Cultura

Inolvidable recital romántico de la soprano lituana Asmik Grigorian

(Foto: Javier del Real / Teatro Real).

TEATRO REAL

Isabel Cantos | Lunes 25 de noviembre de 2024
Con una técnica vocal y una estética visual impecables, la soprano lituana Asmik Grigorian ofreció en la tarde del domingo un recital que, sin duda, quedará grabado en la historia del Teatro Real. Muchos recordaban su Rusalka de hace pocos años, donde brilló por su voz bellísima, potente y segura; un canto depurado y natural, con una voz homogénea en toda la línea de canto. Entonces sorprendió por su buen hacer escénico y por llegar a las notas más agudas de la “Canción de la Luna” con una brillantez y potencia sorprendentes.

Sin embargo, hay una trabajada técnica detrás del extraordinario canto y de la ausencia de afectación de Grigorian. Esta soprano no deja nada a la improvisación. La postura elegante y reposada recuerda a Maria Callas en concierto. El vestido, con un impecable, depurado y estilizado corte asimétrico en punto de seda azul Klein -el color de la temporada-, con gran abertura lateral dejando ver las medias tupidas del mismo color exacto -igual que el de los guantes- y las altísimas sandalias plateadas de pulsera en el tobillo (mezcla ésta -la de las sandalias con las medias citadas- de atrevimiento y buenísimo gusto por encontrarse precisamente en la frontera de lo kitsch sin llegar a traspasarla), lo adornó, tras el descanso, con un corpiño de raso de seda en rosa capote de torero: este detalle confirmó el posible guiño a España con que la cantante, de pelo oscuro y transparentes ojos azules, había indicado su recital peinada con un estirado moño bajo y rigurosa raya en medio.

El recital, en el que estuvo acompañada por la Orquesta Titular del Teatro Real a las órdenes del húngaro Henrik Nánási (director de la Komische Oper de Berlín entre 2012 y 2017) consistió en un breve Paseo Romántico por la ópera eslava e italiana del XIX.

En la Parte I, la Obertura de Ruslán y Liudmila de Glinka, cargada de energía, sentó las bases del recorrido que la actuación seguiría por algunos de los personajes femeninos más trágicos del repertorio operístico eslavo: “Por qué estas lágrimas” de Lisa, de La dama de picas, de Chaikovski, tema que preparó el ánimo del público para “La verdad, hoy no soy yo misma”, del aria de Dalia del lituano Dvarionas o “Si contemplas desde las altas cumbres del Nizhny” de La hechicera de Chaikovski, y es que todas estas heroínas se encuentran atrapadas en trágicos destinos. Lo mismo ocurre con la protagonista de un aria que brilló por su exotismo, “Una vez el sauce fue una joven doncella”, de Anoush, una de las primeras óperas nacionales armenias, de Tigranian. Pero el momento culminante de este bloque fue sin duda la célebre “Canción de la Luna”, de Rusalka de Dvořák, en la que la soprano exhibió mejor sus fantásticas dotes vocales. Es una pena que no la repitiera en el bis, lo que habría cerrado la velada de forma mucho más luminosa que el aria finalmente escogida, la de Tatiana de Eugenio Oneguin de Chaikovski, evidentemente más sombría y melancólica, e incapaz de mantener el ánimo del público.

La Parte II se inició con el Preludio del Acto III deEdgar de Puccini, que no es la ópera más conocida del compositor de Lucca, pero que, nuevamente, tuvo la virtud de establecer la atmósfera de los temas que seguirían, los dos primeros de este compositor, “Sola, perduta, abbandonata”, el aria final de la protagonista de Manon Lescaut y quizás el momento más poderoso de la segunda parte, tan solo eclipsado por la célebre “Un bel di, vedremo” de Madamma Butterfly¸ que llevó al auditorio al clímax. Una pena que Grigorian dejara para el final “Tu che le vanità” del Don Carlo de Verdi, una pieza poderosa, pero larga y compleja de la que, no obstante, la soprano logró transmitir todos sus matices. La objeción que claramente procede aquí es que, aprovechando que Verdi es cronológicamente anterior, debería haberse programado antes que el grupo dedicado a Puccini y seguir así elevando la energía del público. Sobre el bis damos aquí por reproducido lo ya comentado.

Asmik Grigorian comenzó su carrera en los principales teatros de ópera del mundo, consolidando su nombre con roles protagonistas como el de Salome (Richard Strauss) en el Festival de Salzburgo, Rusalka o Jenůfa (Janáček) en la Royal Opera House de Londres, así como con el de Tatiana de Eugenio Oneguin, en la Bayerische Staatsoper de Múnich y la Scala de Milán. Su recorrido por los escenarios de ópera más prestigiosos ha sido complementado con papeles como el de Crisótemis de Elektra, en Salzburgo, y con varias interpretaciones de repertorios puccinianos y veristas, en los que la cantante ha destacado por su capacidad para gestionar a la perfección la interpretación dramática con las elevadas exigencias técnicas que imponen los personales.

Grigorian es una cantante de línea con una voz y actitud escénicas dotadas para el dramatismo, pero donde más brilla su voz es en el registro agudo. Es aquí donde su timbre adquiere más oscuridad y potencia. Pero, paradójicamente, en un repertorio lírico más spinto (Manon Lescaut, Don Carlo…) su voz de adelgaza y suena más blanca. Que es una soprano con un registro agudo se vio en las zonas más graves del aria de Madamma Butterfly, en la que se vio obligada a robar -con mucha maestría, por cierto - respiraciones poco habituales. Esto, unido a algún fallo en la dicción del italiano (concretamente en la doble c de “un uomo, un picciol punto”) puede indicar que la segunda parte del recital que ahora ofrece Grigorian es una incursión que la soprano de Vilnius está realizando en un registro vecino al suyo, más dramático (todas las sopranos terminan haciéndolo, con mayor o menor fortuna); un repertorio que, no obstante, consigue cantar maravillosamente bien.

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