¿Por qué menos de la mitad de las concepciones humanas sobreviven hasta el nacimiento? Una investigación internacional liderada por la Universidad Johns Hopkins ha dado un paso decisivo para responder a esta pregunta al analizar, con un nivel de detalle sin precedentes, los datos genéticos de casi 140.000 embriones obtenidos mediante fecundación in vitro (FIV). Los resultados, publicados en la revista Nature, ofrecen la evidencia más sólida hasta ahora de cómo diferencias genéticas comunes pueden aumentar el riesgo de pérdida del embarazo.
El trabajo revela conexiones claras entre variantes específicas del ADN materno y la probabilidad de que un embrión presente errores cromosómicos incompatibles con la vida. Estos hallazgos no solo mejoran la comprensión de los primeros estadios del desarrollo humano, sino que también abren nuevas vías para desarrollar tratamientos que reduzcan el riesgo de aborto espontáneo.
La pérdida gestacional es un fenómeno mucho más común de lo que suele percibirse. Se estima que alrededor del 15% de los embarazos clínicamente reconocidos terminan en aborto espontáneo, a lo que se suman muchas concepciones que se pierden en fases tan tempranas que pasan desapercibidas. Desde hace décadas se sabe que la principal causa son los errores cromosómicos, es decir, la presencia de cromosomas de más o de menos. El síndrome de Down, provocado por una copia extra del cromosoma 21, es uno de los pocos casos en los que este tipo de alteración puede ser compatible con la vida.
La mayoría de estos errores se originan en el óvulo y su frecuencia aumenta con la edad materna. Sin embargo, hasta ahora se sabía mucho menos sobre el papel que desempeñan otros factores, como las diferencias genéticas entre personas, en la predisposición a generar óvulos con un número incorrecto de cromosomas.
Para abordar esta cuestión, los investigadores recurrieron a una fuente de datos excepcional: pruebas genéticas realizadas de forma rutinaria para evaluar la viabilidad de embriones obtenidos por FIV. El equipo, codirigido por científicos de Johns Hopkins, analizó información de 139.000 embriones procedentes de 23.000 parejas, combinando los datos genéticos de los embriones con los de sus progenitores. A partir de este enorme volumen de información, desarrollaron herramientas informáticas capaces de detectar patrones sutiles que antes pasaban inadvertidos.
“El poder del estudio reside en el tamaño de la muestra”, explica Rajiv McCoy, biólogo computacional y autor senior del trabajo. “Estas diferencias genéticas tienen efectos pequeños, porque están relacionadas con la supervivencia y la reproducción, y la evolución solo permite que variantes con impactos limitados sean comunes. Para detectarlas, se necesitan datos a gran escala”.
El análisis mostró que las asociaciones más fuertes se encuentran en genes implicados en procesos clave de la formación de los óvulos, como el emparejamiento, la recombinación y la correcta separación de los cromosomas. Uno de los genes destacados es SMC1B, que codifica parte de una estructura en forma de anillo encargada de mantener unidos los cromosomas. Estos “anillos” son esenciales para que los cromosomas se repartan correctamente durante la división celular y tienden a deteriorarse con la edad.
Según McCoy, el hallazgo es especialmente relevante porque estos mismos genes ya habían sido identificados durante décadas en estudios con animales modelo, como ratones y gusanos, como piezas fundamentales del proceso de recombinación y cohesión cromosómica. Además, las variantes genéticas asociadas al riesgo de pérdida del embarazo también influyen en la recombinación, el mecanismo de “barajado” genético que genera diversidad cuando se forman óvulos y espermatozoides.
En las mujeres, la meiosis —el tipo de división celular necesaria para la reproducción— comienza antes del nacimiento, durante el desarrollo fetal. En ese momento los cromosomas se emparejan y recombinan, pero el proceso queda en pausa durante décadas, hasta que se reanuda en la ovulación. Durante ese largo intervalo, fallos en la maquinaria que mantiene unidos los cromosomas pueden provocar separaciones prematuras, dando lugar a embriones con un número incorrecto de cromosomas.
Aunque el estudio identifica genes claramente implicados en este riesgo, los autores advierten que predecir la probabilidad de pérdida gestacional en una persona concreta seguirá siendo complicado. Las variantes genéticas comunes tienen un efecto relativamente pequeño en comparación con factores como la edad materna o el entorno. Aun así, estos genes se perfilan como candidatos prometedores para futuras terapias.
El equipo ya trabaja en el análisis de variantes genéticas raras, tanto en madres como en padres, que podrían tener efectos más grandes, así como en nuevas tecnologías para comprender cómo cambios genéticos aún más sutiles contribuyen a la pérdida del embarazo. El objetivo final es transformar este conocimiento básico en mejores estrategias de diagnóstico y tratamiento en reproducción asistida y salud reproductiva.