sean personajes, que paisaje y paisanaje dialoguen, que sea algo orgánico con lo que se narra.
Pero Vengo de ese miedo es una obra muy pensada y bien estructurada a la hora de poner en palabras la memoria del narrador, una memoria llena de rencor y que conserva, congeladas bajo cero, las frustraciones del padre.
¿Cómo se las arregla para conjugar esos fogonazos de la memoria involuntaria con la estructura narrativa en la que los vuelca?
No hay nada involuntario. La memoria es una mera construcción. Solo es ficción. La estructura se fue modificando con las revisiones.
¿Inciden sus otros libros en esta pesimista visión de las relaciones familiares y del mundo en que vivimos? ¿Qué puede contarnos de Bobby Logan, Far Leys y Arena, sus otras novelas?