www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

NOVELA

Antonio Muñoz Molina: Como la sombra que se va

domingo 28 de diciembre de 2014, 18:52h
Antonio Muñoz Molina: Como la sombra que se va

Seix Barral. Barcelona, 2014. 536 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 10,99 €. Dos tramas paralelas -la historia del asesino de Martin Luther King y una despiadada revisión de su propia novela "El invierno en Lisboa"- se cruzan en esta valiente e imprescindible novela del Premio Príncipe de Asturias del pasado año.

Por Rafael Fuentes

De nuevo Antonio Muñoz Molina nos entrega una gran novela de alcance épico, como ya sucediese con su anterior La noche de los tiempos, solo que ahora el relato se articula en torno a dos tramas antagónicas que se relevan la una a la otra con dos protagonistas que nada tienen que ver entre sí. Este dispositivo de un libro que consta a su vez de dos libros, dotados de dos historias alternativas, evoca de inmediato un título mítico de William Faulkner: Las palmeras salvajes, que dejó un rastro tan exquisito en la literatura hispana tras ser traducido, y en gran parte versionado, por Jorge Luis Borges.

La narración de Faulkner arrancaba con la historia amorosa de Charlotte Rittenmeyer y el inexperto doctor Harry Wilbourne, pero de inmediato esa línea era abruptamente cortada en el segundo capítulo por la peripecia de un recluso que se ve liberado por el brutal desbordamiento del río Misisipi. La pasión itinerante de Charlotte y Harry resurgirá después para ser seccionada, de nuevo de un modo tajante, por una nueva irrupción de la peripecia del recluso liberado -y condenado- por la fuerza de la naturaleza, en una antítesis narrativa que aparentemente carecía de cualquier conexión. El relato proseguía esta alternancia hasta el final. Faulkner bromearía achacando esta estructura a una endiablada confusión de los editores, que habrían mezclado sin ton ni son dos novelas diferentes, pero más adelante confesó que se trataba de un método análogo al contrapunto musical, donde un relato confería relieve al otro, dándole énfasis, brillo e intensidad a través del contraste. Aunque, sin duda, entre ambos había muchas más analogías implícitas.

En Como la sombra que se va, Muñoz Molina opera del mismo modo. Ofrece el aparente primer plano a la fuga de James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King, centrándose en los días que el fugitivo pasó en la ciudad de Lisboa poco antes de ser capturado en el aeropuerto londinense de Heathrow, apenas transcurrido un año después que disparase el rifle Remington Gamemaster con el que abatió en Memphis al líder de los derechos civiles. Pero este relato será abruptamente interrumpido por otro imprevisible: la historia del propio Antonio Muñoz Molina cuando hizo un breve viaje a esa misma capital portuguesa, a finales de la década de los ochenta, para documentarse sobre su novela El invierno en Lisboa, que lo lanzaría a la fama tras obtener simultáneamente el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica. Como en Las palmeras salvajes de Faulkner, las dos líneas argumentales en la nueva novela de Muñoz Molina se alternan, superponen y reemplazan de forma análoga al contrapunto musical donde dos melodías se subrayan y realzan mutuamente entre sí.

Con el relato de la huida demencial de James Earl Ray, el autor de Beltenebros lleva a cabo una denodada reivindicación del uso de datos exactos para el género novelístico. Es la divisa que parece amartillar el narrador. Solo hechos, pero hechos verídicos, contrastados, minuciosos, estrictos. Se suma así a esa verdadera oleada de no ficción que barre ahora la novela española. Como la sombra que se va ensalza el factor sorpresa de lo real, pues para el Muñoz Molina de hoy resulta mucho más fascinante y asombroso el dato auténtico que el elaborado por la imaginación. La fantasía puede esforzarse -parece decirnos el novelista- por generar datos ilusorios imprevisibles, pero la realidad vencerá siempre con algo aún más inesperado, más imprevisto y desconcertante que lo imaginado. Este buceo en los prodigiosos datos reales no es nuevo, ya fue reclamado con energía desde Balzac a Zola. Basta leer la descripción que Zola realiza de la morgue de París en Thérèse Raquin, transcribiendo apuntes tomados del natural, para constatar la estremecedora fuerza artística con que el dato verídico puede enseñorearse sobre el imaginario.

No hace muchos años el novelista norteamericano Tom Wolfe demandó esa misma idea a propósito de los caballos blancos con los que Zola nos desconcierta en su novela Germinal. Para comprobar la experiencia real de los mineros, el creador del naturalismo visitó en 1884 las minas de Anzin y descendió al fondo de sus galerías. En el subsuelo descubrió perplejo los grandes caballos blancos que arrastraban las vagonetas del carbón. Un hecho real e inaudito. ¿Cómo habían conseguido bajar a esos hermosos animales hasta ese angosto y lúgubre pasadizo enterrado bajo tierra? Nueva bofetada de lo real sobre la fantasía: eran arrastrados allí como potros recién nacidos. Sus vidas estaban condenadas íntegramente al horror del subterráneo, como las existencias humanas que los acompañaban. Ni en un siglo de ensoñaciones Zola habría logrado imaginar un dato tan cruel y espantoso, capaz de conmover y horrorizar con lo real a sus lectores.

