Libros del Gato Negro. Zaragoza, 2024. 22 páginas. 22 €.
Por David Almazán Tomás
En el territorio aragonés, la escritora Cristina Grande Marcellán (Lanaja, Huesca, 1962) es bien conocida gracias a sus columnas en el diario Heraldo de Aragón desde hace más de veinte años. En Aragón, aparecer en el Heraldo es ser “alguien”. Fuera de este territorio, es posible que los amantes de la buena literatura no hayan tenido ocasión de cruzarse con su prosa, a pesar de presentar una dilatada carrera y de contar con varios libros publicados, con relatos y novelas, como La novia parapente, Dirección noche, La naturaleza infiel, Lo breve, Agua quieta y Tejidos y novedades.
El último de ellos, Diario del asombro destila lo mejor de su talento y brilla a un gran nivel gracias a su sensibilidad y madurez. Se trata de un recopilatorio, algo retocado, de sus ya mencionadas columnas semanales en el Heraldo de Aragón de los últimos años (2019-2022). Esto hace que el libro sea un conjunto de breves relatos, de una extensión homogénea, con temas teñidos con algo de actualidad, pero sobre todo del propio ciclo de la vida de una ciudadana de Zaragoza, sobre todo del centro histórico, por la zona de la calle Mayor y la calle San Vicente de Paúl, que recorre casi a diario para visitar a su madre, que es mi vecina del piso de arriba.
Esta proximidad no me impide tener la perspectiva suficiente, ni el justo juicio que merecen las personas que confían en las críticas de Los Lunes del Imparcial, a los cuales les invito sin reservas a leer a Cristina Grande, la más grande en narrar las cosas pequeñas. Aunque ella misma ha mencionado en varias entrevistas su admiración por escritoras que tiene como referencia, como Natalia Ginzburg o Rosa Montero, por ejemplo, en mi opinión la genealogía de su prosa hay que remontarla a las escritoras japonesas del siglo X, mil años atrás.
Estas mujeres, como Murasaki Shikibu (Genji monogatari) y Sei Shonagon (El libro de la almohada), fueron escritoras cultas, inteligentes y cultivadas. Hoy consideradas una de las cumbres de la literatura universal. Su código estético se fundamentaba, como en el caso de Cristina Grande, en el mono no aware, esto es, el melancólico sentimiento de compasión hacia la fragilidad de las pequeñas cosas. Sus textos, alejados de los temas de la política y la burocracia, abordaban con fina observación las modas y costumbres de la época, el canto de los pájaros, la floración de los árboles y los cambios en el paisaje por el paso de las estaciones.
Las japonesas lo hacían en Kioto y Cristina Grande por Zaragoza y las excursiones por los parajes de la España vacía, de los que Aragón está lleno. “Cuando peor es la carretera más esperas de ella”, dice Cristina Grande. Por las carreteras secundarias el paso de las estaciones aparece más marcado y permite acercase a ver alguna iglesia perdida con algún cuadro de un buen pintor. Esas carreteras aparecen también en la pantalla de televisión, en las retransmisiones de La Vuelta, que la escritora sigue con pasión, interrumpiendo las siestas estivales, con alguna escapada épica de algún gregario que, a pesar de los agoreros pronósticos de los comentaristas, acaba alcanzando la meta.
Diario del asombro no nos trae nada excepcional, más bien se recrea en la belleza de la cotidianidad. Amigos y familiares desfilan de manera discreta por las páginas del libro para hilvanar unas reflexiones sobre la condición humana y sentimientos de alcance universal. En ocasiones el pretexto para el texto surge del recuerdo de su padre, de la añoranza por una amiga de la infancia o simplemente de la lectura de algún libro que tiene entre las manos. Por el marco cronológico, la autora escribe también sobre los tiempos de la pandemia, tiempo que la autora pasó, como no podía ser de otra manera, junto a una pilastra provisional de lecturas con las Canciones tristes que te alegran la vida, de Miguel Mena; El infinito en un junco, de Irene Vallejo; La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq; Pequeñas mujeres rojas, de Marta Sanz; Un andar que no cesa, de Ramón Acín, todos apoyados sobre el Diccionario de María Moliner, del que nadie que se dedique en serio a la literatura se separa nunca.
Las referencias literarias, musicales y cinematográficas fluyen por Diario del asombro con naturalidad y sin ningún ápice de pedantería. Cristina Grande escribe con humildad, ingenio y delicadeza. Una moderna Murasaki a orillas del Ebro.