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Sam Darnold y la resurrección más asombrosa del año

(Foto: EFE).

FÚTBOL AMERICANO

Diego García | Jueves 02 de abril de 2026
Repaso a la inestable carrera del quarterback de los Seahawks. A su viaje del cielo al infierno...y de vuelta al cielo. Estas son las razones que explican su increíble renacer.

Sam Darnold llegó a la NFL en 2018, con 21 años y como una estrella en potencia (seleccionado en el puesto número tres del 'draft') pero ese pedigrí se esfumó en menos de un lustro, de la mano de un equipo concienzudamente perdedor como los New York Jets, y se devaluó hasta caer en el olvido y sobrevivir en la liga como uno más en el océano de 'quarterbacks' suplentes que sobrevuelan la competición en busca de contratos profesionales de mínimos... hasta que, cual ave fénix deportiva, relanzó su carrera de forma meteórica para acabar resultando la estrella que prometía llegar a ser. Como el director del ataque de los Seattle Seahawks campeones de la Super Bowl LX. La gloria más elevada y eterna del deporte en Estados Unidos. Su historia está repleta de decepciones, errores y episodios abrasivos; pero también rebosa ética de trabajo, humildad, sacrificio y perseverancia. No hay mayor resurrección en 2026 que la suya.

Las condiciones para el éxito del 'quarterback'

En el fútbol americano no hay puesto más trascendental que el de pasador. Es el encargado de aprender y ejecutar las cientos de jugadas diseñadas por los arquitectos del equipo (el coordinador ofensivo y el entrenador principal), que le ordenan el plan en unos códigos que desafían la memoria y comprensión del más pintado. Se trata de estudiosos del deporte que también han de escudriñar las tendencias, virtudes y debilidades de las defensivas oponentes durante los 18 partidos de la temporada regular. Deben poseer la sabiduría suficiente para interpretar cuándo es necesario cambiar la jugada que le cantan desde el banquillo porque la defensa rival prepara una trampa no prevista. Y si se quieren ganar la vida en la élite en su repertorio no puede faltar una coordinación ojo-mano-pie sobresaliente; una visión periférica amplificada; unos reflejos tan afilados que les permita tomar decisiones en el menor tiempo posible para escanear hasta tres opciones de pase antes de que le devoren los agresivos 'pass rushers'; y una precisión quirúrgica tanto en los movimientos como en los lanzamientos. Sin ese paquete completo, no hay manera de perdurar en una liga que persigue y premia de manera enfermiza la excelencia y que entierra todo lo demás.

Sólo atendiendo a estas características intrínsecas del trabajo, ya se entiende que la presión que recae sobre los 'quarterbacks' es brutal. Pero hay un añadido crucial: el tiempo para leer, pensar y ejecutar el pase. En la NFL ese tiempo puede decidir el porvenir laboral de los pasadores, más allá de su talento. Un virtuoso sin protección ni tiempo puede ver apagada su calidad y naufragada su potencialidad. Le ocurre también a astros indiscutibles como Patrick Mahomes, Joe Burrow, Russell Wilson o incluso a los más grandes de la historia (Tom Brady, Peyton Manning...). La protección que les dispense su línea ofensiva, los cinco obreros corpulentos (el 'center', los dos 'guards' interiores y los dos 'tackles' exteriores) que deben evitar a toda costa que los cazadores de 'sacks' atrapen al pasador, en una batalla sin fin ni respiro, donde la fuerza y la técnica disparan la exigencia a parte iguales, es crucial. Si ese muro no funciona, el 'quarterback' se derrumba. Esa es la ley. Nadie juega bien sin tiempo. Las leyendas lo son porque juegan y compiten menos mal que los demás si carecen de margen para decidir. Con ese contexto desplegado cabe repasar la particular trayectoria de Darnold, el fenómeno que se apagó a las primeras de cambio en el MetLife Stadium de Meadowlands.

Una travesía de superación continua y ver "fantasmas"

