Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2026. 216 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 10,99 €. El gran autor británico se despide de nosotros a lo grande, sin melodramatismo. Con serena elegancia, y su punto de humor
Por Carmen R. Santos
Julian Barnes ha cumplido ochenta años. El novelista británico se encuadra, junto a Martin Amis, Ian McEwan, o Graham Swift, en el “British Dream Team”, denominación del editor Jorge Herralde que los acogió en el catálogo de Anagrama. Barnes cuenta en su haber con una brillantísima trayectoria, que le ha hecho acreedor de numerosos galardones, dentro y fuera de su país, como el Premio Somerset Maugham, el E. M. Forster, el Fémina, el Shakespeare y el Booker, entre muchos otros, así como el nombramiento de Caballero de las Artes y de las Letras de Francia.
Tras publicar las novelas Metrolandia y Antes de conocernos, dio a la imprenta El loro de Flaubert, que alcanzó un especial reconocimiento por parte de crítica y público. Luego, entre otras, Mirando al sol; Hablando del asunto; Inglaterra, Inglaterra; El sentido de un final; La única historia y El ruido del tiempo, magistral novelización de la vida del compositor ruso Dmitri Shostákovich en una historia que se alza en metáfora de las tortuosas relaciones entre el poder totalitario, en este caso Stalin, y la creación. Sin olvidar su faceta ensayística, desarrollada, entre otras propuestas, en El hombre de la bata roja, una fascinante indagación sobre la Belle Époque, centrada en el polifacético Samuel Jean Pozzi, y el cuadro de John Singer Sargent que lo inmortalizó.
“Este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo. Terminar mi último libro en vida y después guardar silencio tiene al menos una consecuencia positiva: significa que no me interrumpirán –como temía Brian Moore– en plena escritura. Es una forma de negarle potestad a la muerte. Aunque sea de un modo ínfimo, hay que reconocer”, leemos en Despedidas, de rotundo y explícito título. Barnes padece un cáncer de sangre, que no tiene cura, pero, le dicen los médicos, es “tratable”. Precisamente, “Tratable’ se titula el tercer capítulo de Despedidas, donde Barnes nos cuenta, con sinceridad, pero sin melodramatismo, cómo le detectaron la enfermedad y el tratamiento que le asignaron, sus estancias en el hospital y cómo esta siguiendo dicho tratamiento. Confiesa: “Me encuentro en una situación médica que no había previsto” y afirma sobre su dolencia: “Una compañera a la que hay que alimentar todos los días con una dosis de quimio para tenerla contenta, o al menos sometida. Yo la tengo a ella y ella me tiene a mí, de manera permanente”.
Por otro lado, el libro encierra la historia de Jean y Stephen, a quienes el narrador conoció y presentó cuando era estudiante en Oxford. Se enamoraron, vivieron un tiempo juntos, pero se separaron. Pasados muchos años, casi medio siglo, el azar los reunió, y retomaron su relación. Descubra el lector con qué resultado.
Como es habitual en Barnes, entrecruza géneros en un logrado puzle, que participa de la ficción, la no ficción, el ensayo, las memorias… y hasta el comentario literario, asomando por sus páginas Marcel Proust y su célebre magdalena, Virginia Woolf, Rimbaud, Ian McEwan, Martin Amis, Ismail Kadaré… en una prosa precisa. sobria y elegante. Ante los reproches de su personaje de que escriba con esa fórmula, Barnes lo tiene muy claro: “No me importa que no te gusten mis libros, pero te equivocas si crees que no sé exactamente lo que hago cuando los escribo”.
Despedidas ofrece lúcidas reflexiones en torno a la memoria, la identidad, los recuerdos, el amor, la amistad, la creación, las consecuencias de nuestras decisiones, el paso del tiempo, la inevitable llegada de la vejez y la muerte… Y la propia vida y su sentido: “La vida no es una tragedia con un final feliz, pese a lo que prometa la religión; más bien es una farsa con un final trágico o, como mucho, una comedia ligera con un final triste”.
Pero Despedidas no destila amargura ni es un libro deprimente. Ni siquiera melancólico. Hay emoción, pero no se desparrama. Julian Barnes la maneja con contención y la sazona con una ironía y un humor muy british, que nos deleitan en una agradable conversación: “Prefiero la imagen de escritor y lector en la terraza de un café de una ciudad y un país indefinidos […]. Observamos y reflexionamos”. Siéntese junto a Barnes y conversen con él. No le decepcionará.