Los Lunes de El Imparcial

Marcos Giralt Torrente: Los ilusionistas

Novela

Domingo 01 de junio de 2025

Anagrama. Barcelona, 2025. 256 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 10,99 €.

Por Concha D'Olhaberriague



Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) es valorado mayoritariamente por su novela Tiempo de vida, galardonada con el Nacional de Narrativa del 2011, con todo merecimiento. No obstante, sus novelas largas anteriores: París (1999) y Los seres felices (2005), no le van a la zaga en calidad, y otro tanto sucede con sus volúmenes de cuentos o novelas cortas, subgénero que maneja con pericia desde sus comienzos literarios con Entiéndame (1995), y posteriormente El final del amor (2011) y Mudar de piel (2018).

En 2023 vio la luz Algún día seré recuerdo, libro almazuela o collage que reúne todas las facetas e intereses del escritor: la vida personal, el mundillo literario, los viajes, la paternidad, el arte, la creación y la crítica literarias. Los ilusionistas, la novela que presentamos, es una crónica familiar anovelada, una indagación autobiográfica minuciosa de matizada y sutil introspección, narrada en primera persona, y un testimonio destinado al hijo adolescente del escritor, Juan, autor de la foto de su padre en la solapa, en tanto que la instantánea doble de la madre que vemos en la cubierta la realizó el pintor Juan Giralt, padre de Marcos, en 1964.

Giralt Torrente, maestro en escudriñar el territorio de las relaciones interpersonales, muy especialmente en el seno de la familia, nos invita a viajar por los corredores, subsuelo, intersticios y recodos familiares de antaño, con la voluntad de averiguar -en la medida de lo posible- cómo adquirieron su madre y sus tres tíos carnales las peculiaridades de su personalidad inadaptada, en forma distinta cada cual, qué parte se debe a o podría explicarse por los antepasados -los padres fundamentalmente- y la orfandad temprana de madre, y qué caracteres son de factura individual.

La exploración psíquica intimista de la familia materna, entre arqueológica -como él mismo dice- y detectivesca, se remonta a los abuelos, con algún apunte sobre los bisabuelos. La abuela, enferma crónica de asma, murió muchos años antes de que naciera el escritor. En un retablo familiar el abuelo, que aparece con su nombre y dos apellidos, Gonzalo Torrente Ballester, ocuparía sin duda un lugar destacado.

Los materiales para reconstruir la relación conyugal del novelista y su primera mujer, Josefina Malvido, son los recuerdos “ilusionistas”, por fantasiosos, de los hijos -personajes de la obra propensos a fabular con los recuerdos- y la correspondencia incompleta entre marido y mujer durante los largos periodos en que viven separados, él en Madrid y ella en Galicia, por motivos tal vez no tan claros como los que aduce el esposo.Hay que señalar que, como se nos advierte, por razones legales no se puede citar del epistolario al pie de la letra y el escritor se ve forzado a parafrasear a los corresponsales. “Los años escritos” se llama esta parte inicial del libro.

Giralt Torrente aporta asimismo un par de necrológicas de su autoría dedicadas a su abuelo y otra a su tío Gonzalo, protagonista del apartado Tres, “Una vida literaria”, que, al igual que el Dos, “subirse a los árboles”, -novela autobiográfica de iniciación en abreviatura- ya habían sido publicados antes por separado.

Los muertos nos configuran y acompañan. Nuestra biografía no comienza el día que nacemos. Hay en la vida, como en la literatura, ocasiones en que un estímulo externo desencadena violentas e irrefrenables turbaciones en la conciencia con consecuencias no previstas. De ahí la mención tan oportuna del perturbador relato joyceano de Los muertos (pp.125-8), en cuyos protagonistas atisba el escritor un cierto parangón con su abuela materna y su abuelo; la Gretta joyceana, campesina, soñadora y melancólica, está casada con un intelectual que se gana la vida escribiendo y se rige por el cerebro antes que por los impulsos del corazón.

Los cuatro hermanos, mencionados por la inicial de su nombre verdadero, aparecen descritos física y psíquicamente y estudiados en virtud de la culpa o responsabilidad que les corresponda en el carácter desajustado y soñador que los envuelve. A lo largo de la obra se mantiene abierta la pregunta fundamental formulada en la nota que precede a la historia: “¿Somos realmente libres para trazar nuestro destino?” (p.10).

Giralt Torrente nos entrega por añadidura una hermenéutica de la memoria sentimental, sus fintas, quiebros, deficiencias, cautelas, disfraces, huecos y reflejos especulares que dificultan la tarea de quien inquiere acerca del ser de una estirpe. “La familia es el territorio de la memoria” (p.9), leemos en la mencionada nota que precede al gran cuadro familiar que constituye Los ilusionistas.

Convocada y requerida por el escritor en calidad de faro alumbrador de sus pesquisas, la reminiscencia es la corriente impulsora de su escritura en la busca obsesionada y concienzuda de la incógnita familiar que persigue dilucidar. En el último apartado, que lleva el número Ocho, confiesa que el cuento que hemos leído no es el que pensó escribir en primera instancia, de forma que el lector entra, de nuevo, en el taller de escritura y observa la novela de la novela, entrevista desde la nota inicial.

El ajuste de cuentas que planeaba inicialmente devino finalmente una investigación tan pormenorizada como comprensiva con todos los personajes al desestimar el escritor el ánimo revanchista inicial y la visión bélica y maniquea de “vencedores y vencidos” para aludir a las dos familias que constituyó su abuelo, figura clave del ensamblaje familiar. Un trabajo de rememoración inquisitiva y desvelamiento tan minucioso y finamente labrado acerca de los móviles de la conducta y las marcas que dejan las vivencias en los miembros de la trama familiar suscita a la postre -al igual que la filosofía de prosapia socrática- más interrogantes que respuestas.

Por lo que atañe al estilo, estamos ante una prosa precisa, elegante e intensa, tan intelectual como emotiva, de gran altura literaria y artística, con múltiples giros metaliterarios de suma eficacia y saltos en el tiempo. Otra característica de la escritura de Giralt Torrente es la tensión de la fluencia discursiva, remansada cuando la historia lo requiere por expresivas tiradas de anáforas a modo de letanías martilleantes (pp.90, 115, 239, 248, 249). En fin, la poética de lo personal, lo más humano de lo humano a decir de Ortega, tiene en la literatura de Marcos Giralt Torrente, desde su magnífica primera novela, París -de trasfondo autobiográfico aunque en parte embozado- a un representante de primer orden.

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