Así, como siempre sólo por mantenerse en el poder, Sánchez va despojando al Estado de competencias que le son exclusivas. Y así va despedazando la unidad de España sin el menor pudor. Pero mientras Puigdemont vocifera sus éxitos a los cuatro vientos, los nacionalistas vascos callan pero avanzan hacia su objetivo que es el mismo: la independencia total. Sólo es igual el procedimiento: la venta de unos escaños a cambio de apoyar las iniciativas parlamentarias del Gobierno por delirantes que sean. El PNV, por ejemplo, a pesar de ser un partido conservador está dispuesto a votar a favor de unos presupuestos confiscatorios con tintes comunistas a cambio de gobernar en el País Vasco a su antojo; esto es, fuera de la ley, al margen de la Constitución.
Pero en ambos casos, en Cataluña y el País Vasco, es en la educación donde el incumplimiento de la legalidad es más perverso y eficaz para los propósitos independentistas de los dirigentes políticos. Desde la infancia, los alumnos estudian una geografía y una Historia manipuladas, en la que España es el mayor enemigo de su cultura e idiosincrasia. De ahí, que las nuevas generaciones crean que la independencia es el único camino para mantener sus derechos y su identidad. Y esa deriva independentista resultará imposible de revertir; incluso cuando Pedro Sánchez haya abandonado el poder. Nunca un presidente del Gobierno ha hecho tanto daño a España. Y puede ser peor. Porque, al menos, aún le quedan dos años en La Moncloa.