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Novela

Bárbara Blasco: Dicen los síntomas

domingo 29 de noviembre de 2020, 17:57h
Bárbara Blasco: Dicen los síntomas

Tusquets. Barcelona, 2020. 2020. 440 páginas. 23 €. La escritora valenciana se ha alzado con el Premio Tusquets Editores de Novela con la sugerente historia de una mujer en crisis que, finalmente, encuentra la esperanza. Por Adrián Sanmartín

Bárbara Blasco (Valencia, 1972) trabajó en diversos y variopintos oficios como dependienta, teleoperadora, camarera, ayudante de mago, bailarina de cabaret, empleada de gasolinera, actriz secundaria y vendedora de enciclopedias. Luego se licenció en Periodismo y ha estudiado dirección cinematográfica en el Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya, así como guion de cine en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba, puesta en marcha por Gabriel García Márquez, junto al escritor y cineasta argentino Fernando Berri y el también cineasta y teórico del cine el cubano Julio García Espinosa. Bárbara Blasco no ha seguido, sin embargo, la senda del Séptimo Arte sino la literaria, combinándola con sus colaboraciones periodísticas, y las clases de Escritura Creativa que imparte. Tiene en su haber las novelas Suerte (2013) y La memoria del alambre (2018) y ahora se consolida como narradora con Dicen los síntomas, que se ha alzado con el XVI Premio Tusquets Editores de Novela.

En Suerte, nos sumergió en la vida de Adela, un ama de casa hastiada y en plena crisis que recurre al tarot para intentar escapar de su insatisfacción. En crisis también se encuentra Virginia Aranda, protagonista y narradora en primera persona de Dicen los síntomas. Su arranque ya nos sitúa en el escenario en el que va a desarrollarse: “Revolotea una gran agitación alrededor de la muerte. Enfermeros, médicos, auxiliares se mueven con diligencia, sin titubeos. La medicación de las ocho, la de las cuatro, la de las doce, el cambio de gotero, el cambio de bolsa, bolsas transparentes que contienen líquidos, líquidos dorados, cobrizos, impúdicos. La cuña, el lavado de genitales, levantar el cuerpo en un, dos, tres. A la muerte se la ahuyenta con ritmo. Bandejas con puré de verduras, con pescado hervido, con yogur desnatado, con pechuga a la plancha. A la muerte le pirra la grasa. Todo parece consistir en aguardarla con orden germano, para así tratar de despistarla, como si la rutina pudiera vencerla, como si la inmortalidad se compusiera de pequeñas acciones cotidianas enlazadas una tras otra sin fin. Como si eso no se pareciera sospechosamente al infierno”. Así, será un hospital al que Virginia acude cada día para visitar a su padre que ha entrado en coma. Virginia nunca ha tenido precisamente una buena relación con su progenitor, pero siente el imperioso deber de acompañarle en sus últimos días, incluso sin saber si él se da cuenta o no de su presencia y de la de su esposa.

Ese escenario, y lo que en él va sucediendo, se combina con los recuerdos infantiles de Virginia, en los que van emergiendo secretos: “Tenía más de veinte años cuando me enteré por la tía Sole de que mi padre no era hijo único, que había tenido un hermano que murió en 1943, a los ocho años de edad, probablemente a causa de una meningitis. Y que la abuela, a quien yo no llegué a conocer, enloqueció tras su muerte”. Y, alternativamente, los encuentros con desconocidos contactados muchas veces a través de Badoo: “Busco amantes sanos, deportistas, como si eso garantizara algo”. Virginia siente que no es ni mucho menos feliz y cada vez con más fuerza le asalta el deseo de la maternidad. De pronto, se produce un hecho corriente, pero que dará un vuelco a la existencia de Virginia. En la cama de al lado de la de su padre entra un nuevo paciente. Un paciente atractivo y con un halo de misterio., con quien al principio apenas cruza unas palabras. Pero, después, los acontecimientos se irán precipitando hasta un final que, aunque se va adivinando, no deja de sorprendernos.

A pesar de la dureza del planteamiento, en Dicen los síntomas no prevalece el pesimismo ni una visión absolutamente oscura de la existencia. La frustración, el dolor, la enfermedad... son realidades que están ahí, por mucho que queramos eludirla. Pero también hay esperanza y frente a la muerte, siempre se alza la vida. Bárbara Blasco nos propone un buen retrato de una situación cotidiana, y a la vez, en este caso, insólita, poblado por bien dibujados personajes, sobre todo el de su protagonista.

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