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NOVELA

Ricardo Piglia: Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices

domingo 20 de noviembre de 2016, 16:43h
Ricardo Piglia: Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices

Anagrama. Barcelona, 2016. 424 páginas. 21,90 €. El gran escritor argentino Ricardo Piglia continúa con su "autobiografía", entremezclando ficción y realidad, a través de su "alter ego" Emilio Renzi. En este segundo volumen nos sumerge en una Argentina, entre 1968 y 1975, "de caos y furor".

Por Francisco Estévez

La huida hacia la escritura, único y primer desvelo para el escritor de oficio, continúa en este segundo volumen autobiográfico de Ricardo Piglia tras Años de formación, comentados en esta misma columna. Los años felices (1968 y 1975) transcurren en esa época violenta “de caos y furor” argentina con militares por doquier y desórdenes políticos vividos en primera persona entre persecuciones y escondites. Y persecución de sí mismo realiza el argentino escondido entre las líneas de su propia escritura. La voluntad férrea desde el inicio de recogida de estos apuntes de trabar un sentido al pasarlos a máquina, secar la tinta al aire de los años y acondicionarlos ahora en sutiles tramas (“microscópicas”, apunta con exactitud en una entrada) detectables a una atenta y pausada lectura.

Acaso no sea otro el oficio verdadero de un diario con voluntad artística: visitar los apuntes biográficos de uno mismo, reelaborarlos en una selección con nuevo orden a la caza de un tono que ofrezca el color de aquella vida pasada. Salir indemne es tarea y éxito de pocos. El narrador está aquí atento a la urdimbre de la vida. Cómo se escribe el presente social y el de uno mismo será la brújula lacerante de estas páginas: “Saber de mí por el espejo que me sorprende de pronto al entrar en un cuarto y me muestra a un desconocido, amenazante”. Conviene pararse en las páginas introductorias de título amargo: “En el bar”. En ellas se presenta una concepción diarística discrepante de las afamadas literaturas del yo que hoy abarrotan las estanterías de las librerías. La formación como historiador de Piglia es palpable más si cabe en este segundo volumen al entrecruzarse historia nacional y vida personal.

Con un mimbre displicente a ratos y el paladar estragado, el desdoblamiento de la escritura se presenta sin alharaca ni presunta objetividad. Estos diarios se refieren a todas las condiciones de la escritura incluso a las más físicas a la hora de sentarse a la mesa de trabajo, pues no se hurta al lector hasta alguna inconveniencia física en la silla que modela renglones: “También se escribe con el culo”. O una poética a la contra: “Escribir para mí es estar financiado”. No se engañen por la superficie, asistimos aquí a la voluntad profunda de adquirir un lenguaje, incluso en los silencios. No acaso se recordará aquí una máxima a través de Rudyard Kipling (quien citaba de prestado): “Al escribir, la dificultad no está en el decir, sino en el no decir”.

Se agolpan en este segundo volumen de Renzi los fracasos editoriales de revista, la clandestinidad, las lecturas, las consideraciones amorosas, pero también la constatación de una lucha agónica por la superación. Y sobre todo y antes de nada la reflexión sobre la escritura. No se pierdan los finos pensamientos sobre literatura argentina, claves interpretativas de toda una generación. Un botón de muestra: “Macedonio es a Borges lo que Pound a Hemingway”. Impagable también aquella síntesis de la novela policiaca a mediante una frase de Karl Marx (p. 270). Y cómo no las observaciones sobre los diarios de Kafka o de El oficio de vivir de Cesare Pavese.

Este constante pensar sobre la construcción del yo, en la mente, en la página, en la vida, explica la predilección del autor por la figura de Robinson Crusoe como ideal en su exacta representación de un anhelado aislamiento donde Viernes no es más que uno mismo, mejor, otro mismo. Como sabe ver el atento porteño en sus cuadernos-islas “las fechas se suceden pero la temporalidad está inmóvil” en ese deseo vertebral de encontrar un tino, un estilo, una escritura “que se fuera borrando, ligera y rápida de tan fugaz”. Asistimos a una disolución y construcción permanente del yo: “-Atado a esos cuadernos personales”. Nuestro autor desea escuchar las noticias de la historia como la voz de un locutor a través de la pared de la casa vecina. Y así, medio en sordina, escribe su propia historia con una serie lógica de trabajo: “Vivir, escribir, ser leído”. Lo que es la construcción del personaje, en suma, muestra a las claras la poética novelesca de Ricardo Piglia (p. 154). Y quien desee profundizar en su otra narrativa con mayor anhelo tiene cala obligatoria en estos diarios que dan la medida del hombre.

Este cronista podría haber leído al sesgo pero como defendiera el argentino en El último lector (2005): “Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor”. Y, sea como fuere, lo antedicho queda todo provisional y fragmentario en espera del anunciado tercer volumen que completará, si la enfermedad y el tiempo -ese maldito canalla- lo permiten.

Por resumir, un almanaque como una prisión a la que Ricardo Piglia encripta signos en sus paredes con que trasciende la propia celda hacia una luz que conviene llamar literatura.

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