Seix Barral. Barcelona, 2024. 342 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.
Por Matías Jaque Hidalgo
Las garantías de haber estado en el lado correcto de la Historia suelen ser frágiles, en especial si los cimientos de esa historia son movedizos y, sin que lleguemos a advertir qué ha sucedido, de pronto esta nos deja solos, mirando cómo fluye en direcciones insospechadas, a veces grotescas, en las que ya apenas nos reconocemos. Gioconda Belli, testigo privilegiado de la convulsa historia reciente de Nicaragua y una de las voces fundamentales de la narrativa hispanoamericana actual, explora en su última novela las complejas relaciones entre el pasado personal y el proceso revolucionario de su país, del que formó parte activa, sin sospechar que, unas cuantas décadas después, el impulso revolucionario original acabaría transmutado en esa ubuesca versión orteguiana que la declararía enemiga de la patria. Desde una forzosa perspectiva exterior, Belli coge aliento y nos cuenta ‒con una prosa limpia, madura, plenamente consciente del peso de las palabras‒ su relato.
Penélope, una mujer de mediana edad, debe viajar a Madrid para hacerse cargo de la casa y las pertenencias de su madre, Valeria (alter ego de la propia Belli), recientemente fallecida. Es marzo de 2020, y Penélope se ve de golpe atrapada en el confinamiento, rodeada por papeles, muebles y recuerdos de los que, en contraste con el carácter más bien pragmático de su plan inicial, acabará recibiendo una sobredosis de memoria. Ya lo sabe, porque es parte del relato oficial: Valeria participó como militante en el primer sandinismo, ese que acabó con la dictadura de Somoza y llevó la revolución a la victoria en 1979.
El costo de esos años de euforia libertaria recae, y esto Penélope lo sabe también de sobra, en los hijos, que no recibirán nunca la atención ni los cuidados que otros padres, menos preocupados de romper las cadenas de la humanidad, estaban en mejor posición de brindar a sus vástagos. Pero estas piezas del rompecabezas dejan amplios terrenos en sombra, hiatos sin sutura.
Belli decide hablar desde la perspectiva de la hija, de la generación que ha recibido, para bien o para mal, el testigo. En cierto sentido, el libro se instala en una tradición incipiente de obras que interrogan la militancia de la generación anterior. Así sucede, por ejemplo, en La resta, novela debut de Alia Trabucco, en la que, a través de un relato cargado de un lirismo a ratos excesivo, se narra el viaje de tres jóvenes que buscan repatriar el cadáver de una exmilitante de la resistencia antipinochetista; una madre que, igualmente, ha muerto en el exilio.
Pero, mientras que los personajes de Trabucco corresponden a su propia generación, nacida en los años 80, Belli decide mirarse desde un ángulo exterior y extemporáneo (fuera de Nicaragua, fuera de sí misma). Porque la voz de los hijos será, en buenas cuentas, el único tribunal que importa a la hora de dirimir si nuestra pequeña contribución a este mundo ha sido un delirio romántico, bienintencionado, pero en suma quijotesco, o una valiente y sincera apuesta por un futuro mejor. Un desplazamiento de la voz que se mueve en la frontera sutil entre la generosidad (pues cede, para usar la expresión de Salinas, “la voz a ti debida”) y la usurpación de una perspectiva ajena (justamente, aquella de quien esperamos la redención).
A través de los “cuadernos de Valeria” que Penélope se encuentra en el desván, Gioconda Belli interroga ‒esta vez sí, en primera persona‒ sus años de militancia y, en especial, el desigual coste que habrían de pagar por ella hombres y mujeres. El reproche del abandono y el desamparo se dirige siempre hacia las madres, y menos a esos “machos revolucionarios” que llamaban “reclutamiento vaginal” a sus compañeras de lucha. Sentencia: “La idea de la revolución necesita una revolución interior, personal, que no se dio. A fin de cuentas, éramos hijos de una dictadura”.
La mera práctica de la libertad no era, como pedía Kant en su día, suficiente para cumplirla en plenitud; el sujeto revolucionario arrastraba un homúnculo opresor en su interior, heredado de una larga historia de caudillismo despótico, que acaso volvería a aflorar en gloria y majestad (sí, como la farsa que sigue a la tragedia) en los desvaríos autoritarios de Ortega y Murillo.
En la dialéctica entre sujeto e Historia, Belli se decanta por ver en aquel un prerrequisito de esta. Acaso por eso elige como escenario de esta indagación autobiográfica e intimista el confinamiento de la pandemia: un experimento único que la historia reciente regala a la novelista para aislar al individuo y someterlo a su escrutinio. Y no en vano, también, el relato de la militancia, el desamparo y el afán de lucha están atravesados por el imaginario de dos pensadores existencialistas (filosofía individualista donde las haya): Sartre y Albert Camus.
Del primero, Belli cita aquello de que “no creo en el revolucionario que es capaz de amar al pueblo, pero no a los seres que tiene más cerca”; del segundo, adopta el mito de Sísifo como imagen de la tozuda esencia del luchador social, que “va a subir la pinche roca tantas veces como se le caiga”, “por pura rebeldía”. La revolución no es (no pudo ser, no será) un intento de ingeniería social capaz de modificar la naturaleza humana, sino el empeño de dar a los fallidos seres que somos la oportunidad de habitar este mundo de otra manera.