El pasador nacido en California despuntó en el instituto San Clemente High School, donde descubrió el fútbol americano después de haber transitado por el baloncesto. Desde este punto comienzan las curiosidades, ya que jugó como 'wide receiver' y 'linebacker' en sus primeros años. Es decir, su conocimiento inicial del juego pasó por las habilidades específicas de los receptores (que trazan rutas para facilitar los pases a los 'quarterbacks') y de los jefes de las defensas (que son especialistas en interpretar hasta la mirada de los pasadores rivales). Por el influjo del destino, adquirió entonces un conocimiento valiosísimo que solidificaría más adelante sus virtudes como director de los ataques. El momento de desenfundar su categoría como pasador le llegó de casualidad, porque el compañero que se desempeñaba en esa posición se lesionó y no había nadie que quisiera asumir el reto de jugar en el rol más importante del equipo improvisando. Sam tomó la responsabilidad y conectó un 'touchdown' y, además, embocó la conversión de dos puntos que les hizo ganar aquel día. Toda una señal de lo venidero. Y en lo sucesivo inició su despegue, fijando el récord de pases de anotación del instituto en un partido (cinco) y llevándoles, contra todo pronóstico, a la final del CIF-Southern Section Southwest Division, donde cayeron porque Darnold sufrió un golpe en la cabeza. Su tarjeta a esas alturas era de 3.000 yardas y 38 'touchdowns' de pase más 800 yardas y 13 anotaciones de carrera. Esa barbaridad le brindó el pasaporte para saltar al ruedo universitario con el prestigio de ser un prospecto de cuatro estrellas y estar considerado como el octavo 'quarterback' de doble amenaza más codiciado del país (en una clase en la que también figuraban nombres como Lamar Jackson, Burrow o Kyler Murray). De este modo, pudo elegir destino y escogió el proyecto de la Universidad de South Carolina (USC)... donde su reclutador le ofreció jugar de 'linebacker' dado su gran rendimiento y las necesidades del equipo. Pero en ese momento el adolescente californiano ya había construido, junto a su familia, una confianza ciega en sus virtudes como pasador. Y los datos reforzarían esa férrea convicción, con una explosión nunca vista en la universidad. Tras un debut como titular que tardó en llegar y acabó en derrota, ganó todos los partidos de ese curso con varios récords de la USC (único en la historia en llegar a los 26 'touchdowns' como jugador de segundo curso, en acumular dos encuentros seguidos con cinco anotaciones) y del Rose Bowl (cinco pases para anotación y un total de 473 yardas completadas). Esa erupción le llevó, asimismo, a recibir el reconocimiento más pomposo del país pues fue nombrado MVP del fútbol americano universitario (se llevó el célebre Archie Griffin Award, un galardón que nunca antes había recibido un jugador de segundo año).

El siguiente curso, en 2017, su nombre apareció por la fuerza de la lógica en la lista para ganar el máximo premio universitario (el Heishman Trophy) y ascender a la primera ronda del draft de la NFL. Pero no lo tendría fácil para responder a las expectativas (nunca lo ha tenido). La plaga de lesiones, las polémicas decisiones de los entrenadores de la USC y la aparición de un nuevo cuerpo de receptores (con lo que eso significa en cuanto a la necesaria conexión y compenetración entre los pasadores y los receptores) desembocaron en un bajón estadístico que desinfló su candidatura. Mas Darnold no tiró la toalla, en un síntoma que anunciaría lo ocurrido en el profesionalismo. Mantuvo inalterable su compromiso y los frutos fueron llegando, con una victoria sobre Standford que sorprendió a los analistas norteamericanos; la victoria en la final de la Conferencia Pac-12 con MVP incluido; y la derrota postrera en el Cotton Bowl a pesar de haber lanzado para 356 yardas. Y con esa decepción y las enseñanzas aprendidas en la mochila aterrizaría en los Jets, una de las peores y más corrosivas franquicias de la liga profesional, que de todos modos es una trituradora que le entregó a Darnold cuatro entrenadores principales en sus cinco primeros años de carrera. Veneno para el establecimiento de un novato en la élite, que lo que más anhela es continuidad en el proyecto para desarrollarse.

En Nueva York duró tres temporadas en las que la errática dirección deportiva (en los despachos) y de los entrenadores (en el emparrillado) le entregaron una línea ofensiva que hizo de todo menos protegerle y brindarle el tiempo para mirar al horizonte con aplomo. En ese segmento fue cazado sin freno, llegando a sufrir 98 'sacks', a razón de más de 30 capturas por temporada. Y llegó a afirmar, con una honestidad chocante durante una derrota frente a los New England Patriots, que veía "fantasmas", en referencia a la presencia agobiante de la defensa de Bill Belichick y la ausencia total de tiempo para encontrar soluciones a la agresiva presión rival. Cuando los Jets le retiraron una fe que ellos mismos habían torpedeado con sus decisiones, ya devaluado, recayó en unos Carolina Panthers que le brindaron 35 'sacks' en su estreno. Y más inestabilidad, con turbulencias en el banquillo y los despachos. La experiencia profesional hasta esta fecha, que resultó en una terrible tarjeta de 55 intercepciones lanzadas y 35 'fumbles' sufridos en sus primeros cinco años de trayectoria en el profesionalismo, le envió a un hoyo del que pocos salen. A partir de entonces le tocó resignarse y asumir el rol de 'quarterback' suplente, una función de la que raras veces se sale para regresar a la titularidad. Muy pocos pasadores han salido a flote y vuelto a ser la cabeza de un proyecto en la liga tras caer a ese peldaño. Pero el talento y la ética de trabajo seguían ahí, fuera cual fuera su estatus. Y eso ha alimentado el renacer definitivo que ha devuelto el oro a la sedienta y apasionada afición de Seattle.

