Traducción de Selma Ancira. Acantilado. Barcelona, 2025. 80 páginas. 12 €. Se recupera un sorprendente y espléndido relato de recuerdos de infancia de la gran poeta rusa, en el que da cuenta de su excelencia como prosista
Por Rafael Fuentes
Marina Tsvietáieva (Mosú, 1892-Yelbuga, Tartaristán,1941) es, sin duda, una de las grandes voces de la literatura del siglo XX. Y también una figura que pone de manifiesto, como otras muchas, la persecución ejercida por la Revolución Rusa contra un ingente número de escritores, intelectuales y artistas que no se plegaron absolutamente a sus consignas. Un buen compendio de cómo fueron tratados por quienes iban a instaurar el paraíso en la tierra es el monumental trabajo Escritores y artistas bajo el comunismo. Censura, represión, muerte, de Manuel Florentín (Arzalia), que aborda lo sucedido en la Unión Soviética y en otros lugares donde se instauraron regímenes de esa ideología o afines.
Nacida en el seno de una familia donde la cultura ocupaba un sitio preminente -su madre era pianista y su padre profesor universitario y fundador del museo de Bellas Artes de Moscú, convertido en museo Pushkin-, tuvo una esmerada educación en La Sorbona de París, era políglota y ya su primer poemario, Álbum de la tarde (1910) llamó la atención de influyentes críticos y escritores como Osip Mandelstam, igualmente hostigado por el comunismo Recientemente, se ha publicado una extraordinaria novela de Ismaíl Kadaré, Tres minutos, en la que el autor albanés indaga en la llamada tan breve como retorcida, ejemplo de los perversos mecanismos totalitarias, que le hizo Stalin a Borís Pasternak para consultarle sobre la calidad de la poesía de Ósip Mandelstam.
Con el triunfo de los sóviets, la vida de Marina Tsvietáieva, considerada representante de una literatura “degenerada’, fue internándose en el infierno. Cayó en desgracia, no encontraba trabajo, solo algunas ocupaciones miserables y esporádicas, y atravesó graves apuros económicos hasta el punto de que se vio obligada a llevar a sus hijas Adriadna e Irina a un orfanato para que pudieran sobrevivir, y, pese a esta dolorosa decisión, Irina murió allí de hambre.
En 1922 se exilió en Praga, y luego en Francia. En el exilio pasó penalidades y añorando su patria en 1939 regresó a Rusia. Pero ni su situación ni la de su familia -su hija fue confinada en el Gulag y su marido ejecutado- mejoró. Desterrada a Yelbuga, en Tartaristán, la depresión y la desesperación la cercaron y en 1941 se ahorcó. Tras la II Guerra Mundial, su obra se editó en la Unión Soviética en samizdat, copia y distribución clandestina de obras prohibidas, y solo a partir de los años ochenta del pasado siglo fue conocida en Occidente.
En el mundo hispánico, para ese redescubrimiento, fue decisiva la labor de la eslavista mexicana Selma Ancira, su más habitual traductora. El reconocimiento de Tsvietáieva como extraordinaria poeta, no debe opacar su producción en prosa. En este sentido, recordemos, que, entre otros títulos, contamos con Confesiones: vivir en el fuego (Galaxia Gutenberg); Un espíritu prisionero (Galaxia Gutenberg; Cartas de amor a Konstantín Rodzévich (Renacimiento). Por su parte, Acantilado, tras dar a la imprenta Mi madre y la música; Mi padre y su museo; Mi Pushkin y su estremecedor testimonio Diarios de la Revolución de 1917, recupera uno de sus mejores relatos o nouvelle El diablo.
En sus relatos, por lo general, Tsvietáieva rememora momentos de su niñez, no la mitifica ni parece pensar que “la verdadera patria del hombre es la infancia», según frase atribuida a Rilke. Pero sí, como en El diablo, es posible relacionar cómo era en esa etapa de su vida con alguna característica de su carácter de adulta. Escrito en su exilio en la región francesa de Vanves, y fechado el 19 de junio de 1935, asistimos al encuentro de su protagonista y narradora, Músienka, con el diablo: “El diablo vivía en la habitación de mi hermana Valeria”. La narradora ha vuelto su mirada al pasado y rememora ese descubrimiento, que no le produce el más mínimo miedo o desazón. Muy al contrario, lo observa con naturalidad: “El diablo estaba sentado sobre la cama de Valeria -desnudo, en una piel gris, como la de un dogo, con unos ojos blancuzco-azulados como los de un dogo o un barón del Báltico”, y nos confiesa: “Con el Diablo yo tenía mi hilo propio directo, innato, una comunicación directa”.
Porque, claro está, no se piense que estamos frente a un relato de terror o de fantasía. Es una nouvelle simbólica, en la que se entremezcla reflexión con un toque lírico en una contraposición de fondo entre Dios y Satanás: “Dios era -el hielo, el Diablo -el ardor. Y ninguno de los dos era bueno. Y ninguno -malo. Pero a uno yo lo amaba, y al otro -no: a uno lo conocía y al otro -no. El uno me amaba y me conocía, y el otro -no. A uno me lo imponían -arrastrándome a la iglesia”. No es tampoco un cuento contra Dios.
La cuestión es que para la pequeña Músienka, el diablo significa “el amor por todos los vencidos, por todas las causes perdues”. En esa habitación donde está el diablo lee libros prohibidos y aprende a ser fuerte y amar la soledad: “a ti debo el círculo encantado de mi soledad, que se mueve siempre conmigo”. Y concluye: “Si se trata de buscarte, hay que hacerlo en las celdas incomunicadas de la Rebelión y en las buhardillas de la Poesía Lírica”.
Sorprendente y espléndido relato de quien tuvo que enfrentarse a trágicas circunstancias, en las que quizá ese encuentro con el “diablo” le dio impulso y fortaleza.