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NOVELA

Juan Pablo Villalobos: No voy a pedirle a nadie que me crea

domingo 26 de marzo de 2017, 17:45h
Juan Pablo Villalobos: No voy a pedirle a nadie que me crea

Premio Herralde de Novela. Anagrama. Barcelona, 2016. 280 páginas. 18, 90 €. Libro electrónico. 9,9 €.

Por Francisco Estévez

La manida autoficción queda aquí puesta en suspenso con la inteligente mordacidad que gasta de solito Juan Pablo Villalobos ya desde el título en adelante, No voy a pedirle a nadie que me crea. Son incluso puestas en solfa las inconsistencias de la propia novela al desvelar la conciencia de autoficción que el relato posee (pág. 258). Aquí se fuerza al extremo aquella observación de Lacan por la cual la verdad tiene estructura de ficción. Con descacharrante discurrir Villalobos narra las peripecias de su supuesto yo biográfico, un joven mexicano que viaja a España con su novia para estudiar un doctorado de teoría literaria. El protagonista coquetea con estudiar unos fragmentos jocosos de las Memorias. Un fraile mexicano desterrado en Europa, de Fray Servando, lo cual refleja su propio relato que a su vez es un divertimento biográfico de otro “desterrado” en España. Pero tras ese juego de cajas chinas el protagonista se verá envuelto en una trama de blanqueo de dinero, chantajes, asesinatos. Una ristra de sorprendentes personajes aliñan el texto, como un mafioso mexicano conocido solo por “licenciado”, una familia catalana del Opus Dei, un okupa italiano, Valentina, la novia despistada, etc.

Las trapacerías de unos y los agobios de otros serán felizmente puestos en berlina por la hábil pluma del mexicano o la detectivesca de su novia. Y no faltan, claro es, personajes reales ficcionalizados (acaso todos lo sean) como algunos profesores universitarios expertos en autobiografía y autoficción, aquí se cita a Nora Catelli o incluso el protagonista charla con Manuel Alberca, léase de este último El pacto ambiguo. De la novela autobiográfica a la autoficción (2013). No quedan ahí las concomitancias y juegos de espejos: en el ordenador del protagonista se encuentra un ensayo sobre el humor en el Holocausto, el proyecto de tesis sobre el humor misógino en la literatura latinoamericana del siglo XX, artículos sobre el escritor Jorge Ibargüengoitia (quien ficcionalizó personas y calles de Guanajuato), la nada casual obsesión por Felisberto Hernández.

En este hurgar asistimos al desvelamiento total a través del recurso cervantino del manuscrito encontrado que es el que a su vez nosotros leemos (pág. 239), ya anunciado a mitad de novela cuando Juan Pablo asegura escribir “sin culpa, sin vergüenza”, a pesar de su reconocido cinismo, como si escribiera una novela, a modo de expiación, incluso confiesa la tendencia a la hipérbole cómica, que, a veces, afecta al relato. Este es el parteaguas real de la novela para cualquier atento lector (pág. 145).

En este manuscrito que leemos se intercalan fragmentos de diarios de Valentina que con “tanto enredo ya parece una novela” y las cartas de la madre de Juan Pablo. Precisamente una de ellas será el epílogo de la novela donde se nos informa de la desaparición final de la voz narrativa ya disipada en otras.

Los engranajes que dispone Juan Pablo Villalobos funcionan con mecánica relojera en una sabia disposición de elementos, personajes y puntos de vista. Además, hay un profundo conocimiento de la lengua, de la oralidad y sus distintos registros, captada aquí con excelente oído, y un dominio de la estructura novelística sólo a párrafos descabalgada por ese latiguillo del afán virtuosista donde la desternillante narración está a punto de despeñarse y sólo por el canto de la brillantez o del piso literario no descarrila. En ese filo nervioso entre la pura realidad y el delirio de la charada mantiene durante más de 250 páginas casi sin aire al lector.

Pero acaso esa tendencia al efectismo por parte del talentoso Villalobos (como ocurre a otros virtuosos narradores contemporáneos) sea un hábil recurso necesario para captar la atención del lector actual, cada vez más despistado en un mundo hiperestimulado. Sea como fuera, aquí encontramos una voz firme que llena de literatura pura cada página, se sirva o no de elementos biográficos. Contra la lluvia de críticas que reciben muchos premios literarios en España, el Premio Herralde de Novela ha puesto sobre la mesa en los últimos años varios autores notables, como Marta Sanz y su Farándula o el mexicano Álvaro Enrigue con Muerte súbita, además de brillantes finalistas, como Miguel Ángel Hernández Navarro con la estupenda El instante del peligro. No voy a pedirle a nadie que me crea, podría parecer otra novela más de autoficción, pero nunca igual al resto por varios motivos aquí esbozados. Es una novela estupenda y mordaz que da lustre a un buen Premio.

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