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Novela

Fernando Aramburu: Los vencejos

domingo 26 de septiembre de 2021, 18:06h
Fernando Aramburu: Los vencejos

Tusquets. Barcelona 2021. 704 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 11, 99 €. El autor de la existosa "Patria" regresa a la novela, con un cambio de registro en una historia que nos atrapa y remueve. Por Carmen R. Santos

Hace cinco años, la publicación de Patria, de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), se convirtió un acontecimiento literario, pero traspasó este ámbito. La novela del escritor vasco, afincado, desde hace tiempo, en la ciudad alemana de Hannover, cosechó una infinidad de premios, dentro y fuera de nuestras fronteras, entre otros el Nacional de Narrativa, el de la Crítica, el Strega Europeo, el Lampedusa, y se mantuvo sin desfallecer en los primeros puestos de los libros más vendidos. La serie televisiva basada en Patria, incrementó su popularidad, una vez solventada la polémica que generó su cartel anunciador en el que parecía equiparse a víctimas y victimarios de ETA, algo que de ninguna manera está en la novela. Aramburu no deja de explorar a los verdugos y su universo, pero son las víctimas, y la empatía con ellas, en quienes se centra la narración.

Aramburu, tras abordar el asunto de la violencia etarra en su extraordinaria colección de cuentos Los peces de la amargura, consiguió con Patria realizar la gran e imprescindible novela sobre uno de los episodios más terribles y trágicos de la reciente historia española. Sin duda, después de la brillantez de Patria, no lo tenía fácil Aramburu para volver a la novela con una propuesta que estuviera a la enorme altura en la que se inscribió esta. Pero con Los vencejos lo ha logrado, sin repetir ni planteamiento ni estructura.

En efecto, si Patria es una novela coral, con un juego de puntos de vista en los 125 breves capítulos que la forman, en Los vencejos hay una única perspectiva, la de su protagonista y narrador en primera persona, Toni, profesor de Filosofía en un instituto de Secundaria, que se encuentra en un momento muy especial de su vida y ha tomado una drástica decisión.

Desde el comienzo de la novela, Toni anuncia que piensa suicidarse, pero no de inmediato. Se ha dado el margen de un año, y cumplido este ejecutará su determinación. Su motivo es claro, y lo expresa con contundencia “No me gusta la vida. La vida será todo lo bella que afirman algunos cantantes y poetas, pero a mí no me gusta. Que no me venga nadie con alabanzas al cielo del ocaso, a la música y a las rayas de los tigres. A la mierda toda esa decoración. La vida me parece un invento perverso, mal concebido y peor ejecutado”. Y no ahorra reproches a su creador: “A mí me gustaría que Dios existiera para pedirle cuentas. Para decirle a la cara lo que es: un chapucero”.

Como tampoco los ahorra referidos a su hermano, su hijo, su ex mujer, su padre, su suegro…, con lo que su discurso tiene mucho de memorial de agravios, de pedir cuentas a cuantos le rodean, que de alguna manera no contribuyeron, precisamente sino todo lo contrario, a que Toni pudiera proclamar. “Qué bello es vivir”, como reza el título de una célebre película de Frank Capra, ni “La vida es bella”, como pregona igualmente el filme de Roberto Benigni.

Antes de abandonar este valle de lágrimas, Toni, en ese tiempo que se dado a sí mismo, escribe una especie de diario de los doce meses que le restan. Estos doce meses son los capítulos de la novela, En ellos, Toni habla de su presente y también de su pasado, recordando numerosos momentos de su pasado y analizando sin piedad a todos los que marcaron su existencia. Empezando por su ex mujer, Amalia, y la relación tóxica que mantuvieron, en la que, pese a autoengañarse en alguna ocasión, nunca fueron felices. Y siguiendo por su hermano, Raúl -“ese niño gordo que a sus cincuenta y dos años sigue emperrado en considerar a mamá su propiedad privada”-, su madre, aquejada de alzheimer e ingresada en una residencia donde Toni la visita, su hijo, Nicolás, al que él llama Nikita, un pequeño y luego joven problemático, su padre, violento y atrabiliario, a quien convoca de vez en sus sueños, donde, a diferencia de lo que sucedía en la realidad, “todo son risas, abrazos, bromas y complicidades entre nosotros”.

De su implacable bisturí se salvan su perra Pepa, le preocupa qué será de ella cuando él no esté, su primer amor, la feíta pero entrañable Ägueda -¿se arrepiente Toni de haberla dejado para casarse con una más guapa y decidida Amalia?-, y Patachula, su confidente y amigo del alma, porque en el naufragio vital, la amistad es un valor: “Considero la amistad que nos une muy valiosa. Yo prefiero la amistad al amor […] Yo mando a Patachula a tomar por saco, él me manda a mí a la mierda y nuestra amistad no sufre el menor rasguño”, confiesa Toni.

Patachula perdió un pie en los atentados que sacudieron Madrid el 11-M de 2004. La última novela de Aramburu recorre también circunstancias y episodios de la sociedad y la política españolas: ese zarpazo yihadista, el fenómeno de los indignados, los desahucios, el sistema educativo, que los políticos son incapaces de abordar como merece su importancia, el procèsLos vencejos, son las aves que llaman la atención de Toni y las admira. Sabido es que el vencejo habita continuamente en el aire, pues por sus características apenas pueden posarse en tierra. Acertada metáfora: los vencejos no pisan la tierra, repleta de miserias y dolor. Quizá a Toni, le habría gustado ser como ellos, no mancharse inevitablemente con el fango.

La voz, escéptica, aunque quizá más doliente que indignada, de Toni, en su “viaje al fin de la noche”, aunque con un nihilismo más sereno, menos desgarrado que la de Céline, nos atrapa y remueve. Aramburu ha logrado crear un gran personaje, a quien conocemos muy bien a través de las más de setecientas páginas de la novela, en la que se consigue mantener el interés del lector por todo lo que se nos va contado. Puede que Toni no sea tan amargado como parece, que su confesión sea una catarsis.

Hay un breve pero decisivo capítulo final, , “Seis días después”: que se añade a los otros: ¿Habrá llevado a cabo Toni su decisión de desaparecer”. Resulta muy posible que la vida no sea bella, pero siempre nos da sorpresas.

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