Traducción de Susana Andrés Font. Salamandra. Barcelona, 2025. 160 páginas. 19 €. Libro electrónico: 8,99 €.
Por Matías Jaque Hidalgo
Decía Camus que el principal problema de la filosofía era el suicidio. Todo lo demás ‒las categorías del espíritu, la permanencia de las sustancias, la causalidad‒ era secundario. Primero, a ver si podemos responder a la legítima pregunta de por qué no coger un frasco de pastillas y acabar con todo de una buena vez. El último libro de Ferdinand von Schirach, autor que se ha venido instalando como una de las voces más prominentes de la narrativa contemporánea alemana, intenta, de una u otra manera, responder también a esto. No da con el sentido de la vida, ni pretende hacerlo, pero demuestra una notable capacidad para iluminar los momentos de la vida que tensan esa pregunta y dejan la respuesta bailando en el pecho.
Café y cigarrillos presenta un conjunto de relatos breves que se enmarca entre dos suicidios ilustres: el de Von Kleist, héroe romántico por antonomasia que, acompañando la suerte de una amiga enferma, decide poner fin a su vida en 1811; y el de Stefan Zweig, el último bastión de la conciencia liberal europea, que, también acompañado de su pareja, decide abandonar el mundo en un gesto que, según nos cuenta Von Schirach, fue catalogado por Thomas Mann como “absurdo, patético y deplorable”.
Con los nazis encima haciendo aspavientos de su sanguinaria epopeya nacionalista, ya no estábamos para arrebatos románticos. Entre esas dos efemérides grandilocuentes, este conjunto de relatos arranca con el frustrado intento de suicidio de un personaje que ‒nada hace sospechar lo contrario‒ debe ser el mismo Von Schirach de joven.
Un suicidio torpe, animado por la valentía ocasional de la borrachera, que es también causa de que la cosa no pase a mayores. Ya no estamos para arrebatos románticos. Nuestra literatura no es ya la del héroe trágico que, después de iluminar los rincones más oscuros del alma humana, y redimirlos con la belleza, se retira del mundo con lucidez y determinación. La voz que nos da es más próxima, es la del sujeto posromántico que, frustrado el plan de esquivar con la muerte el relevo de un mundo a todas luces fallido, debe seguir adelante, debe lidiar con relatos heredados, administrar las culpas de sus ancestros y construir una dignidad que ya no aspira a ningún heroísmo.
El propio Camus, según nos relata Von Schirach, tuvo una muerte estúpida (un accidente automovilístico en medio del desierto), como muchas de las que pueblan estas instantáneas de vidas las más de las veces perfectamente comunes y corrientes (“Esta condenada vida me ha hecho trampa: todo ha ido demasiado deprisa”, sentencia un personaje).
No hay que olvidar que Von Schirach es de profesión abogado criminalista. Su fama como narrador se cimentó sobre una acertada literaturización de su experiencia con el crimen y la culpa (del mismo modo en que el peso narrativo de Oliver Sacks se construyó a partir de los testimonios de su experiencia como neurólogo). Este libro, más personal y autobiográfico, explora, en sintonía con la pregunta de Camus, por qué tener alguna convicción moral, alguna confianza en el bien o en el funcionamiento de las instituciones, cuando podríamos entregarnos a la fría constatación de la existencia del mal.
Hay una diferencia entre defender los derechos y la dignidad de las personas sobre la base de una idea abstracta e ilustrada del ser humano, y hacerlo con pleno conocimiento fáctico de las cosas que las personas de carne y hueso son capaces de hacer.
Este conocimiento, que enseña cierta ausencia de sentido, fácilmente puede conducirnos al nihilismo. Que no lo haga es una circunstancia extraña que, sin llegar a ser noble, de alguna manera nos salva de la bajeza. Cabe decir de estos relatos de Von Schirach lo mismo que él atribuye, en uno de los textos más lúcidos de la colección, al arte del cineasta austriaco Michael Haneke, a quien el primero toma (aceptada la inutilidad de todo romanticismo, de toda heroicidad trágica) como modelo de artista: “… no se trata de un nihilismo frío, de una imagen cínica del mundo, de un abandono, de una renuncia, sino todo lo contrario”.
La lectura de los breves textos reunidos en este volumen nos trae una insospechada consolación, un extraño goce. Cuesta no leerlos todos una vez que se lee el primero. Sin duda se debe a una elegancia y contención en el estilo (la traducción de Susana Andrés, directa del alemán, tiene en esto mucho mérito), pero sobre todo diría yo que se debe a una elegancia de las ideas.