Los Lunes de El Imparcial

José María Guelbenzu: Una gota de afecto

Novela

Lunes 21 de julio de 2025

Siruela. Madrid, 2025. 326 páginas. 21, 95 €. Libro electrónico: 10,99 €. La última extraordinaria novela del escritor, profesor, editor y crítico literario madrileño, fallecido este 18 de julio. Una gran historia de regresos, culpa y soledad

Por Carmen R. Santos



“El lugar era el mismo, pero también la vida lo había cambiado, lo había cambiado por completo”. En efecto, en este arranque, se resume una característica esencial de Jaime Herrera, protagonista de Una gota de afecto, la última novela de José María Guelbenzu. La última, desgraciadamente, porque el escritor, profesor, editor y crítico literario, una gran y reconocida personalidad del ámbito de la cultura, falleció este 18 de julio en Madrid, la ciudad donde vio la luz en 1944, a los ochenta y un años.

Jaime Herrera abandonó la casona familiar, ubicada en un pueblo de la costa de Cantabria para convertirse en un funcionario internacional centrado en trabajar en proyectos de ayuda en países subdesarrollados. Quiso huir de un pasado problemático e infeliz y se prometió a sí mismo no volver jamás a La Luz de Lara, nombre de la casa, que tiene una larga historia, habitada por varias generaciones, que comienza en 1895, cuando Blas Herrera la bautizó así en honor de su mujer, Cecilia de Lara. Blas y Cecilia pertenecían a clases sociales bien distintas: ella, de alta alcurnia, y él hijo de un modesto vaquero. La familia de Cecilia reprueba el matrimonio, si bien, en contra de la oposición, se casan y Blas Herrera consigue hacer una fortuna.

En la novela se cuenta la historia de los antepasados de Jaime Herrera, hasta llegar a este que rompe su promesa de no regresar nunca. Lo hace ahora que está en la última vuelta del camino en un largo viaje en coche desde Alemania, procedente de Bayreuth donde quiso despedirse de su amado Wagner. Repárese en que en el viaje va escuchando con insistencia la obertura de Tannhäuser. ¿Conseguirá Jaime Herrera la redención? ¿Liberarse del rencor acumulado durante años porque su abuela Fátima, ante el descuido de sus padres, el insensato Roldán y la cabaretera Estrella de Cuba), le recluyó en un internado ya que prefería a su otro nieto, Roldán segundo? Como le dice su amigo Ramón Miranda, compañero del internado, con quien se reencuentra: “Reconoce que has venido a una llamada de la casa. No se puede vivir del rencor. El rencor quema la vida. Por mal que te trataran, por injustos y reos de parcialidad que fueran tus abuelos o por muy alocados que fueran tus padres, no se puede vivir reconcomido por el rencor”.

El niño se sintió expulsado del paraíso, y no tuvo ni siquiera una gota de afecto. Algo que le sumió a él mismo en una dureza y una falta de sentimientos de empatía. ¿Tendrá ahora esa gota de afecto, podrá tenerla él hacia los demás? ¿logrará cerrar las heridas, aceptar el pasado al conocer al último descendiente de su familia, su sobrino Eugenio, y a su mujer, Mercedes?

José María Guelbenzu fue un versátil escritor que combinó con acierto varios registros a la largo de su carrera desde que saltó a la palestra literaria en 1968 con la novela El Mercurio, que bebía de nuevas técnicas. Luego, entre otras, La noche en casa, El río de la luna -Premio de la Crítica-, El peso del mundo, Mentiras aceptadas, y Los poderosos lo quieren todo, En la cama con el hombre inapropiado. Y, a partir de 2001, emprendió una serie de novelas policías, firmadas como J.M. Guelbenzu –como hace John Balville y su alter ego Benjamin Black-, protagonizadas por un gran personaje, la juez Mariana de Marco, y concluida con Asesinato en el Jardín Botánico.

En Una gota de afecto, a través de un narrador omnisciente, y algún que otro monólogo en primera persona de Jaime Herrera, nos sirve una excelente historia, donde se aprecia un cierto diálogo y homenaje con la novela decimonónica -Guelbenzu fue un magnífico analista de esta-, y aborda, entre otros asuntos, la fuerza de los fantasmas del ayer y los enigmas del destino –“A menudo encontramos nuestro destino en el camino que tomamos para evitarlo”, cita de Jean La Fontaine que encabeza la novela-, la soledad, quizás buscada pero terrible, y la culpa. Por fortuna, como leemos en Una gota de afecto, “nada está escrito en la vida de los hombres”.

José María Guelbenzu nos ha dejado, pero siempre le tendremos mucho más que una gota de afecto.

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