Los Lunes de El Imparcial

J.M. Azcona y M. Madueño: El exterminio de las tribus indias de Norteamérica

Ensayo

Domingo 15 de septiembre de 2024

Almuzara. Córdoba, 2024. 336 páginas. 23 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar



En El exterminio de las tribus indias de Norteamérica, los profesores José Manuel Azcona Pastor y Miguel Madueño Álvarez nos presentan una obra oportuna y bien argumentada en la que, sin incurrir en antiamericanismos de ningún tipo, reflejan una parte incómoda de la reciente historia de Estados Unidos. En efecto, la conquista del oeste fue todo menos pacífica, llevándose a cabo a través de un empleo intencionado y sistemático de la violencia por parte del gobierno estadounidense.

Tal modus operandi estuvo envuelto en una serie de justificaciones teóricas que los autores de la obra diseccionan con precisión, sobresaliendo la tendencia a presentar a los indios como enemigos del binomio progreso-democracia. Así, en palabras de Azcona y Madueño: El Gobierno de la Casa Blanca y sus sucesivos presidentes y gabinetes no tuvieron escrúpulos en señalar a los indios como el impedimento para que el país creciera y que sus habitantes alcanzaran estadios de vida más dignos, de modo que permitieron que el odio se extendiera y llegó a ser normal ver a ciudadanos que aborrecían a los nativos por el simple hecho de serlo” (p.128).

En íntima relación con este argumento, literatos de relevancia como Walt Whitman, Allan Poe o James Russell ayudaron a impulsar en el siglo XIX un nacionalismo estadounidense ciertamente excluyente, que fue continuado en la primera mitad de la pasada centuria por el cine de John Ford. Asimismo, doctrinas como la del destino manifiesto, provista de abundantes componentes providencialistas y mesiánicos, se emplearon para dotar de legitimidad a lo que simple y llanamente era una conquista y un genocidio. Como subrayan Azcona y Madueño: La contradicción estaba servida ya que Estados Unidos era el garante -teórico- de la libertad, de los derechos humanos y de la condena del colonialismo mientras que hacía lo contrario en su propio territorio” (págs. 83-84). Por tanto, Estados Unidos practicaba un colonialismo interno, escasamente diferente al que ejercían en África las potencias europeas tras la conferencia de Berlín.

El excepcionalismo norteamericano adquiere de este modo una imagen que nada tiene que ver con la que nos proponen quienes propagan una visión edulcorada de la conquista del oeste, que suele omitir dos elementos complementarios que sí aparecen ampliamente explicados en la obra que tenemos entre manos. Por un lado, que las tribus disponían de un sistema de organización política y diplomática, lo cual les alejaba de esa imagen asociada a la barbarie y al salvajismo. Por otro lado, que fueron capaces de crear un buen número de inventos con los que maximizaban el rendimiento de la agricultura y la ganadería. Conviene recordar que este mismo modus operandi, consistente en rodear al “adversario” de rasgos peyorativos, lo empleó Washington contra España con motivo de la guerra de Cuba de 1898.

Con todo ello, las tribus indias fueron aniquiladas de una manera cada vez más acelerada. Al respecto, los autores describen con precisión un buen número de batallas, en las que el ejército nacional no escatimó en brutalidad. De hecho, el gobierno de Estados Unidos movilizó cuantos recursos fueron necesarios para someter al rival, sin olvidar que también explotó hábilmente las enemistades de unas tribus con otras.

La conquista no se concretó sólo en la destrucción física de las comunidades indias, sino también en la eliminación de aquellos elementos que conformaban su identidad (por ejemplo, la lengua). Como resultado asistimos a una aculturación sustentada en abundantes leyes, destacando la Ley Dawes, que a su vez legitimaban este cúmulo de liberticidios e invisibilizaban a las tribus: “Cuestiones como la promesa de dotar a la comunidad de un médico, un molinero y dos maestros de escuela por un periodo de 20 años, vendidas por Washington como adelantos para los nativos, significaban en realidad destruir la cultura indígena y someterla a sus designios (págs. 259-260).

En definitiva, una obra rigurosa que ilustra las contradicciones que asolan la historia de Estados Unidos como país que se autoproclama referente en la defensa de la libertad. Azcona y Madueño demuestran con cifras y datos que existió una paradoja entre lo que garantizaba la Declaración de Independencia (esto es, que todos los hombres son libres e iguales) y la realidad tangible en la que tales prerrogativas descansaban esencialmente en quienes eran “blancos, anglosajones, protestantes y, especialmente, ricos” (p.68).

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