El público de Roland Garros tardó mucho años, demasiados, en rendirse al poderío de Rafael Nadal. La tribuna de París no quiso entregar su cariño al mejor jugador que nunca ha pisado esa tierra batida y no le quedó otra que resignarse, a medida que el zurdo legendario amontonaba más trofeos que nadie en la pista Philippe Chatrier. Este dato ejemplifica a la perfección la actitud de una masa de espectadores conocida mundialmente por su pelaje. Su forma de afrontar los partidos de tenis en nada tienen que ver con los que se supone que debe hacer un aficionado que acude a ver un partido de este deporte.
Cuando hay un jugador o jugadora francesa por delante, la cosa empeora. Lo sufrió Nadal, lo sufrirá Carlos Alcaraz y en cada edición de este Grand Slam lo sufren tenistas de todo el planeta. Este miércoles le ha tocado pasar por esa lamentable situación a la juvenil Mirra Andreeva. La talentosa jugadora rusa, pupila de Conchita Martínez, recibió casi un acoso del graderío en su enfrentamiento con la local Loïs Boisson. Tanta presión le metieron, entre abucheos, silbidos y festejos irónicos de sus errores, que la prometedora de 18 años se vino abajo. La llevaron hasta las lágrimas y acabó perdiendo la compostura y la concentración. En un momento de impotencia pura lanzó un pelotazo al aire.
"Sabía que el ambiente iba a ser así. Creo que en el primer set supe manejarlo y no le presté demasiada atención a eso pero obviamente con los nervios y con la presión se convirtió en algo más duro (...) Con la presión del público a veces no me encontré con mucha confianza en la pista con acciones que suelo hacer bien en mis tiros. Está claro que (la actitud de la grada) tuvo un papel en todo esto", confesó en rueda de prensa Andreeva. Y añadió que para el futuro "tengo que aprender a no reaccionar en absoluto a lo que digan o griten".