Opinión

Memoria de Jasenovac

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 30 de abril de 2023

El pasado 22 de abril se conmemoró el 78º aniversario de la liberación de Jasenovac, el campo de concentración -habría que decir, más bien, de exterminio- que el Estado Independiente de Croacia erigió a orillas del río Sava entre las actuales Croacia y Bosnia-Herzegovina. En torno al recinto principal gravitaban otros cinco subcampos, de los cuales los más importantes eran el de Donja Gradina, al otro lado del río; el de Sisak, dedicado al internamiento de los niños, y el de Stara Gradiška, en que se encerraba a las mujeres. El régimen de la Ustasha, aliado de los nazis, mató en este complejo concentracionario a serbios, gitanos y judíos. Su líder, Ante Pavelić, se hizo llamar a sí mismo “poglavnik” en un triste calco de los títulos que el “Duce” y el “Führer” tenían en Italia y en Alemania. También compartía con Hitler el pensamiento racista y el culto de la raza, la tierra y la sangre. Para crear la Croacia de sus sueños, los “ustashe” crearon para los serbios, los gitanos y los judíos un lugar de pesadilla.

Entre agosto de 1941 y abril de 1945, en Jasenovac encontraron la muerte -como mínimo- 83 145 personas, cuyos nombres han sido identificados, pero las estimaciones arrojan cifras muy superiores. Casi 39 570 hombres, 23 474 mujeres y 20 101 niños menores de 14 años encontraron la muerte a manos de los fascistas croatas. La matanza se hacía cara a cara y con la sangre salpicando. A la mayoría de esas 83 145 víctimas, las mataron degollándolas o apuñalándolas, a golpes o a hachazos, mediante el hambre y la sed y a través de trabajos forzados dirigidos a matar de agotamiento a los presos. No faltaron ni el gas, ni el veneno ni las quemas de personas vivas. La masacre abrió la puerta a formas terroríficas de creatividad. Los fascistas de la Ustasha inventaron el Srbosjek, un cuchillo que se ataba a la muñeca y permitía cortar el cuello más deprisa simplificando los movimientos. Su nombre significa “el que rebana a los serbios”. El “ustasha” Miroslav Filipović, apodado "Majstorović", pasó de ser fraile franciscano y sacerdote católico a dirigir el campo entre octubre de 1942 y marzo de 1943 y matar a prisioneros con sus propias manos. No es sorprendente que, a medida que su participación en el partido se intensificaba, los franciscanos lo expulsaran de la orden en abril de 1942. Tampoco resultará extraño que lo ahorcasen en 1946. Maks Luburić, otro de los responsables del campo, logró escapar del patíbulo al terminar la guerra y huir a España, pero apareció muerto el 20 de abril de 1969 en Carcagente. Se sospechó de los servicios secretos yugoslavos, pero investigaciones recientes apuntan a un posible asesinato a manos de los propios fascistas croatas en el exilio.

Ante el derrumbe del Eje, en abril de 1945, los fascistas croatas abandonaron el campo no sin antes quemar los cuerpos de los muertos y destruir los restos que los incriminaban. También en esto imitaron a los nazis. Para acabar con los testigos, mataron incluso a los médicos. La Ustasha se esforzó en destruir las pruebas de su crimen, pero fue en vano. Los serbios, los gitanos y los judíos sabían lo que habían perpetrado los fascistas croatas. En un Estado fundado sobre la identidad antifascista, Jasenovac era un símbolo de la lucha común de los yugoslavos contra el mal. El célebre arquitecto Bogdan Bogdanović (1922-2010), que fue partisano y alcalde de Belgrado, diseñó el impactante monumento de piedra con forma de rosa que se ve desde cualquier lugar del campo.

Sin embargo, había cierto silencio en el recuerdo. Yugoslavia profesaba como doctrina de Estado la hermandad y unidad entre los pueblos y, aquí, en este lugar, los fascistas croatas habían matado decenas de miles de serbios. La propia demografía de Croacia y Bosnia-Herzegovina cambió a raíz de la destrucción de los serbios. El revisionismo histórico de los nacionalistas croatas hizo el resto después de la destrucción de Yugoslavia.

Los serbios, sin embargo, no se han dejado arrebatar la historia. Siguen celebrando ceremonias de recuerdo en las que se elevan oraciones y se hacen votos de no olvidar y de evitar que el crimen se repita. Estos serbios se niegan a quedar excluidos de la historia. Parece de mal gusto recordar que, entre las víctimas, estuvieron los serbios que vivían, desde hacía siglos, en los territorios que hoy pertenecen a Croacia y a Bosnia-Herzegovina. Sin su exterminio, los conflictos étnicos y nacionalistas de los años 90 son incomprensibles.