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Ensayo

Edgar Allan Poe: Ensayos completos I

domingo 12 de abril de 2020, 20:41h
Edgar Allan Poe: Ensayos completos I

Tomo I. Traducción de Antonio Rivero Taravillo, Prólogo de Fernando Iwasaki. Páginas de Espuma. Madrid, 2019. 528 páginas. 27 €. Los trabajos teóricos del escritor norteamericano nos descubren a un Poe más allá de lo gótico, excelente ensayista y crítico literario. El volumen es una auténtica joya. Por Francisco Estévez

La obra de Edgar Allan Poe es tan imponente que ante ella es imposible quedarse indiferente o se la combate con el afán de menguarla (T. S. Eliot) o se disfruta con hipnosis infantil, pasión juvenil y adulta admiración. Muchos otros obvian sus amplias dimensiones, como de avenida parisina, y lo estrechan a los viejos callejones góticos de siempre que son la superficie de sus cuentos cuando los adoquinan con el granito del tópico y un ramillete de poemas para aliviar la dureza. Tales cuentos, siendo la sobresaliente cúspide de tan alta obra, no oscurecen el edificio teórico que levantó y que ahora, la estimable editorial Páginas de Espuma conviene en traducir por completo al español y poner en circulación. Tres grandes tomos, con más de quinientas páginas abigarradas el primero, abarca el proyecto.

Se ha querido rebajar a lo espeluznante la obra del estadounidense y, si bien la sentimentalidad moderna venía a condensarse en las líneas escritas por el autor, la biografía tumbó a nuestro autor a cliché del peor modo romántico Sin embargo, su trascendencia ha vertebrado la parte más estimable de la literatura moderna, de los estudios de crítica literaria e inclusive de otras disciplinas. Baste el ejemplo del primer ensayo de los Escritos de Jacques Lacan, su “Seminario sobre La carta robada”, el modélico cuento de Poe, que después será debatido por Jacques Derrida en El cartero de la verdad y más tarde retomado en el Lector in fabula de Umberto Eco. Semejante recorrido podría ser una metáfora de la poderosa influencia y sendas que traza en el pensamiento posterior hasta de nuestros contemporáneos la imaginación portentosa de Edgar Allan Poe.

Pero ya, en su tiempo Charles Baudelaire, el otro gran padre de la Modernidad según la consideramos hoy, fue rendido admirador de su obra y le ofreció el mayor regalo posible, traducirla a otra lengua. Con posterioridad, un desdeñoso Eliot planteaba como hipótesis de su insoslayable influencia en la poesía posterior la lectura no satisfactoria de su obra debido a la falta de competencia lingüística por parte de Charles Baudelaire, Paul Valéry y Stéphane Mallarmé, donde cada uno de ellos vería lo que deseaba. Un ejemplo sería el permanente fracaso en la traducción del poema canónico “El cuervo” al ser éste, con su métrica férreamente conclusa, fundamentalmente forma. Más allá de esta diatriba, si algo es cierto, es que las vetas mayores de la poesía que siguen tras Poe no se entienden sin él. En Matemática tiniebla: genealogía de la poesía moderna (Galaxia Gutenberg, 2010) quedan recogidos las reflexiones posteriores sobre poesía (Baudelaire, Mallarmé, Valéry, Eliot…) que tuvieron como línea maestra e inspiración además de la obra creativa de Edgar Allan Poe, los ensayos que en este volumen se presentan.

La importancia del autor de esa joya tan actual que es El hombre de la multitud como teórico de la literatura resulta crucial, de un plumazo sacudió el mito de las musas de la mesa del escritor y centró la composición literaria a un plan preconcebido, una toma de conciencia del hecho estético y un sometimiento de las herramientas literarias a disposición de los fines planteados con una secuenciación lógica de los mismos, como planteó de forma ingeniosa en “Filosofía de la composición”. Resulta indiferente que en realidad sea este un texto que busque justificarse o no, lo trascendente es cómo esa autocrítica se pliega a la composición con absoluta fidelidad, planteando la conciencia crítica como esencia básica del poeta moderno y diferencia crucial con el poeta antiguo.

Contra las ideas románticas sobre la inspiración, una detallada consideración del proceso creativo. Si algo enseña sobre todas las cosas su concepción poética es que la poesía no es accidente alguno de la prosa, sino esencia en sí misma de ritmo y rima o en sus propias palabras: “Yo definiría la poesía, en resumen, como la creación rítmica de la belleza. Su único árbitro es el gusto. Con el intelecto o con la conciencia, solo tiene relaciones colaterales […] Solo en la contemplación de la belleza nos es posible alcanzar esa placentera elevación o emoción del alma, que reconocemos como el sentimiento poético y que tan fácil se distingue de la verdad, que es la satisfacción de la razón; o de la pasión, que es la emoción del corazón. Yo hago de la belleza, por tanto -usando la palabra de modo que esta incluya lo sublime- el ámbito del poema” como cifra en el ensayo “El principio poético” de claro eco kantiano aquí incluido.

Para constatar las relaciones vivas existentes entre escritura crítica y escritura literaria podríamos detenernos en su actualísima teoría de la lectura de un solo golpe o, mejor aún, en el detalle de una crítica periodística suya sobre Barnaby Rudge. Relato de los disturbios del año 80, novela histórica de Charles Dickens, de donde toma la figura del cuervo hablador hasta elevarlo a protagonista de su célebre poema. Como crítico, Poe demuestra un manejo envidiable de la tradición de la lengua y literatura en inglés, además del conocimiento de la literatura española, fue prescriptor de talentos como un joven Charles Dickens. Superada apenas la veintena de años Poe practicó con maestría y contundencia la crítica inmediata en revistas y periódicos sobre los autores del momento con ácida inteligencia e insobornable independencia caracterizado por su inconformismo recalcitrante y la entrega absoluta a la vocación literaria.

Se ocupó, entre otros, de Daniel Defoe y Samuel Taylor Coleridge, del citado Charles Dickens y de muchos otros ya olvidados, pero también de Cervantes y Lope de Vega. Como bien sintetiza Rivero Taravillo en su introducción: “Es a menudo de un puntillismo exasperante en cuestiones de gramática y estilo, y puede diseccionar un texto, así sea del autor con más predicamento, dejando sus líneas en carne viva. Sin embargo, predomina en él una independencia de criterio inusual y un conocimiento hondo aliado a una intuición casi infalible que no están alcance de todos”. En otras palabras, representa al crítico por excelencia en todas sus facetas: aquel punto donde se junta la lectura del pasado con perspectiva del presente para avizorar el horizonte futuro.

Por último, subrayar el valor de la esmerada traducción de este volumen. Antonio Rivero Taravillo, no solo por exigencia lingüística sino por conocimiento literario, ajusta el texto en esta traducción, además de redactar una valiosa introducción que nos permite un conocimiento más cabal del escritor romántico.

Tal y como entendemos hoy, Edgar Allan Poe es, por supuesto, el padre del cuento moderno y la novela policiaca, además de creador de personajes arquetípicos, como es el primer detective de ficción, por no hablar de sus atmósferas envolventes gracias a su magia verbal y una sugestión continua. Además, este volumen muestra a un Poe plenamente consciente de su creación, con una voluntad literaria y una exigencia mayúscula capaz de una crítica soberbia. El lector tiene delante el volumen esencial de crítica y teoría literaria que fundó nuestra literatura moderna, aquel que adelantó el formalismo y el materialismo. Se debe leer con lápiz en la mano, como bien aconsejó George Steiner leer a los grandes.

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