Alfaguara. Barcelona, 2025. 384 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 9,99.
Por David Lorenzo Cardiel
La literatura de la escritora argentina Claudia Piñeiro (Burzaco, provincia de Buenos Aires, 1960) está alcanzando en los últimos años un creciente prestigio en las letras hispánicas. Y hay motivos de peso para que su impacto esté en alza. A su voz consolidada como una narradora probadamente cautivadora para cientos de miles de lectores en ambas orillas del Atlántico se une un acervo de escenarios, de contextos relatados y de invención que sigue desarrollándose, buscando la sorpresa desde la cotidianeidad. En la obra de Piñeiro hay un realismo atroz y sereno, y por ese mismo motivo, realista. En este aspecto radica buena parte de la audacia de la escritora que atrapó el buen ánimo de los lectores con novelas como Elena sabe (2007), Catedrales (2021) y el –a mi juicio como crítico literario– sumamente espléndido El tiempo de las moscas (2023). Piñeiro no escribe sólo novela negra, sino que relata una verdad inquietante que casi cada día se despliega ante los ojos de quienes desean mirar: por desgracia para el desarrollo de la humanidad, la criminalidad es una constante en la conducta social de nuestra civilización.
Con este ímpetu siempre perenne, Piñeiro acaba de regresar a los escaparates libreros con su último trabajo, La muerte ajena, editado con su sello de referencia, Alfaguara. Cuando digo que la escritora y dramaturga «acaba de» regresar es que lo ha hecho, oficialmente, hace apenas unos días respecto de cuando esta reseña saldrá publicada. Su lectura ha sido, sin embargo, lo suficientemente cautivadora para que hoy esté escribiendo de esta novela.
La muerte ajena sitúa al lector de la mano de una protagonista, una mujer de entre las que acostumbran a abanderar sus personajes protagonistas, Verónica. Verónica es periodista, habita el tránsito insaciable de la información que agita la programación de la emisora de radio para la que trabaja. Su vida es, como la de cualquier trabajador del oficio de contar noticias, la de una narradora frustrada: ha de mirar con ojos supuestamente neutrales unos hechos que debe interpretar en función del libro de estilo de su medio y narrarlos en busca de un equilibrio entre la cautela y el deseo de construir una ficción. Porque, sí, los seres humanos narramos todo el tiempo. Las noticias de actualidad, en su grado, también son obras de ficción.
La rutina de Verónica se quiebra como suele suceder con frecuencia, de manera inesperada. La noticia de la trágica muerte de Juliana, una mujer que ha caído al vacío desde lo alto del departamento de un conocido empresario local, agita el espíritu de la protagonista. Verónica conocía a Juliana y conoce las actividades del empresario con aquellas palabras que en el juego de sombras del poder no se pueden pronunciar en público. Verónica debe contar la verdad, pero esa verdad objetiva, pura y real es escurridiza a ojos del reconocimiento de los seres humanos. Así que, una vez más, se ve obligada a contar una narración que supere la censura democrática y social. Sin embargo, su silencio pugna en su interior con una intensidad demoledora.
Verónica es periodista, debería indagar en vez de asentir y callar. En otro orden de cosas, conocía a Juliana e intuye cuanto ha podido suceder realmente. Bajo este impulso, la novela avanza en sus páginas mostrando al lector una investigación poliédrica en escenarios y personajes, posibilidades y mezcla de hechos, intuición e intensas vivencias vitales.
Piñeiro ha construido con La muerte ajena un grato reflejo de las dinámicas de la sociedad de nuestros días. Es grato en tanto a la certera liviandad que habita en sus letras, la habitual frescura de su estilo y su acierto al huir del morbo en el que suele inspirarse el género noir. Pero, por este mismo hecho, es mucho más que una novela que pueda adscribirse al universo temático del crimen y la investigación. De nuevo, en La muerte ajena hay una calidad sobresaliente, una brillantez literaria que ofrece una lectura amable y exquisita para el lector de cualquier condición y gusto, y una potente identificación con algunos de los personajes.
El universo literario que construye Claudia Piñeiro se apoya en la construcción de narraciones muy vinculadas a la imagen y a la mirada de los personajes a través de los protagonistas, más que en descripciones o en detalles truculentos. En esta novela aparece la autora más guionista y cinéfila en su estrecho vínculo con el Séptimo Arte. Y he de decir que el estilo propio de Piñeiro, desde esta óptica plural y rica entre formas de expresión artística, lo hace delicioso. Hasta el momento, ninguna de las novelas de la autora que he leído me ha defraudado, a pesar de que no me atraen los relatos policiales o vertebrados alrededor del crimen.
Alfaguara hace bien en publicar y cuidar el trabajo de autoras como Piñeiro. Ella pertenece al selecto y exiguo grupo de letraheridos con un talento y un savoir-faire casi en su máxima perfección, adquirido por la práctica continua de una escritura cuidada, meditada y arrolladora. Junto a la genialidad que a estas alturas de su trayectoria literaria nadie puede dudar que posee Piñeiro, he de destacar un hecho aún más importante y raro de encontrar: Piñeiro sigue perfeccionándose, fiel a su estilo, novela tras novela. Hay evolución en su obra, dentro de su exquisita calidad. Y La muerte ajena es buena muestra de cuanto estoy diciendo. Tanto si son lectores o no de la literatura de Claudia Piñeiro les recomiendo esta lectura que, con total seguridad, les sorprenderá, muy probablemente para bien.