XXI Premio Tusquets Editores de Novela 2025. Tusquets. Barcelona, 2025. 232 páginas. 19 €. Libro electrónico: 10,99 €.
Por Matías Jaque Hidalgo
La nueva novela de Francisco Serrano, El corazón revolucionario del mundo, podría inscribirse en la línea de algunas novelas recientes, como Un silencio lleno de murmullos, de Gioconda Belli, o Nosotros dos en la tormenta, de Eduardo Sacheri, que indagan en la dimensión humana de la militancia política de los años setenta, bajo la tesis común de que no todos los cerrojos y resistencias provenían del enemigo reconocido, sino también de las dinámicas autoritarias que los propios grupos antisistema acababan interiorizando.
Entre el frenesí de la acción y cierto intimismo poético (facetas que alcanzan un equilibrio en sí mismo elogiable), el texto suscita interesantes preguntas sobre la autonomía individual en medio de las pugnas ideológicas que dominaron el siglo.
La novela nos cuenta la historia de Valeria Letelier, a quien encontramos alojada en un piso de Londres, siguiendo los pasos ‒en parte bajo su mando, en parte como su pareja‒ de Joel, un hombre atractivo y carismático que lidera una célula revolucionaria anticapitalista, el Frente de Acción Revolucionaria (FAR), del que no queda claro que haya más miembros que el propio Joel y su ego.
Es el año 1970. Valeria es hija de militantes españoles de izquierdas a quienes la brutalidad del siglo se ha llevado por delante en circunstancias no del todo claras. Sabemos, no obstante, que se ha quedado sola. Valeria es, con toda su vulnerabilidad, carne de secta. En estas circunstancias, conoce a Carlos Reseda, antisistema freelance que no parece conocer una filiación revolucionaria estable, y que sirve de resquicio por el que se vislumbra el mundo más allá de la tautología existencial de Joel.
El carismático líder del FAR recuerda esas películas noventeras ‒pienso en 12 monos o El club de la lucha‒ en que la mera perspectiva de cambiar el sistema y derrocar el capitalismo parece tan improbable que solo puede residir en una mente enferma, obsesa, cercada por un solipsismo ideológico. Obras que parecen coquetear con un discurso rebelde pero que, al personificar el cuestionamiento al sistema en chalados dogmáticos, confirman la solidez del statu quo.
Como un discípulo tardío de Parménides, Joel no aspira a cambiar esto o aquello, o a mejorar la vida de nadie en particular, sino a abolir el espejismo mismo del mundo: “Pretendemos la destrucción total del orden y la lógica del mundo, luchamos contra algo más que la injusticia. Lograremos la abolición de la misma muerte. El movimiento será abolido, el cambio será abolido, viviremos en una vigilia perpetua y perfecta […]”.
“Superando” (entre un buen puñado de comillas) la vieja dicotomía entre reforma y revolución, Joel representa ese extremo revolucionario que llega a confundir la creación de un nuevo orden con cierto mesianismo insaciable. Tal como como exponía Eric Hobsbawm en su Rebeldes primitivos, es justamente una cualidad de las organizaciones prepolíticas (en especial, de lo que el historiador llama “milenarismo”) abogar por un cambio de una pureza tal que todo lo que no satisface los oscuros criterios de ese mundo nuevo es sancionado como una concesión imperdonable al orden existente. En Joel, el extremo revolucionario, sobreideologizado, parece cerrar el círculo, volviendo a ese primitivismo milenarista.
Que Valeria deba rendir una sumisión completa a los delirios mesiánicos de un narcisista ‒preparar los cafés mientras los hombres discurren sobre el alumbramiento del nuevo mundo, fregar luego los residuos materiales de tanto esfuerzo espiritual‒ no parece sorprender a ninguno de estos visionarios. O es un costo menor frente a la verdadera justicia que el FAR persigue. O la justicia y la igualdad son ellas mismas detalles menores, otros tantos aspectos cosméticos del mundo que algún día olvidaremos.
No es extraño que, mientras declara lealtad al abstruso proyecto de Joel, Valeria se entregue a lo que parece ser su propio FAR con minúsculas (me tiento con la idea de leer FAR como far, ‘lejos’). Identificándose con la figura de la cosmonauta Valentina Tereshkova ‒lo único que parece llamar verdaderamente su atención entre la edificante literatura soviética‒, Valeria traza un viaje imaginario por el espacio sideral o, más bien, un espacio interior que se expande en respuesta a la creciente brutalidad de las acciones exteriores.
En paralelo a una trama de complot político-criminal que progresa por obra y gracia de Joel, Valeria llegará a ver los confines del universo conocido: un tenue resplandor de luces tras el maltrecho cristal de una escafandra. Y entonces, quizás, al atisbar el fin del mundo, ese mundo colmado de testosterona revolucionaria, se encuentre por fin a sí misma.
A partir de la psicodelia setentera anticapitalista, a ratos algo caricaturesca, que domina las acciones principales, la novela progresa hacia un relato de inesperada hondura poética, que deviene una historia de emancipación y autodescubrimiento. Por momentos, a través de la figura de Carlos Reseda, en cierto modo la antítesis de Joel, la narración amenaza con resolverse en el tópico del poder redentor del amor romántico. Pero el foco no deja, finalmente, de estar puesto en Valeria y en cómo, mediante su odisea cosmonáutica interior, consigue romper el cerco.
Lo que hay fuera del cerco no es, necesariamente, la libertad revelada, ni una negación del ideario político anticapitalista (Carlos es igual de revolucionario que Joel, solo que se molesta en fregar los platos). Pero la lección parece ser, en línea con la mencionada novela de Gioconda Belli, que no puede concebirse la militancia, y en general la lucha por la libertad colectiva, sin tomarse en serio la dignidad individual.