Nicolás Maduro ha tomado posesión del cargo de presidente de Venezuela. Pero el escándalo antidemocrático de hoy se olvidará mañana. Ejercerá la represión, encarcelará y torturará a los opositores, mientras incontables países importan su petróleo o intercambian maletas sospechosas y, de nuevo, la España de Sánchez es el mejor ejemplo de la infamia. Tampoco las democracias occidentales parecen capaces de impedir que Putin siga ejerciendo como un agente del KGB cuando invade Ucrania o asesina a los opositores que le plantan cara. Sin olvidar la implacable represión del gobierno de Corea del Norte o de los regímenes militares que gobiernan en media África bajo el paraguas de Rusia o China.
Pero todavía hay dirigentes (nunca hay que olvidarse de Pedro Sánchez) que alertan de la vuelta del fascismo, cuando se refieren a países gobernados democráticamente por partidos de derechas. Pero obvian denunciar las dictaduras comunistas que pisotean la democracia y los derechos humanos, mientras ejercen con impunidad la represión y la tortura a sus ciudadanos. Y, así, Edmundo González, a pesar de ser reconocido como presidente electo por innumerables países democráticos, no gobernará; incluso podría ser detenido si intenta entrar en el país. Pero el tirano de Maduro perpetuará su dictadura, después de amañar las elecciones y sin publicar las actas electorales que demuestran su derrota. Se trata, en fin, del fracaso de los países democráticos por su tibieza cuando no por su soterrada colaboración con la dictadura comunista. Y, de nuevo, hay que denunciar la complicidad de Pedro Sánchez y de su “embajador” Rodríguez Zapatero con el tirano chavista.