Opinión

Hammarskjöld y la descolonización africana

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 18 de agosto de 2024

El estreno en Filmin de la película «Hammarskjöld. Lucha por la paz» (2023) devuelve la actualidad a este largometraje del director danés Per Fly (1960) protagonizado por Mikael Persbrandt (1963). Recordamos a Persbrandt por su magnífico papel de Harald Edelstam, embajador de Suecia en Chile durante el golpe de Pinochet, en la serie finlandesa «Héroes invisibles» (2019). Ahora da vida al secretario general de Naciones Unidas muerto en 1961 en extrañas circunstancias: su avión se estrelló -o fue derribado- mientras se dirigía a una reunión con Moïse Tshombe (1919-1969), presidente del autoproclamado Estado de Katanga.

La película tiene varios niveles de lectura, pero quizás el más interesante para nosotros sea el político. Sería exagerado decir que es un «thriller político», no hay tanta tensión ni giros inesperados a poco que uno conozca la historia, pero es un magnífico drama. El espectador interesado en los asuntos africanos -o, más en general, en la política internacional- disfrutará sin duda.

En primer lugar, «Hammarskjöld. Lucha por la paz» muestra la importancia que las Naciones Unidas tuvieron en la conformación del orden mundial posterior a la II Guerra Mundial. A la altura de 1961, la ONU ya contaba con más de quince años de vida. Y se había ido transformando a medida que los imperios europeos se iban desmoronando. La rivalidad entre el bloque occidental y el soviético se dejaba sentir en los países que se iban independizando de las metrópolis del Viejo Continente. Esta independencia, en muchos casos, fue entorpecida por las potencias coloniales, que se resistían a perder poder o, al menos, influencia y por los esfuerzos de la Casa Blanca y el Kremlin por atraerse a los Estados que se incorporaban a la comunidad internacional. Las Naciones Unidas eran, pues, un campo de batalla política donde los intereses podían resquebrajar incluso la pretendida unidad de los bloques.

En la película, es interesante ver cómo Bélgica y, en cierta medida, también el Reino Unido apoyan el secesionismo en Katanga, lo que implica un ataque a la integridad territorial del Congo. La década de 1960 fue la época dorada de los ejércitos de mercenarios que, mediante personas y empresas interpuestas, eran reclutados para sostener o derrocar gobiernos en África. Frederick Forsyth , cuya experiencia en la inteligencia británica le sirvió como novelista, describió aquellas guerras en «Los perros de la guerra» (1974). En la película, conviene prestar atención a un personaje que parece secundario pero, en realidad, es muy importante: el jefe de los servicios de información de Katanga, encarnado por Richard Brake.

En África, el Reino Unido y los Estados Unidos no tenían intereses por completo coincidentes. Algo parecido le pasaba a la Casa Blanca con otros aliados dentro de la OTAN (Bélgica, Francia) y fuera de ella (Portugal). Los Estados Unidos apoyaban a los movimientos de liberación nacional mientras que los Estados europeos trataban de contenerlos. Kennedy parece estar del lado de Hammarskjöld, pero el espectador verá que las cosas no siempre son como parecen.

Este largometraje tiene momentos de un profundo dramatismo como la visita de Patrice Lumumba (1925-1961) a Hammarskjöld para pedirle ayuda. El terrible destino del político congolés -su secuestro y asesinato- da cierta terribilidad a la figura del secretario general de Naciones Unidas, que no pudo llegar a salvarle la vida. La decisión de intervenir militarmente en Katanga -en unas operaciones cuyo resultado podrá ver el espectador- sentaron el precedente de uno de los aspectos más polémicos de la Naciones Unidas hasta la fecha: el papel de los llamados «cascos azules». La película toma partido por la intervención, pero termina en 1961. Los acontecimientos posteriores a la muerte de Hammarskjöld no permiten una lectura tan favorable a esa presencia militar. El Congo sigue sufriendo hoy intentos de desestabilización desde el extranjero sin que las Naciones Unidas, a lo largo de décadas, hayan logrado impedirlos. En ocasiones, incluso parecen haberlos propiciado.

Otro aspecto interesante es el trasfondo de la Federación de Rodhesia, que al final resulta determinante en la historia. En efecto, la Federación de Rodhesia y Nyasaland fue uno de los intentos del Reino Unido por mantener las colonias africanas bajo control. El racismo palpitaba bajo la piel de aquellos proyectos políticos que partían de la premisa de que los pueblos africanos no podían decidir sobre su propio destino. Un personaje siniestro se niega a estrechar la mano de Tshombe y afirma que los hombres blancos civilizaron África y que, sin ellos, los africanos seguirían «en los árboles». En apenas unos minutos de película, aflora el supremacismo blanco que encontraremos, por ejemplo, en la Sudáfrica del «apartheid» (1948-1992).

Se trata, en suma, de una película muy recomendable que, en torno a la trágica figura de Hammarskjöld, que arrostra su destino y se sube al avión a pesar de que va sin escolta aérea, resume el drama y la grandeza de la Descolonización.