Tusquets. Barcelona, 2025. 288 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. El autor de la celebrada “Patria” nos brinda catorce inquietantes relatos, con una visión no precisamente complaciente del ser humano
Por Carmen R. Santos
Nacido en San Sebastián, en 1959, y afincado en Alemania -novelizó su experiencia en la deliciosa Viaje con Clara por Alemania (2010)-, Fernando Aramburu es una de las voces imprescindibles de la actual literatura española. Desde que se dio a conocer con Fuegos con limón (1996), ha combinado la novela y el cuento, sin olvidar incursiones en la poesía y el ensayo, y su obra se ha hecho acreedora de numerosos galardones, entre otros, los nacionales de Narrativa y de la Crítica y el Vargas Llosa. Especialmente celebrada fue su novela Patria (2016), brillante exploración centrada en el horror del terrorismo etarra que se cobró tantas y tantas víctimas inocentes. Luego, entre otros títulos, publicó Los vencejos; Hijos de la fábula; y El niño.
Junto a su producción novelística, Aramburu ha cultivado con acierto el cuento, un género considerado a veces injustamente como menor cuando, en realidad, es muy exigente y aporta mucho. En el relato, apareció, entre otros, el volumen Los peces de la amargura, donde abordaba ya el terrorismo de ETA y los zarpazos de la banda. Así, el que da título a la colección, donde una joven se ha quedado inválida a raíz de un atentado y su padre intenta mantener la “normalidad” del día a día cuidando una pecera. Cuentos repletos de amargura, como también la hay en Hombre caído, la recopilación de catorce relatos de variada extensión que ahora nos ofrece.
Pero en Hombre caído, lo amargo que se percibe en su trasfondo se reviste en ocasiones de humor, hilarante en algún caso, como en “Culo subido”, en el que Eva, una insigne profesora, se está preparando para ir a impartir una conferencia y llorosa le confiesa a su marido: “Se ha subido el culo […]. Ha debido de ocurrir por la noche, cuando dormía”, y le pide ayuda para subsanar tan raro contratiempo. O de un humor negro como en ‘El suicidio de Richi Pardal’ -con ecos de su novela Los vencejos-, donde su protagonista, cuyos males no parecen importarle a nadie, empezando por su mujer que con gran alegría le es infiel, decide planear su suicidio montándolo como un espectáculo en el que vender entradas, idea que concita mucho interés y encuentra un gran número de posibles asistentes.
Fernando Aramburu nos presenta inquietantes historias -alejadas del País Vasco, escenario muy presente en su producción-, de una cierta apariencia costumbrista y con desenlaces sorpresivos, que esconden mezquindad, ruines sentimientos y absoluta falta de empatía. Por ejemplo, en “Fotos de ardillas”, una mujer descuida la atención a sus padres enfermos y se pasea por un parque fotografiando ardillas; en “Dilema” un conductor, tras salir envenenado de su casa después de que su hija le ha espetado que le odiaba, se distrae al volante y se ve en la obligación de decidir si inevitablemente atropella a un niño o a un anciano.
Muy impresionante es el cuento que da título al conjunto y lo cierra, “Hombre caído”, que arranca con una agria discusión entre hermanos y vemos una escena en la que un hombre de la Tercera Edad se ha caído. A su alrededor se forma un nutrido grupo de transeúntes curiosos, pero nadie le ayuda a levantarse, aduciendo que existe una extraña prohibición para prestar socorro.
Los cuentos denotan una visión no precisamente complaciente del ser humano, ni de la sociedad ni de las relaciones, por lo general familiares, que se establecen entre sus personajes. Célebre es la reflexión del autor francés André Gide al afirmar: “No se hace literatura con buenas intenciones ni con buenos sentimientos”. En una entrevista a raíz de la publicación de Hombre caído, Fernando Aramburu ha declarado: “Bueno, no hay que engañarse. Desde el punto de vista de la creación literaria son mucho más productivos los conflictos, las guerras y la maldad que crea víctimas. La literatura habitada por santos en un lugar feliz no da para mucho y es francamente aburrida”.
Ciertamente así suele ser, y lo más perturbador es que la creación literaria que se interna por ese camino da cuenta de que la oscuridad que anida en el alma del hombre y de la mujer -hay que precisarlo en estos tiempos- no es ciencia-ficción.