Tusquets. Barcelona, 2023. 219 páginas. 18,50 €. Libro electrónico: 9,99 €.
Por Aránzazu Miró
¿Es la vida un espacio seguro? A esa búsqueda nos aferramos todos, probablemente. Silvia Hidalgo, en la figura de su protagonista, nos lo confirma: «Cuando se casó, cuando se mudaron a la casa, sintió, porque desde siempre ese era el final de la película, que había llegado a la casilla ganadora del juego, a un espacio seguro en el que poder quedarse de forma indefinida». Pero ese espacio seguro, que duele decirlo en voz alta, no es tal, se quebró. Y Nada que decir nos muestra el quiebro. De lo que fue o no fue, pero lo parecía, de dónde venía y a dónde la llevó. Es lo que nos narra esta novela.
La protagonista, una mujer, esa que nos presenta la tremenda frase inicial de la novela –¡menudo comienzo de esos que no dejan impasible! –: «No es más que una tarada sentada al volante mirando fijamente el móvil. Todavía es joven, pero ya es alguien que fue otra persona, al menos, una mujer».
Nada que decir es la novela que se ha alzado con el último Premio Tusquets Editores de Novelas, el XIX. Vengo leyendo esa trayectoria de premiadas (XVIII Cristina Araújo, XVII Bárbara Blasco), que al menos en los últimos años han reconocido visiones –¿dolorosas?, tal vez solo reales–, de las vidas muchas veces transparentes que tantas mujeres reconocemos. Me gusta la trayectoria de este galardón, aunque sé que esa es una opinión muy personal.
Sin embargo, no conocía a la galardonada de esta edición, Silvia Hidalgo, para quien el premio supone su tercera novela publicada. Leída la previa, Yo, mentira (Tránsito, 2021), debo elogiar la diferencia en la fuerza expresiva que Nada que decir aporta. Escritura rápida, frases cortas, entrelazadas. Contestaciones y voces que resuenan. Reflexiones planteadas tal como se sienten. Pocas subordinadas.
Hay conflicto, hay presentación, desarrollo, y un desenlace que nos deja muy buen sabor de boca. Porque el conflicto principal podría parecer la situación desamparada de una mujer separada, con una hija pequeña y un ligue intempestivo: así se nos presenta, pero el mar de fondo es ese hombre tumor que yo no voy a explicar qué o quién es, que subyace entre las cosas que ni siquiera se proclaman. «Lo cuenta todo, todo. Menos lo de él». Pero sí, lo resuelve bien.
Destripa su vida, el divorcio, la maternidad –«ella ya no recuerda por qué tuvo una hija»–, la relación con sus padres, con su hermano, el trabajo, los hombres de su vida, el pozo negro de frustración y el sentimiento de fracaso: «No entiende nada, no se entiende a sí misma». Traslada a los lectores su desazón, consigue embaucarnos y la acompañamos en ese desarraigo que la hace huir: «necesitaba que sus raíces, que había arrancado de cuajo varias veces, se agarraran a lo que encontraran y estabilizaran sus días».
Es «esa clase de chica triste», el narrador la define: «Lo que quedaba de una mujer que había sido devorada primero y vomitada después de vuelta a su vida, a lo que ella no se atrevía a llamar vida». Porque nos está narrando algo parecido a muchas normalidades, solo que la protagonista de Nada que decir se ha parado, se ha diseccionado a ella misma, «no sabe lo que busca exactamente, dónde estará bien, a qué lugar pertenece», algo que podríamos preguntarnos muchas, y finalmente, «palpa las salidas oscuras de su túnel». No es una novela de final feliz porque no es una novela de princesas; no comen perdices, pero sí que resuelve bien.