Traducción de Jordi Ainaud y Escudero. Taurus. Barcelona, 2023. 296 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El flamante Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, nos regala un luminoso trabajo, repleto de inteligente esperanza en tiempos oscuros
Por Carmen R. Santos
No son precisamente luminosos los tiempos que vivimos. Con una guerra en suelo europeo, en la que Ucrania resiste heroicamente -¿hasta cuándo podrá?- al brutal ataque de Putin y su insaciable apetito expansionista, con el fatal desenlace del envenenamiento a Alekséi Anatólievich Navalni, uno de los más firmes opositores al autócrata ruso, con el recrudecimiento del conflicto palestino-israelí dando trágicos signos de su imposible solución, con populismos, polarización y nacionalismos rampantes que amenazan el orden democrático, con el acoso y derribo a la filosofía y las Humanidades…, en una sociedad cada vez más entontecida y manipulable, sin olvidar la no tan lejana explosión de la pandemia. Los medios de comunicación nos sirven cada día titulares inquietantes. A todo ello, se ha referido, con preocupación, Michael Ignatieff (Toronto, 1947).
Pero si el momento no es luminoso, el último libro de Michael Ignatieff, flamante Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales 2024 sí lo es. Cuenta su propio autor el origen y génesis de En busca de consuelo. En 2017 le invitaron a dar una conferencia sobre la justicia y la política en los Salmos, encuadrada en un festival de canto en Utrecht, en el que varios coros iban a cantar versiones musicales del libro bíblico, y confiesa: “Fui a pronunciar una conferencia sobre justicia y política, pero encontré consuelo: en las palabras, la música y las lágrimas de reconocimiento del público”. A partir de ahí, el proyecto se amplío y empezó a trabajar con otros textos y autores. Su propósito era “buscar consejo en los grandes hombres y mujeres que vivieron tiempos más desolados que los nuestros y que encontraron consuelo en obras de arte, filosóficas y religiosas”. Todo un enorme legado que hoy continúa a “nuestro alcance para ayudarnos cuando necesitemos que vuelvan a cumplir su antiguo cometido”.
Michael Ignatieff nos propone un extraordinario recogido por ese tesoro, donde, como bien recalca, las experiencias personales y concretas -como esas Cartas a Olga, que Václav Havel escribió a su mujer desde la prisión por su disidencia- alcanzan un valor universal. En una simbiosis de biografía y retrato, explicación, contextualización y análisis repasa diecisiete figuras y su obra, abarcando desde clásicos hasta contemporáneos. Arranca con el libro de Job y los Salmos y termina con el trabajo de Cicely Saunders que asistió a enfermos terminales e impulsó los cuidados paliativos. Entre medias, las epístolas de San Pablo; Cicerón; Marco Aurelio; Boecio y Dante; El Greco y su lienzo ‘El entierro del conde de Orgaz’; Michel de Montaigne; David Hume; Condorcet, Marx; Abraham Lincoln y su segundo discurso de investidura; las canciones sobre la muerte de niños, de Gustav Mahler; Max Weber; Anna Ajmátova; Primo Levi; Miklós Radnóti; Albert Camus y Václav Havel. Y, en ocasiones, refiriéndose Ignatieff a su propia trayectoria vital, lo que le otorga un plus de cercanía.
Nada que ver esta obra con el simplismo de la autoayuda. El profesor de universidades como Cambridge, Toronto, Harvard, y Oxford, expolítico, y autor, entre otros títulos, de una biografía de Isaiah Berlin, su maestro, El honor del guerrero, Fuego y cenizas y Las virtudes cotidianas, huye del autoengaño, de la ocultación del inevitable sufrimiento y la adversidad, para invitarnos a la la fortaleza: “El consuelo no es otra cosa que aferrarse al amor por la vida tal y como es, aquí y ahora […] Tanto los antiguos como los modernos compartían el sentido de lo trágico”.
Pero no nos confundamos, reivindicar el consuelo, que tiene no poco de empatía hacia el otro, sobre todo en sus momentos difíciles, no significa resignarse. Ignatieff es diáfano al respecto y así lo comprobamos en todos los episodios que estudia: “Podemos resignarnos a la muerte sin sentirnos consolados y podemos aceptar lo trágico de la vida sin resignarnos”. Y aboga por la esperanza, una esperanza inteligente, que es “la convicción de que podemos recuperarnos de la pérdida, la derrota y el desengaño”.
Estamos, sí, en tiempos oscuros, pero “vivir con esperanza, en la actualidad, exige a veces un sano escepticismo ante el fatalismo atronador que nos llega desde los portales de todos los medios de comunicación”. Y, al igual que Quevedo vivía “en conversación con los difuntos”, nos dirá Ignatieff: “Recurrimos a los muertos para extraer el sentido de las palabras que dejaron”. Porque, además de su brillante y lúcida indagación en la idea de consuelo, la obra nos hace reflexionar sobre que es un suicidio colectivo olvidar la gran tradición del Humanismo y la riqueza de la cultura occidental, por mucho que hoy quiera a veces minusvalorarse o tildarse de etnocéntrica.
Merecidísimo y más que oportuno Premio Princesa de Asturias a Michael Ignatieff, a su, como reza el acta del jurado, “original mezcla de realismo político, humanismo e idealismo liberal, donde los valores de la libertad, los derechos humanos, la tolerancia y la salvaguarda de las instituciones son su preocupación fundamental”.