Anagrama. Barcelona., 2024. 112 páginas. 16,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.
Por Soledad Garaizábal
De la sorpresa a la perplejidad hay varios pasos y todos ellos podrán ir superándolos alegremente si tienen la buena idea de leer Los guapos, la nueva novela de Esther García Llovet (Málaga, 1963), publicada por Anagrama. Es muy original, por no decir rarísima. Es atrevida, asombrosa, desconcertante, enigmática. El alucine va in crescendo según se pasan páginas. Salvando las distancias, recuerda un poco a los guiones de David Lynch, porque describe personajes muy curiosos y ambientes bañados en misterio, y te deja siempre a un paso de la incomprensión lectora, preguntándote si no te estará engañando la imaginación y lo que te pareció pasmoso no será de lo más normal o al revés, si lo cotidiano no estará lleno de enigmas. Parece realismo mágico posmoderno, producto de una generación que ya ha encontrado explicaciones científicas para casi todo y empieza a descubrir que prefería los mitos. Además, lo paranormal se añade a los ambientes y personajes singulares y entonces ya lo insólito se hace inexplicable y la mandíbula del lector se abre irremediablemente en un oh de admiración.
Después de Coda, Submáquina, Cómo dejar de escribir, Gordo de feria o Spanish Beuty, entre otras, que se ambientaban en lugares como Madrid o Benidorm y daban muestra de la valía de su autora, ahora la trama se sitúa en la Albufera valenciana, cerca del camping de El Saler, donde frecuentemente sopla fuerte el siroco, el xaloc, como lo llaman allí. Tal vez sea la influencia de este viento del sur lo que ha hecho que, en el camping, en temporada baja, a mediados del mes de octubre, solo quede gente bastante rara. Está Willy, que es la vigilante del recinto, come pipas a todas horas, desnuda “parece una caricatura de Robert Crumb” y tiene un programa en la televisión local sobre fenómenos paranormales.
También, Vicente, “el loco del pueblo”, que recorre la zona a lomos de una Montesa y salió traumáticamente de la niñez; Mornell, la niña casi clarividente que fue abandonada a los cuatro años en una embarcación de vela latina y sigue por allí, vestida con su mono de electricista; Broseta, el italiano cuya mujer le dejó en los ochenta por un seguidor de la Iglesia de la Cienciología y, desde entonces, regenta un quiosco de playa y se niega a creer en nada que se salga de lo corriente. Pero por esos lares suceden cosas que no tienen fácil explicación. En unos arrozales cercanos han aparecido crops circles, esos enormes círculos misteriosos, marcados sobre el terreno, que parecen obra de extraterrestres. Además, a veces, el mar cambia rápidamente de temperatura, o se agotan las baterías de pronto, o desaparecen las cosas que lanzas al cielo, o descubres que te está hablando un fantasma...
La obra se lee en un pispás. No solo es bastante breve, sino que está compuesta por capítulos de muy pocas páginas y escrita con una economía del lenguaje asombrosa. La puntuación es tan original y la construcción de las frases tan esquemática que frecuentemente se recurre a las elipsis y se fuerza al lector a que busque por sí mismo las palabras que faltan. Por ejemplo, García Llovet escribe: “Son tres chavales, de unos quince, rubios, pijos, las pulseras” o “dos viejas de pueblo, de negro, de cháchara, con la permanente recién hecha, es viernes”. En otras ocasiones, sin embargo, utiliza símiles elaborados, como “las palabras se desplegaban de sus bocas en largos bucles de pergamino púrpura y dorado como en los códices medievales, plenos de sabiduría natural”, o como cuando se pierde poéticamente en paradojas científicas y bucea en la física cuántica de todo lo que es y, a la vez, no es.
Así, combinando distintos ritmos narrativos, utilizando una fina ironía, tomándose todas las libertades necesarias para llevarte en volandas a la conclusión, se llega a un final poético y redondo como el punto de la interrogación de una gran pregunta cuya “respuesta es Sí”.