La Huerta Grande. Madrid, 2023. 393 páginas. 24 €.
Por David Almazán Tomás
Hokusai (1760-1849) es el artista japonés más universal, célebre por su famosa Gran ola de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji. Con mayor o menor fortuna, esta obra ha sido utilizada en decenas de publicaciones de libros de temática nipona. Tal fue el éxito que el mismo promotor de la serie de estampas le encargó a Hokusai un libro con más paisajes de la sagrada montaña, que se publicó en tres volúmenes con el título de Cien vistas del monte Fuji. En blanco, negro y grises, este libro es sin duda uno de los más bellos de todos los tiempos. El primer volumen apareció en 1834, el segundo en 1835 y el último, ya cuando parecía que la obra podría quedar inconclusa, en 1849, año de la muerte del maestro. En el segundo volumen, Hokusai presentó una composición con una gran ola que es una imaginativa versión de la conocida estampa en color. Este oleaje con monte Fuji de 1835, adornado con un rojo sol naciente, añadido para aludir a la bandera de Japón, sirve de portada, quizá demasiado tópica, para Un beso en Tokio.
A diferencia de lo que la portada podría sugerir, no se trata de un relato de relatos ambientados en el lejano Japón de las geishas, sino de un libro sobre el mundo del arte moderno, el Japón de la isla de Naoshima, donde los Nenúfares de Monet reposan en un museo de Tadao Andō. Por esta razón, mejor portada hubiera sido otra de las ilustraciones que acompañan a la novela: Entre márgenes, de Mercedes Lara, que muestra un desdibujado mapamundi colorista que expresa bien la globalización artística de la actualidad y la interconexión cultural de todas las regiones del planeta en la era moderna.
Como Japón fue descrito por Roland Barthes como la cultura del envoltorio, me he entretenido algo en la portada. Vamos al interior. Un beso en Tokio es la primera novela de Cristina Carrillo de Albornoz Fisac. Su contenido refleja bien el perfil profesional de la autora, comisaria independiente de exposiciones con trayectoria internacional. Aunque hay historia de amor, la novela se articula como una sucesión de episodios breves. Una página o dos es el espacio que suele tener cada capítulo, iniciado por un sugerente título y una cita. Estas citas son toda una declaración de intenciones y en ocasiones una síntesis del breve capítulo.
Es un libro que engarza innumerables referencias de diversos autores: Tadao Andō, Pablo Neruda, Matsuo Bashō, Mario Benedetti, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Federico García Lorca, Oscar Wilde, Walter Benjamin y muchos más. No hay índice, pero los capítulos son más de un centenar, desde “El sueño” hasta “Un beso en Tokio”. El hilo conductor de la novela es la vida de un arquitecto japonés llamado Kengo ōe, una especie de alter ego de Tadao Andō. La nacionalidad del personaje permite a la autora referirse a algunos elementos de la cultura japonesa, como la novela del Genji Monogatari, la poesía de los haiku, la ceremonia del té, la estética de refinada humildad de sabi y wabi, etc.
Sin embargo, el principal rasgo del personaje, Kengo ōe, es su cosmopolitismo e internacionalización. Los límites geográficos de Un beso en Tokio sobrepasan las fronteras del Japón y la autora nos pasea por Europa, China e incluso África. Con una prosa elegante, clara y descriptiva, Carrillo de Albornoz nos va presentando una gran red de conexiones entre centenares de protagonistas de la historia del arte contemporáneo, desde fines del siglo XIX hasta la actualidad.
En modo alguno estas conexiones son forzadas y una de las principales virtudes de esta novela es la facilidad para introducirnos aspectos interesantes de las grandes figuras del arte, de la arquitectura, de la fotografía, del cine, de la moda y, en general, de la creación. Un beso en Tokio es una novela que disfrutarán los lectores con inquietudes y conocimientos de historia del arte contemporáneo.