En los próximos días vamos a presenciar una escena poco frecuente: Jueces y fiscales haciendo una huelga simbólica contra lo que consideran una ofensiva del Gobierno que puede dar al traste con todo aquello vinculado a la independencia, la imparcialidad y el respeto a las garantías procesales del justiciable.
No es extraño que jueces y fiscales se movilicen contra una serie de medidas que no responden, no ya a lo que vienen reivindicando desde hace añossino a las mismas recomendaciones que se les hacen desde las instancias europeas. Basta ver los informes emitidos por el GRECO (Grupo de estados contra la corrupción) para apreciar que España, al contrario de lo que afirman desde el Ministerio de Justicia o la Fiscalía General del Estado, siempre es un cumplidor “a medias”, cuando no un incumplidor total de lo que desde ahí se propone para adaptarse a los estándares europeos. La táctica empleada por nuestras autoridades es la de tener en cuenta algún aspecto parcial de lo recomendado, para hacer ver que se está cumpliendo con ello, y dejar sin respuesta (o actuando en sentido contrario) al grueso, a lo importante, a lo que da sentido a la recomendación.
La misma “técnica” se utiliza respecto de las recomendaciones de la Comisión Europea emitidas reiteradamente en su Informe anual sobre el Estado de Derecho en la Unión Europea. Cumplimiento parcial y sesgado, intentando hacer ver que se cumple con los indicadores, dejando sin efecto el núcleo fundamental de lo que se tendría que adaptar para no dejar el Estado de Derecho en la cuerda floja.
Y así con todo. Pondré un único ejemplo, derivado del procedimiento de “diálogo estructurado” que la Comisión emprendió para que el Consejo General del Poder Judicial se renovara y se adaptara a lo que tienen que ser estos órganos de gobierno de la magistratura en los Estados miembros de la UE. El nudo gordiano de la cuestión es el método de elección de los componentes del Consejo y la garantía de independencia en sus funciones. Tras meses “dialogando”, se renovó el Consejo, conforme a la legislación vigente, que no respeta los estándares europeos pero que resultó inevitable por la indecente situación en que la falta de renovación por un lustro había provocado en la institución y se acordó que se tenía que reformar la legislación española para que los vocales jueces fueran elegidos entre y por los jueces así como concretar mejor las garantías de independencia e imparcialidad de tal órgano constitucional. Pues bien, también sólo se está cumpliendo “a medias”, poniendo la atención, por lo llamativo, en que se ha efectuado la renovación del Consejo, pero sin preparar la reforma legislativa que tiene que estar en vigor en la próxima renovación. Deben de pensar que hay tiempo…. Para la renovación sí, pero ¿para el refuerzo de la independencia e imparcialidad? Como eso no llena tantos telediarios ni tantas páginas de prensa….. pues manipulemos el relato diciendo que hemos cumplido con la renovación y “estamos cumpliendo” con el resto, a ver si picamos el anzuelo.
Para acabar de rizar el rizo, lo que se le ha ocurrido al Gobierno, a propuesta del Ministro de Justicia, es adoptar en Consejo de Ministros sendos anteproyectos de reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial y del Estatuto Orgánico del .Ministerio Fiscal que, lejos de ir en la dirección prevista por el GRECO y la Comisión Europea, siguen la táctica antes explicada de intentar hacer ver que se va en la buena dirección, para conseguir, de hecho, todo lo contrario, poniendo más en riesgo el Estado de Derecho todavía. Lo único que han conseguido es un clamor prácticamente unánime de las organizaciones profesionales de jueces y fiscales, que se han pronunciado muy críticamente sobre el contenido de estas reformas. Cinco organizaciones de jueces y fiscales, las mayoritarias en el sector, están en contra de este nuevo intento intervencionista y las pretendidamente afines a la política gubernamental, la defienden con la boca pequeña porque lo que se pretende con ellas no se sostiene.
Así las cosas, la Asociación Profesional de la Magistratura, la Asociación Judicial Francisco de Vitoria, el Foro Judicial Independiente, la Asociación de Fiscales y la Asociación Profesional e Independiente de Fiscales, han emitido un comunicado conjunto en el que, tras lamentar que prácticamente todas sus peticiones y apreciaciones no hayan sido atendidas, consideran que lo que Gobierno pretende es una “reforma estructural, de gran calado, que afecta gravemente a principios constitucionales, como la igualdad, el mérito y la capacidad en el acceso a las carreras judicial y fiscal, así como al propio Estado de Derecho, la separación de poderes y, especialmente, a la independencia judicial”. Fundamentan su apreciación, sin poder detallarlas todas, en las siguientes razones:
Estas y otras razones, en las que no me puedo detener para no alargar indebidamente este artículo, han originado que las asociaciones firmantes hayan decidido ese “ruido de togas” expresando su oposición a unas reformas que, en su opinión, inciden directamente en la calidad de la justicia y la sitúan en una peor calidad institucional, por el intento de control que el ejecutivo parece pretender con las reformas propuestas.
Hace unos meses, en la Red Europea de Consejos de Justicia, tuvimos el escaso honor de ser equiparados a Turquía, Hungría, Polonia o Eslovaquia. Jueces y fiscales constituyen un oscuro objeto de deseo por parte de los políticos, especialmente por parte de los gobiernos, que no dudan en utilizar las técnicas más perversas para evitar que el Poder Judicial, en ejercicio de sus funciones, pueda controlarles. Krywon, Sadurski o Wheeler nos explican cómo desde el “democratic blaksliding”, el “winer takes it all” o el Court-packing, el ejecutivo o una minúscula mayoría parlamentaria es capaz de interferir en nombramientos o en acotar a su conveniencia la acción de la justicia, buscando controlar los procedimientos, el acceso a los cargos y la promoción profesional de jueces y fiscales o la tergiversación institucional de las garantías procesales que deben acompañar a la ciudadanía en los litigios.
Ciertamente, el actual Gobierno de España, sus socios y la exigua y torticera mayoría parlamentaria que conforman, son maestros en técnicas de presión. Cada día nos obsequian con una nueva amenaza, dirigida a amedrentar y privar a jueces y fiscales de las funciones propias de ese poder del Estado de Derecho que prima, porque no puede ser de otra manera, sobre los otros dos, es decir, sobre el legislativo y, especialmente, sobre el ejecutivo; por algo existen el control de constitucionalidad y el control de legalidad, amén de las garantías de los derechos e intereses legítimos. Las democracias consolidadas muestran que lo que denominamos división de poderes conduce siempre a que exista un vigilante para garantizarla. Y ese vigilante no puede ser otro que el Poder Judicial. Incluso en los Estados Unidos, durante el período que se denominó de “gobierno de los jueces” se evidenció que, efectivamente, los jueces debieron intervenir en asuntos políticos que requerían de un control judicial. Y que tuvieron que intervenir tanto más cuanto más inútiles y/o perversos fueron los políticos.