Anagrama. Barcelona, 2024. 256 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 10,99 €.
Por Soledad Garaizábal
En su más reciente novela, el escritor mexicano Juan Pablo Villalobos (Lagos de Moreno, Jalisco, 1973) ha regresado a casa, a la casa de sus padres en Lagos de Moreno. Como no se cansan de recordarle todos los amigos y viejos conocidos cada vez que sale a la calle, efectivamente, Juan Pablo hace años que se fue a vivir al extranjero. Ha vuelto para ayudar, durante una temporada, en el cuidado de sus mayores.
Ahora está de madrugada en una cervecería, “con el brazo derecho levantado y el puño apretado, listo para ejecutar una venganza largamente pospuesta”. Tiene enfrente a Everardo, su compañero de escuela, el que le acosó a humillaciones durante la infancia, el culpable de que su hermano, siendo muy pequeño, se cayera al fondo de una zanja.
Everardo encuentra muy gracioso seguir riéndose a carcajadas de la trágica escena: “Me acuerdo y me da risa, porque la verdad sí estuvo muy cagado cuando desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra”. Además, dice: “¿Sabes cuál es tu problema, pendejo? [...]. Que te crees la gran caca por haberte ido de Lagos, hasta hablas todo mamón para distinguirte de nosotros, me desprecias y nos desprecias a todos los que nos quedamos”. Juan Pablo no ha vuelto para vengar afrentas, no quiere líos, pero las cosas se complican rápido.
Madurar. Tomar las riendas. Ser adulto en el nuevo caos. Comprobar que ese lugar al que pretendías volver, ese pueblo casi idílico de tu niñez ya no existe. A veces, los recuerdos saltan de la memoria y se mezclan con el presente, la realidad puede estrecharse y llevar la percepción hasta la paranoia, se abren umbrales de paso entre lo real y lo onírico, pantallas que suben telones del recuerdo, sonidos que destapan frascos en el disco duro.
Al volver a casa, después de la noche con Everardo, sus padres están viendo una película en la televisión;
“— ¿Qué película es? — pregunté, porque de algo me sonaba.
— Quién sabe — dijo mi papá —, cuando la pusimos ya había empezado”.
Como la vida. Es una película de detectives, al sospechoso “lo están acusando por haber asesinado a un amigo de la infancia, pero es inocente”. La narración se abre en secuencias paralelas. Hay símbolos que aparecen a lo largo de todo el relato, como el sonido de las cañerías, los chorritos de agua, la foto de una bala intimidante, las pastillas tranquilizantes/estimulantes, los copales, el coyote o el Nene, que viene cíclicamente a recoger la basura. Todo parece entrar en un bucle que resulta mágico y misterioso, envuelto en las mil voces de los metiches, los cuchicheos, los rumores que se extienden por el pueblo, entre sospechas y chismes, ni siquiera de adulto vas a atreverte.
Juan Pablo Villalobos debutó en el panorama literario con la publicación de Fiesta en la madriguera (2010), cuya traducción al inglés fue finalista del First Book Award del periódico londinense The Guardian, y acaba de ser adaptada con gran éxito como película de la plataforma Netflix. Prosiguió su carrera literaria con títulos como Si viviéramos en un lugar normal (2012), Te vendo un perro (2014), No voy a pedirle a nadie que me crea (2016), con la que se alzó con el Premio Herralde de Novela, Yo tuve un sueño (2018) o La invasión del pueblo del espíritu (2020), entre otros. Es heredero de una tradición que ha dado importantes nombres a la literatura mexicana y que sigue haciendo grande la literatura escrita en castellano. Con esta vuelta a su Comala particular, y como señala la editorial Anagrama en la cubierta del libro, Villalobos culmina un ciclo que explora la escritura como un ejercicio de “imaginación paranoica”.