Los Lunes de El Imparcial

David Safier: Mientras estemos vivos

Novela

Lunes 22 de julio de 2024

Traducción de María José Pérez Díez. Seix Barral. Barcelona, 2024. 424 páginas. 21 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo



La literatura contemporánea alemana debe a David Safier, convertido en una suerte de estrella mundial después de la publicación de su hilarante Maldito karma (2009), el notable mérito de devolver a dicha tradición el sentido del humor y cambiar, en parte, la reputación de toda una cultura frente a sus vecinos europeos. Ahora, este risueño bremense, que como un Esopo moderno acostumbra a poblar de animales unas novelas que divierten y aleccionan sobre los vicios de la sociedad contemporánea, da un giro hacia la memoria familiar para invitarnos a conocer la historia de sus padres, en un relato íntimo que funciona a la vez ‒en la línea del Limónov de Carrère o Jóvenes héroes de la Unión Soviética de Halberstadt‒ como un ajuste de cuentas con el inagotable siglo XX.

La novela se articula, como cabe esperar, sobre dos líneas narrativas. Por una parte, Joshi, un joven judío vienés que asiste incrédulo al auge del nacionalsocialismo, se verá arrastrado a un sinfín de vicisitudes que lo llevarán desde la bohemia austriaca de entreguerras hasta la entrada ilegal en las costas de una Palestina todavía bajo control inglés, para acabar en la cubierta de un barco mercante desde el que intentará exorcizar sus fantasmas y convencerse de que, tras haber perdido a sus padres en el Holocausto y ser, junto a su hermana, el último eslabón de los Safier, se merece esa vida que no puede sino sentir como prestada. O de que tiene, al menos, el deber de proseguirla hasta el final.

Paralelamente, conocemos la historia de Waltraut, veinte años menor que Joshi, hija de una familia de clase trabajadora de Bremen que vivirá la otra cara de la guerra, en un país que, al margen del efectivo delirio antisemita de las masas, se vio arrastrado por unos líderes fanáticos a la insaciable empresa del odio y el exterminio. Guiada por cierto instinto de justicia y sintiéndose (casi) siempre como “una leona” (acaso el origen de la inclinación por la imagen del animal en las obras de Safier), Waltraut tendrá que sobrellevar, a una edad en que hoy comenzamos a preguntarnos quiénes somos o qué nos apetece hacer con nuestra vida, la muerte prematura del verdadero amor de su vida y la crianza, como madre viuda, de la pequeña Gabi.

Como un imán oscuro, el destino jala las vidas de Joshi y Waltraut, separados por la edad, la “raza” y unas ocasionales, pero muy molestas y persistentes, fronteras nacionales, hasta hacerlos colisionar una tarde, en Bremen, el día que Waltraut intenta, discretamente y acompañada de un par de fieles amigas, celebrar su cumpleaños número veintitantos, aun cuando, para entonces, “ya no creía en los sueños, solo veía las fatigas”. La belleza de Waltraut resucita en Joshi la chispa y las ganas de vivir, y este desplegará todo su arsenal de encantos hasta conseguir que sus vidas, y las líneas narrativas que hasta entonces permanecían como surcos paralelos, se unan. Y el resto es historia. Mientras estemos vivos no es, creo yo, una historia de amor, sino más bien una historia en la que el amor busca abrirse camino, como un personaje más, y no siempre protagonista. Podemos encariñarnos con él, pero sabemos, finalmente, que otras faenas y cuitas pueden usurparle la escena en cualquier momento.

Bajo un tono en que se entremezclan el desencanto, la melancolía y el sarcasmo, propio de las mejores páginas de la literatura de posguerra alemana ‒pienso en Heinrich Böll, Günter Grass, Hans Magnus Enzensberger‒, late ese optimismo propio de una generación que comienza a emanciparse de los traumas de sus progenitores. Y se impone, finalmente, una voz algo más gozosa que comienza a sacudirse de las espaldas el siglo XX y sus horrores, no con la suficiencia de quien se cree, ingenuamente, a salvo de horrores análogos, sino con la lucidez del que puede mirar de frente la historia social y familiar que nos ha traído hasta aquí, sin que ello presuponga o implique ‒crucialmente‒ perder la alegría de vivir.

Tras alcanzar el final de los días de Waltraut y Joshi, Safier concluye: “mi vida, con mujer, dos hijos y una profesión fantástica en una Alemania en paz, es el happy end de la historia de mis padres”. En tiempos en que renace un liberalismo meritocrático algo agresivo e individualista, esta declaración se me antoja un saludable reconocimiento al sostén histórico, a la vez profundo y precario, en que se asienta el eventual sentimiento de satisfacción (nunca pleno) de nuestros logros personales. A David Safier, cuya novela abre con La culpa de todo la tienen los judíos ‒una canción satírica de Friedrich Hollander que, montada sobre la melodía de la Habanera, solía acompañar las veladas cabareteras de la Viena de entreguerras‒, casi que le podríamos oír cantar (esta vez con Silvio Rodríguez; improbable, pero ¿quién sabe?) que es feliz, que es un hombre feliz, y quiere que le perdonen, en este día, los muertos de su felicidad.

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