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Novela

Claudia Piñeiro: Elena sabe

domingo 17 de marzo de 2019, 20:40h
Claudia Piñeiro: Elena sabe

Premio Pepe Carvalho de Novela Negra 2019. Alfaguara. Barcelona, 2019. 208 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 7,99 €.

Por Francisco Estévez

El policíaco en lengua española ha explorado vías originales sin desmayo desde aquel ruralismo de la novela de García Pavón (El reinado de Witiza. Un nuevo caso de Plinio recién reeditado con prólogo de Raúl Guerra Garrido) hasta la presente novela de la argentina Claudia Piñeiro. El poder omnívoro del subgénero permite hablar de una amplia diversidad de maneras. Si bien, más allá de trascender límites, la novela que nos ocupa aquí utiliza los mismos como apoyo discursivo para sustentar una valiosa indagación narrativa en una serie de temas como son, entre otros, la maternidad, la sexualidad, las relaciones materno-filiales, la enfermedad degenerativa. En otras palabras, estamos ante un magnífico ejemplo de aquello que algunos catalogan como “novela policíaca posmoderna o antidetectivesca” (Stefano Tani) y, por encima de todo, ante un provechoso libro.

Ya desde el elocuente título acusatorio, Elena sabe, vemos el desplazamiento sufrido del papel de detective tradicional, aquí realizado por Elena, sufrida madre enferma de Parkinson que investiga el ahorcamiento de su hija Rita en el campanario de la iglesia. A pesar de ser oficialmente un suicido, Elena sabe y se obliga a pesar de su enfermedad a una sufrida reconstrucción de la realidad. “Elena sabe”, frase de raigambre tabuchiana, como el célebre “Sostiene Pereira” que abría con judicial letanía la famosa novela del italiano. Y, sí, Elena no se pierde. Elena sabe. Espera. La investigación relega su papel de búsqueda del hecho criminal a una más penetrante reconstrucción de la realidad con tajante final que en esta crónica no conviene despejar. Aunque sí podemos apuntar como lo que Elena sabe y nunca se termina totalmente de decir para mejor decir desde el silencio de las entrelíneas con más fuerza.

La estructura circular de cada capítulo remite sin remedio a un tiempo psicológico, aquel en el que vive Elena. Un bucle infernal entre el pasado condenada a revisitar, un futuro aciago y el presente de único día dividido en tres grandes capítulos repartido en las dosis de la medicación que precisa para atenuar levemente el implacable avance de la enfermedad. Respecto al espacio, útil es dirigir la mirada del lector al genial arranque de la novela y claro homenaje al Julio Cortázar de “Instrucciones de subir una escalera”. Aquí el intertexto cortazariano, hábilmente reinterpretado se carga de nuevos matices, escapando pues de la burda copia, para dar cuenta de la titánica lucha contra la cotidianeidad (Sísifo posmoderno) representada por “las baldosas en damero negro y blanco”, ese cruel ajedrez del camino vital que Elena debe superar para avanzar la investigación.

Una vez eliminada la sospecha sobre Roberto Almada, el novio de Rita, la investigación lleva a Elena a visitar por orden a los poderes del lugar: sacerdote, doctor e inspector. Las rutinas de visita infructuosa conducen a la protagonista hasta la enigmática Isabel. Ante esta nueva interlocutora, Elena podrá desentrañar el misterio con lacerante anagnórisis. Y allí terminan las cosas como “el lugar donde va el fuego cuando se apaga”.

Los diversos pinceles de que se sirve Claudia Piñeiro para pintar un loable y perspicaz cuadro de los suburbios bonaerenses muestran a una hábil escritora conocedora de los resortes de la novela policiaca y la taumaturgia a la que algunos llamamos aún literatura.

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