Ahora Antonio Muñoz Molina profundiza y actualiza este principio, llevándolo, con audacia, mucho más lejos. Por lo pronto, el abrumador alud de datos sobre James E. Ray no proviene de ninguna observación al natural, sino que se extrae de ese pozo sin fondo que es hoy internet. Con la historia del asesino de Martin Luther King, Muñoz Molina ha realizado el experimento radical de construir todo un universo a partir de una atosigadora información sacada en su totalidad de la red. Lo que, sin restarle un ápice de exactitud y meticulosa veracidad, le otorga un carácter singularmente fantasmal. La red acaba por conferir un estatuto espectral a todo lo que circula por sus conductos. Antonio Muñoz Molina ha tenido la valentía de despejar qué rostro adquirirá una literatura sustentada en la nube del ciberespacio. Aquí podemos hacernos una idea de qué sucede cuando se sustituye el dato exacto del natural por el dato exacto cibernético.

La avalancha de información sobre el magnicida se amalgama en su novela de forma inmisericorde a través de un tono neutro y minucioso. Hay dos paradojas que irrumpen imprevistamente a partir de esta indagación cibernética. La primera es la fuga de la personalidad explorada. Cuanta más información tenemos de James E. Ray, tanto más enigmático se torna el personaje. Claro que la información no es conocimiento, y el relato de Muñoz Molina se puede tomar como una constatación, quizá involuntaria -o no- sobre el efecto destructor que el exceso de información provoca en el conocimiento de lo humano. La otra paradoja es aún más interesante. Cuanto más se ahonda en los hechos ciertos e incontrovertibles en torno al asesino James E. Ray, se va evidenciando mejor que la materia más incontestablemente real en él -quizá en todos los hombres- es justo su imaginación. El núcleo último al que apunta toda la información sobre James E. Ray es su universo de fantasías.

En realidad, constituye ya un estereotipo el diagnóstico según el cual el odio racial estadounidense se exacerba entre la llamada “basura blanca”. Es decir, aquellos blancos degradados que solo poseen como último blasón de dignidad precisamente el no ser negros. Mantener a raya a los afrodescendientes en ese último eslabón ínfimo era una estrategia vital desesperada para personas como James E. Ray. Caer más bajo que el propio negro, o que este se elevase sobre él, era causa de un vértigo que le empujaba a considerarse la escoria de la escoria. En la recreación del disparo hecha por Muñoz Molina, realizado desde la ventana de un baño de motel, el hedor vomitivo de los excrementos atascados en la taza del retrete a las espaldas del francotirador sintetiza sensorialmente muy bien esa situación. Pero en el magnicida de Memphis hay un elemento mucho más sugerente y revelador: su lectura compulsiva de subliteratura sobre héroes que llevan a cabo hazañas criminales y que ocupa un lugar central en la matriz de su criminalidad. Los relatos de la pulp fiction conectan con sus impulsos de venganza y les da una orientación, los eleva y los transfigura en algo excelso.

Sin esa pulp fiction, James Earl Ray no se habría percibido a sí mismo como un paladín y seguramente no habría actuado como lo hizo. Tampoco habría divulgado, una vez cometido el magnicidio, tan descabelladas teorías sobre una supuesta conspiración, todas las cuales llevaban el sello de lo novelesco. Aquí Como la sombra que se va vuelve a coincidir de forma señalada con William Faulkner y Las palmeras salvajes. En esta novela, el convicto que aparece en el segundo capítulo está preso por asaltar un tren tal como había leído en narraciones de subliteratura. Más que dinero, buscaba la fama, el heroísmo y la orgullosa reputación que le ofrecían unas lecturas de la pulp fiction radicalmente imposibles de emular en la vida real. En ese rudo reo a orillas del Misisipi, nos encontramos con una Madame Bovary en clave de forajido. Y a esa misma estirpe pertenece el francotirador de Memphis. Al igual que el preso de Las palmeras salvajes, la realidad última del magnicida James Earl Ray nos remite a la locura de la imaginación. Ya en los primeros compases de Como la sombra que se va, el autor nos habla del “novelista secreto que cada uno lleva dentro.” Y esto no deja de encerrar cierta lección. Se puede emprender una auténtica cruzada contra lo ficticio en la novela. Pero incluso cuando nos propongamos expulsar estrictamente la fantasía de una narración, lo imaginario rebrota en ella con una más enérgica e irrefrenable vitalidad.

