Seix Barral. Barcelona, 2025. 448 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 11,99 €. El académico y Premio Príncipe de Asturias de las Letras nos propone un jugoso acercamiento personal a Cervantes y su inmortal “Don Quijote de La Mancha”, que participa de la investigación literaria, la confesión, el ensayo, la autobiografía…, analiza el poder de la ficción y rinde homenaje a la lectura
Por Carmen R. Santos
Rememora Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) la primera vez que, siendo todavía un niño de diez años, descubrió por casualidad y leyó El Quijote: “El libro lo había encontrado rebuscando en un baúl, en el pajar del último piso, donde se amontonaban los trastos viejos y las herramientas de ir al campo”. Este, junto con otros dos, Orlando furioso e Historia de un hombre contada por su esqueleto, es, nos revela, lo único que pudo salvar su abuelo materno del cortijo, en Úbeda, donde trabajaba como mulero en los primeros días de la Guerra Civil cuando “una cuadrilla de gente armada con fusiles viejos, pistolas, hoces, horcas había llegado al cortijo con la intención de incautarlo, o de colectivizarlo”. Los milicianos hicieron una enorme hoguera: “Lo que más le dolía [a mi abuelo] era ver cómo ardían los libros, la gran biblioteca de los señores del cortijo”.
Luego, a partir de esa lectura infantil de la inmortal obra cervantina, la lee y relee en distintos momentos de su vida, y en diferentes ediciones, tras esa primera de la Casa Editorial Calleja, 1881: “He leído tantas veces el libro que me parece recordar una larga lectura intermitente, una dedicación asidua, íntima, uno de esos hábitos que lo constituyen a uno sin que nadie o casi nadie lo sepa”. Era lógico que la pasión del escritor jiennense por El Quijote desembocase en un trabajo como el que ahora nos regala: El verano de Cervantes. Precisamente el Premio Príncipe de Asturias de las Letras resalta que “el verano es la estación de Don Quijote de la Mancha. Es el tiempo en el que suceden del principio al final todas sus peripecias, y también el más adecuado para su lectura”. Y, sin duda, nada mejor que leer o releer El Quijote, acompañándolo con la propuesta de Muñoz Molina, que resulta disfrutable y provechosa en los dos casos.
No se busque en El verano de Cervantes un estudio académico, aunque el autor de novelas como Plenilunio, Sefarad, La noche de los tiempos, Como la sombra que se va, y No te veré morir, entre otras muchas, hace acopio de documentación e incluye al final del volumen una selección de lecturas, pues por sus páginas desfilan, Herman Melville, quien tenía en su biblioteca un ejemplar muy subrayado de El Quijote, Thomas Mann, Sigmund Freud, que aprendió español con la intención de leerlo, Joseph Conrad, Stendhal…, entre otros que saludaron la novela cervantina e incluso reconocieron su influencia.
El verano de Cervantes entremezcla distintos géneros -investigación literaria, confesión, ensayo, autobiografía…- en un conjunto sumamente atractivo. Así, no deja de ser una investigación literaria y de claves de la creación, que es “prueba y error” en el propio Cervantes, pues “aprende a escribir su novela mientras la escribe”, y “es la experiencia de lo escrito la que va ofreciendo una cierta seguridad, y la forma intuida en el libro de 1605 ya ha cuajado firmemente en el de 1615”.
También examina algunas de las obras que incluye El Quijote, como El curioso impertinente, “una obra maestra escondida en el interior de otra obra maestra”, recorre minuciosamente innumerables episodios de El Quijote, extrayendo de lo que acontece en ellos y de su lenguaje jugosos detalles que quizás pasan desapercibidos, remarcando que la sustancia última de don Quijote “no es la posible locura, sino la teatralidad” y que es “un performance artist”. Y aborda el poder de la ficción y la feliz singularidad del género novelístico, que, recordemos, Pío Baroja caracteriza como abierto y flexible, un “saco en el que cabe todo”. Por su parte, Muñoz Molina sentencia: “La novela es la provincia fronteriza y bastarda de la literatura. Saquea sin escrúpulo los demás géneros, y hasta invade territorios que no le pertenecen, como una especie oportunista e invasora que puede adaptarse a cualquier medio y saca beneficio de lo que otros desdeñan o no saben asimilar, y acaba prevaleciendo sobre ellos”.
Igualmente, pone en valor algo que todo buen novelista no debería olvidar: “Cervantes no adoctrina nunca en Don Quijote”. Asimismo, repasa momentos y circunstancias de su existencia, a corazón abierto: el nacimiento de su vocación literaria -cuando recién nacido su primer hijo, empieza a escribir su primera novela-, etapas en las que le acecha la sombra de la depresión… O entrañables, como cuando en su niñez y adolescencia se inventaba historias -nos evocan los “aventis”-, que les cuenta a sus amigos más cercanos, “en el escalón de una casa en la plazuela”.
La fertilidad de Don Quijote de La Mancha es inagotable, ya que, como bien señala Muñoz Molina y él mismo experimentó, “en cada nueva lectura está contenida la riqueza armónica de todas las lecturas anteriores, su memoria activa e inconsciente”. El verano de Cervantes es también un canto, una reivindicación de la lectura tradicional y reposada, hoy, en tiempos de tecnologías que “hipnotizan nuestras mentes hasta un grado de delirio”, más necesaria que nunca: “La variedad del mundo y de la experiencia de leer no puede uniformarse en una tableta de plástico y una pantalla iluminada […] Un ejemplar de un libro en papel es único igual que lo que contiene es único. Mirando las estanterías y hasta la mesa y el alféizar de la ventana de mi cuarto veo el paisaje de los libros que he leído y los que habré de leer, y algunos que no leeré nunca”.
Indica Antonio Muñoz Molina que para Luis Cernuda la lectura de El Quijote se convirtió en “un buen refugio y un consuelo para la intemperie del exilio”. Sin duda, leer, entre muchas otras bondades, es un refugio y un consuelo. Todos de una manera u otra vivimos a la intemperie.