Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo. Satori. Gijón, 2024. 128 páginas. 19 €.
Por José Pazó Espinosa
Tras Confesiones de la dama Nijo, la editorial Satori nos vuelve a regalar otro clásico japonés de una gran actualidad. Me refiero al breve relato titulado Hojoki o Un relato desde mi choza, escrito por Kamo no Chomei. Kamo no Chomei (y repito para intentar fijar en el lector este nombre de difícil recuerdo) fue un escritor japonés que vivió en el siglo XII, es decir, nada menos que hace casi mil años. Y, sin embargo, uno lee su relato como si lo hubiera escrito ayer. Son las maravillas de la literatura antigua japonesa combinadas con las ventajas de la traducción. La conexión del arte y de la literatura antigua japonesa con la modernidad no puede menos que sorprender al diletante que se acerque a sus orillas. Ver los animales humanizados de Hiroshige unos dos siglos antes de los dibujos animados de Disney, o leer estos relatos personales de zuihitsu o “literatura de trazo suelto”, cercanos a la subjetividad más extrema da que pensar. La traducción, por otro lado, nos evita las trazas de su tiempo que tienen todos los textos antiguos, y nos los hacen atemporales, acercándolos al lector a través del tiempo. Pero vayamos a nuestra choza.
Kamo no Chomei comenzó como poeta cortesano y acabó como ermitaño budista. Los ermitaños budistas han sido con frecuencia más vividores contemplativos que rezadores en soledad. En general sus vidas ejemplifican el rechazo de las convenciones, de lo considerado normal, de lo aceptado por la mayoría.
Kamo comienza su relato explicando por qué abandonó la ciudad para irse a vivir en una choza de nueve metros cuadrados (más un porche de tres), que él mismo se construyó. Para justificar su autoexilio en las montañas, describe primero las cinco grandes calamidades que vivió y que le impulsaron a su retiro: el enorme incendio de 1177 de Kioto; la Dana (y uso este término por su triste actualidad) que inundó la capital en 1180; el cambio de capital, también de 1180, que dejó a la ciudad desierta y empobrecida; la hambruna de 1181; y, por último, el terrible terremoto de 1185.
A todo esto, Kamo no Chomei aplicó una solución diferente a lo que hoy se estilaría: en vez de indignarse con los políticos, con el clima y sus veleidades, o con otros posibles responsables, cogió sus bártulos y se echó al monte, pero en solitario, a vivir y a escribir sus poemas y sus pensamientos. Él mismo lo explica mucho mejor: “Entonces, ya metido en mi sexta década, cuando está a punto de desaparecer el rocío de la vida, construí una chocita, una hoja sobre la cual pudieran caer las últimas gotas. Yo era como un viajero que levantaba un tosco refugio para una sola noche, como un viejo gusano de seda tejiendo el último capullo.” Continúa: “Puse unos tablones sobre la tierra y la cubrí de forma sencilla. Las juntas se sostienen con cierres de hierro para que pueda desplazarme fácilmente si algo no me satisface; por eso, no tengo que preocuparme en volver a construirla, ya que solo necesita dos carros, siendo el único coste los honorarios del carretero”.
Allí, nuestro poeta ermitaño fue llenado las paredes con papeles escritos, con pensamientos y minúsculos relatos sueltos, a modo de collage de su existencia y su intelecto, de su mundo sensorial, en una especie de huella vital orgánica, igual que la araña deja su frágil tela, o el gusano su rastro, tras desaparecer. El libro es en cierta manera una oda a la vida retirada, consciente y prosaica: “Como no me mezclo con la sociedad, mi apariencia no importa. Mi comida, aun siendo escasa, me sabe a gloria.” O también: “Ahora, yo divido mi cuerpo y le doy un doble cometido: mis manos son mis sirvientes, mis pies, mi medio de transporte. Para mí es suficiente.” No citaré más, a pesar de las tentaciones, y acabaré con un último pensamiento: “La realidad solo depende de tu espíritu”.
El libro está inmaculadamente publicado por Satori, con un grabado de Hokusai en la portada, que es un festín para la vista. Es una lectura breve, pero quien la haga seguramente la repetirá. En definitiva, y vamos a la publicidad literaria, es un regalo perfecto, navideño o no, para cualquier persona escéptica, estética y curiosa. El rango de posibles lectores va desde los amantes de las microcasas (y hablo en serio, esa tendencia arquitectónica en boga en los EE.UU.) a los adolescentes que añoran alejarse de cualquier forma de convención social. Pasando por supuesto por cualquier persona con algún interés en eso de qué es la vida y sus accidentes.