Más conmovedora es la segunda historia que se alterna con la peripecia del prófugo James Earl Ray, pues la otra línea argumental que aparece como contrapunto a la primera, posee como protagonista al propio Antonio Muñoz Molina y actúa como una piqueta demoledora contra su propia novela El invierno en Lisboa, así como contra su propia persona en aquella época crucial para su existencia. Parafraseando a Gil de Biedma, podría haberse titulado: “Contra Antonio Muñoz Molina”, firmado por: Antonio Muñoz Molina. Aquella pequeña joya estilística, con su tono sentencioso y aforístico quizá tributario de Jorge Luis Borges o Juan Carlos Onetti, con la intensidad sensorial de sus protagonistas arrastrados por un lúcido fracaso, con toda la plasticidad estética de sus escenas, es ahora derruida de manera inclemente por la mano que la creó. En un descargo de conciencia que no tiene nada de espectral porque no proviene de ninguna información cibernética, Muñoz Molina rasga la cortina artística que encubría una existencia vulgar y prosaica, tan insatisfactoria como autodestructiva.

El autor de El invierno en Lisboa es asombrosamente intrépido al revelarnos la muerte en vida del funcionario de provincias que él era, atrapado en un ceniciento matrimonio que no se aproximaba a ninguna de sus expectativas, su refugio en la droga y las grandes borracheras, de las que no nos ahorra ninguno de sus más escabrosos detalles, la huida y el autoengaño en locales nocturnos, en salas de cine de arte y ensayo, así como en una literatura exquisita que trataba de encubrir aquel horror íntimo.

Se trata de una bronca catarsis de ese ayer que le atormentó -cuyo recuerdo quizá le atormenta hoy-, y del modo en que él mismo se convirtió en otro fugitivo de una vida odiada, otro prófugo de una existencia incapaz de asumir. Con todo detalle, a propósito de El invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina nos narra cómo transfiguró -o quizá más bien camufló-, ese material verdadero en otro radicalmente fraudulento extraído de los héroes de Dashiell Hammett o Raymond Chandler, de los perdedores de Onetti o Cortázar, de la gran pantalla cinematográfica de Michael Curtiz o Nicholas Ray.

Arranca, pues, la careta a un relato falaz -y exitoso-, donde comenzaba por hacerse trampas a sí mismo para a continuación hacer partícipes de ellas a sus lectores. La historia de violencia y amor entre Lucrecia y el pianista de jazz Santiago Biralbo, con su punta de tensión máxima en las calles de Lisboa, es vista, explorada y condenada por su autor como un fraude esteticista urdido desde una patética inmadurez sentimental. Lo cual nos retrotrae de nuevo a Las palmares salvajes de Faulkner, donde la pareja formada por Charlotte Rittenmeyer y Harry Wilbourne emprende una huida amorosa bajo el hechizo de los relatos sentimentales de lo subliterario. Narraciones de la pulp fiction tan engañosas como el falaz argumento de El invierno en Lisboa, herederas de un malversado heroísmo romántico que, tal como apuntase Juan Benet a propósito de esos personajes faulknerianos, “se dejan arrastrar por una imagen del mundo más leída que experimentada.” Una imagen del mundo y una efigie del amor falsificadoras donde la autenticidad del sentimiento amoroso supuestamente exigiría un pago en dolor, más intenso cuanto más veraz fuese esa hipótetica pasión.

Faulkner lleva a cabo un devastador sarcasmo contra los lectores que permiten ser atrapados por esas ficciones. Pero Antonio Muñoz Molina se encuentra en el otro lado, entre aquellos que han fabricado, con un estilo seductor, esos fingimientos malversadores. Si James Earl Ray pertenece a los que las consumen, Muñoz Molina está entre los que las elaboran. El contrapunto entre ambos relatos no puede ser más aleccionador. Quizá la épica de Como la sombra que se va no se dirija tanto contra la ficción, sino contra el poder manipulador de la ficción esteticista. Toda una revisión de su obra que provocará sin duda una simultánea reconsideración de la literatura de aquel momento. Al final, Antonio Muñoz Molina nos ofrece una tercera Lisboa, que no pertenece al fugitivo magnicida ni al prófugo novelista encubridor del pasado. Ahora es una Lisboa donde el esfuerzo y el amor tienen un efecto fructífero, despojados de su tortuosa manipulación devastadoramente autodestructiva. La belleza del estilo no se desgarra al fin de lo auténtico. El novelista da fe de haberse despojado de sus intoxicaciones del ayer. El resultado es esta narración en la que ya no es necesario elegir entre la belleza estilística frente a la verdad. Una novela aleccionadora y valerosa donde el esplendor del estilo arroja luz sobre una insobornable veracidad.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de Desarrollo Editmaker

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.