El 4 de agosto de 1995 tropas croatas avanzaron sobre el territorio de la autoproclamada República Serbia de Krajina. Era el comienzo de la Operación Tormenta. La movilización de las unidades croatas comenzó el día 3 y los combates se prolongaron hasta el día 14 en algunas localidades.
De nada sirvieron las tropas desplegadas bajo mandato de Naciones Unidas en la región. Tampoco sirvió que los representantes de los serbios de la Krajina hubiesen aceptado la víspera del ataque la propuesta de una solución pacífica al conflicto auspiciada por la comunidad internacional. Frente a los 30.000 soldados serbios de Krajina, los croatas, apoyados por efectivos de Bosnia -Herzegovina, desplegaron casi 140.000 hombres. Los 230.000 civiles serbios de Krajina tuvieron que huir hacia el este, a la República de Serbia y a la Republika Srpska en Bosnia-Herzegovina. Nadie acudió en auxilio de esos refugiados que huían de la ofensiva.
Las cifras de aquella operación publicadas por la ONG Veritas son estremecedoras. 1852 muertos o desaparecidos. Casi un tercio de esas víctimas mortales fueron mujeres. Más de la mitad, un 65%, eran civiles desarmados. Más de 900 muertos eran mayores de 60 años. La ofensiva croata destruyó más de 13.000 edificios; entre ellos, 25.000 casas, 920 monumentos, 181 cementerios, 96 museos, y 78 iglesias.
Es inevitable pensar que no se trataba sólo de tomar un territorio, sino también de erradicar la presencia serbia en él. También es inevitable recordar la historia del Estado Independiente de Croacia (1941-1945). El régimen de la Ustasha trató de destruir a los serbios de Croacia. El campo de concentración y exterminio de Jasenovac simboliza el horror de aquel tiempo. En él, según el United States Holocaust Memorial Museum, entre 77.000 y 99.000 personas encontraron la muerte a manos de los fascistas croatas. El número podría ser superior, pero la destrucción de los archivos entre 1943 y 1945 a manos de los ustashi impide conocer por completo la magnitud del crimen. Entre sus víctimas, hubo judíos, gitanos, musulmanes, partisanos y, por supuesto, serbios. Los fascistas croatas mataron entre 45.000 y 52.000 serbios del Estado Independiente de Croacia según las mismas fuentes del United States Holocaust Memorial Museum.
En general, la tragedia de los serbios de Croacia yace olvidada en un rincón de la historia de Europa. Después de la destrucción de Yugoslavia, parece de mal gusto recordar a Ante Pavelic (1889-1949), que yace por cierto enterrado en Madrid, a Dido Kvaternik (1910-1962), a Andrija Artuković (1899-1988) y a tantos otros perpetradores de atrocidades contra los serbios. En general, los perpetradores quedaron impunes. Incluso aquellos que fueron ejecutados, como Mile Budak (1889-1945), el responsable del aparato de propaganda del Estado Independiente de Croacia, tienen hoy calles dedicadas a su memoria. Budak fue quien propuso matar a un tercio de los serbios de Croacia, expulsar a otro tercio y convertir al catolicismo a los restantes.
No sólo pesa sobre los serbios de Croacia el olvido, sino también la afrenta. Hoy a los miembros de la Ustasha se los recuerda como héroes, patriotas y, en ocasiones, incluso mártires de la nación. Cincuenta años después del fin del Estado Independiente de Croacia, en el verano de 1995, a los serbios de la Krajina se los volvió a expulsar de su tierra.
Peter Handke decía que tenemos que hablar de la prehistoria del conflicto. Si uno quiere comprender el horror de las guerras que destruyeron Yugoslavia en los años 90, hay que volver la mirada a los años treinta y cuarenta. La impunidad de aquellos años tuvo una prolongación siniestra y terrible en los acontecimientos posteriores.
El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia juzgó y absolvió a los generales responsables de la Operación Tormenta y su complementaria, la Operación Relámpago (la ofensiva sobre Eslavonia). Ante Gotovina, Ivan Cermak y Mladen Markac gozan hoy de reconocimiento y respeto en Croacia. En honor a la verdad, hay que decir que el tribunal perdió parte de su credibilidad, precisamente, en absoluciones como éstas.
Más de veinticinco años después de la Operación Tormenta, los serbios de Croacia siguen sufriendo el revisionismo histórico de la década de 1930 y 1940 y el estigma de la derrota en los años 90. Para ellos, no ha habido aún justicia. Salvo en la República de Serbia y en la Republika Srpska, nadie recuerda la ofensiva contra los serbios de la Krajina ni su éxodo. El espanto de las guerras de aquella década infame, dejó unas víctimas a quienes se reconoce y otras que languidecen en el olvido o la negación. Esto es una injusticia. Reconocer el sufrimiento de unos no implica ni exige negar el de otros. Aquellas guerras fueron espantosas. Se cometieron atrocidades que nada puede justificar. Sobre la comunidad internacional, por cierto -en particular sobre la ONU y sobre la OTAN- pesan gravísimas responsabilidades que algún día la historia juzgará.
Pero el silencio y el olvido que se pretende imponer sobre el sufrimiento de los serbios sólo agrava y ahonda las heridas. Lo que se hizo en el verano de 1995 fue abominable. Fue una injusticia y un crimen.
Hoy esta columna pide justicia para las víctimas.