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Novela

Eduardo Sacheri: Nosotros dos en la tormenta

domingo 10 de diciembre de 2023, 23:16h
Eduardo Sacheri: Nosotros dos en la tormenta

Alfaguara. Barcelona, 2023. 480 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo

Pasa con la historia reciente argentina (y quizás con la historia reciente en general) como le pasaba a San Agustín con el tiempo: por supuesto que sabemos qué es (dictaduras, peronismo, más dictaduras, el nunca más), pero si nos piden que la expliquemos, ya no sabemos qué es. Hay zonas de silencio o silenciadas, y otras saturadas de discurso oficial. Cuenta en sus diarios Ricardo Piglia acerca de una mujer, madre de dos activistas de izquierda asesinados por la dictadura, que con lo único que soñaba, lo único que clamaba, era un minuto frente a las cámaras; un minuto y nada más para desbancar todo el aparato de propaganda dictatorial. El tiempo, ese gran desconocido, le dio la razón a esa madre bonaerense, una vez que el consenso sobre la verdad de los crímenes de la dictadura al fin se alcanzara. Pero la intensidad de esa verdad, y la lucha por establecerla, ha hecho que sea muy difícil hablar con relativa frialdad sobre los años previos a 1976, so pena de que se remuevan los cimientos de nuestras pocas certidumbres morales e ideológicas. Así que mejor callarse y parecer que seguimos sabiendo.

Con Nosotros dos en la tormenta, su última novela, Eduardo Sacheri busca zambullirse, justamente, en la militancia guerrillera de los años 70, una época que ya exploró, con notable éxito, en La pregunta de sus ojos (adaptada al cine como El secreto de sus ojos). La tarea no es sencilla, porque aceptar que hubo violencia y asesinatos por parte de organizaciones de izquierda parece azuzar el fantasma de la “teoría de los dos demonios”, es decir, la idea de que los crímenes de la dictadura pueden, en última instancia, equipararse a los de las organizaciones revolucionarias; si ambos son muestras de una misma inhumanidad, la dictadura no es inherentemente más condenable que la violencia a la que sirvió de reacción. (Un temor que, dicho sea de paso, y como muestran algunas declaraciones negacionistas de la vicepresidenta del actual gobierno argentino, no es en absoluto infundado.)

La novela, en concreto, relata un año en la vida de dos jóvenes guerrilleros, Alejandro y Cabezón, quienes, bajo los seudónimos de Ernesto y Antonio, militan en las dos principales organizaciones armadas de los años 70: el Ejército Revolucionario Popular (o ERP) y Montoneros, respectivamente. Los hechos se desarrollan en el convulso año de 1975, enmarcado por la muerte de Perón y el inicio de la última dictadura argentina. Alejandro/Ernesto, que ha pasado de lleno a la clandestinidad, es un firme convencido de que la lucha del ERP será victoriosa: “Si el pueblo ve que la vanguardia no duda, sigue al ataque, combate convencida, vas a ver cómo el pueblo al final se encolumna. No hay manera de que no pase”. Entre este operativo y aquel ajusticiamiento popular, Alejandro se reserva algunos días para visitar a sus padres en el barrio burgués de Castelar, donde sostendrá angustiosas conversaciones con su padre, que se moverá en el imposible equilibrio entre evitar contradecir a su único hijo e intentar advertirle que va por un rumbo suicida.

En esas escapadas a la militancia, Alejandro visitará también a Cabezón, quien, además de colega en el destino revolucionario, es su vecino y amigo de infancia. Cabezón, en contraste con la tozuda convicción de su amigo, duda, matiza y toma distancias ideológicas que, en unos diálogos agudos y rápidos, sacan de quicio a su amigo. Pregunta: “¿Quiénes forman parte del pueblo? ¿Quiénes no? ¿De dónde sale la verdad de que nosotros somos sus intérpretes?”. Y ante la proliferación de muertes que bajo nuestros criterios son por decirlo menos gratuitas, se atreve a verbalizar: “—Que es loco, y es una mierda. Pero es como una ley de oferta y demanda. / —No te entiendo. / —Ya sé que no me entendés. Pero ¿viste eso de que cuando algo abunda vale menos? / —Sí. /—Bueno. Se supone que la muerte tiene que tener un significado, Alejandro. Pero cuantos más muertos hay, menos significa cada muerto”.

Aventuro que el libro despertará incomodidades entre la izquierda y la derecha. En la primera, por lo ya apuntado: destacar el fanatismo y la crueldad con que procedieron ciertas células guerrilleras puede servir de justificación para el posterior auge del terror de Estado. Conviene notar, además, que la violencia de extrema izquierda se muestra sospechosamente unilateral, como si constituyera una perturbación gratuita, un mal ajeno y extrínseco que impactó, como impactan los meteoritos, en la vida de gente que, más buena o mala, era en suma “normal”. No hay mención en todo el libro, si no me equivoco, a la Triple A, el grupo paramilitar de extrema derecha que vendría a ser la antítesis de Montoneros, y que operó durante una fracción más acotada del mismo periodo (1973-1976), con similares o peores efectos mortales. Pero se trata de una novela, no de un libro de historia.

Entre la derecha, incomodará porque es difícil no empatizar con (y con ello quizá romantizar) el destino de estos jóvenes “idealistas” que a ratos parecen, más bien, víctimas de una ola de extremismo político que asoló el continente y que, junto a las vidas de muchos inocentes, les robó de paso las suyas propias. Bajo esa lectura, Nosotros dos en la tormenta se alinea con toda una tradición que ve en el perseguido, el guerrillero, el antisistema, una fuente de atractivo que nos interpela y nos desafía. En el marco de la literatura argentina, pienso, por ejemplo, en Los siete locos, de Arlt; Plata quemada, del ya citado Piglia; El beso de la mujer araña, de Puig; y cuesta no pensar, por último, en Rodolfo Walsh, miembro de Montoneros asesinado en 1977, en cuya figura confluyen el ideal del escritor comprometido y el mito del héroe revolucionario.

¿Dónde encontramos, en medio de estas tensiones, la voz de Sacheri? Resulta de interés que el único personaje al que se presta la primera persona del narrador sea el padre de Alejandro. Es como si a través de ese señor que sufre por el destino trágico que tarde o temprano caerá sobre su hijo hablara el propio autor, o este buscara que nosotros, los lectores, nos identificáramos con esta perspectiva de las cosas. Así, ese hombre maduro no es, en verdad, el padre, sino el presente: un presente que, con toda su suficiencia histórica, arroja una mirada compasiva ‒desesperada a ratos, pero en suma condescendiente‒ hacia el pasado.

Desde esta mirada, que se piensa más libre, más sensata, portadora de eso que llamamos “sentido común”, podemos aceptar la tentación de encapsular toda esa experiencia histórica en el trauma del fanatismo, concebido como una excepción ideológica que, al tiempo que nos perturba, creemos poder excusar. Termino con dos citas que ilustran, a mi juicio, esta actitud: “…me parece que viven en un frasco, adentro de una caja, adentro de un baúl, adentro de un pozo, o sea, que no tienen ni puta idea de cómo los ven los demás, qué piensa de ustedes ese dichoso pueblo con el que todo el tiempo se llenan la boca”. Y esto: “En eso nos parecemos, hijo. En tener unos sueños que no se van a cumplir. La diferencia es que yo ya lo entendí”.

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