El impulso definitivo viene desde el sótano

De Carolina viajó a la suplencia de San Francisco. A cumplir en la suplencia del último jugador seleccionado del 'draft' de 2022, Brock Purdy. Es decir, pisó lo más hondo del fondo. En cambio, lejos de hundirse se lo tomó como una oportunidad para aprender. Su reclutador en los 49ers, el entrenador de 'quarterbacks' Brian Griese, tenía claro que la calidad de Darnold seguía intacta y se decidió a incorporarle tras una entrevista personal en la que preguntó si se sentía con fuerzas para seguir en la pelea después de la brutalidad padecida en el inicio de su carrera. "Me gusta quien soy", le respondió. Griese, que sabe que un pasador en la NFL no puede competir si arrastra dudas en su mente, le propuso ver con perspectiva su situación, que todavía le quedaban por delante más de 10 años en la NFL para demostrar su valía. Ese enfoque constituiría la gasolina que regó el compromiso del otrora diamante prometedor para ser el mejor suplente de la liga. El mayor apoyo de su juvenil compañero titular. Mudó su piel a la de la esponja más permeable y se empapó de la dinámica del gurú ofensivo Kyle Shanahan (incluso adoptó la costumbre de reunirse con sus dos colegas de posición antes de la cenas previas a los partidos para repasar el 'playbook' correspondiente). Aquel curso, en 2023, se mantuvo en un perfil bajo elegido y llegaron hasta la Super Bowl LVIII, donde les derrotaron los Kansas City Chiefs. Y aprehendió la pizarra del que luego sería su coordinador ofensivo en los Seahawks, Klint Kubiak, que ejercía en la bahía como entrenador de pase. En otra señal del destino que nutre la intrahistoria de este trabajado éxito.

Su desempeño silente y las referencias de sus técnicos en los 49ers llamaron la atención de varios equipos. De repente, volvía a estar en el ruedo de la titularidad, disfrutaba de una nueva oportunidad para demostrar su jerarquía en el timón de un equipo profesional. Llamaron a su puerta los Washington Commanders, que se decidirían por apostar por la perla llamada Jayden Daniels. Finalmente, recibió la confianza de los Minessota Vikings, aunque no sería tan sencillo establecerse de nuevo en la cima. Nunca lo ha sido para el californiano. La franquicia de Mineápolis planeaba una suerte de transición con aspiraciones y había drafteado al prometedor 'quarterback' J.J. McCarthy para construir a su alrededor, con el veterano pasador de tutor. Pero el juvenil se lesionó de gravedad y el entrenador Kevin O'Connell ascendió a la titularidad a Sam, en un movimiento exitoso que le depararía el premio de Mejor Entrenador del Año. Darnold, para sorpresa de la mayoría de analistas y aficionados, lideró a su equipo a una triunfal e inesperada temporada de 14 victorias. Amortizó la alternativa hasta disparar su rendimiento a cotas novedosas, con 4.319 yardas y 35 'touchdowns' de pase, con un ratio de 102.5 puntos, sólo superado en este último parámetro por tótems como Jackson, Jared Goff, Joe Burrow o Jalen Hurts. Y como en su currículum no faltan los desmoronamientos, todo ese prestigio recuperado sufriría un shock entre el último encuentro de la temporada regular y los playoffs. Su juego se quedó seco en esa decisiva jornada en la que se jugaban descansar una ronda y en la Wildcard Round, donde sufrió hasta nueve 'sacks' ante Los Angeles Rams.

Abrazar el fracaso para brillar

Una vez más, las dudas en torno a su consistencia en las grandes noches volvieron a la escena. Los Vikings le negaron un nuevo contrato y la comunidad estadounidense recuperó las resistentes sospechas sobre su talento. Sin embargo el pasador se había endurecido del todo. Entró en acción entonces el valiente directivo John Schneider, que apostó por él sin complejos para los Seahawks. Le ofreció tres años de contrato y un proyecto de largo plazo con un entrenador en jefe sólido (Mike Macdonald) y un coordinador ofensivo conocido (Kubiak). Le ofreció, en resumen, estabilidad. Al fin. Después de haber pasado por cuatro equipos en sus ocho primeros cursos de carrera. Con 28 años le llegó la oferta que tanto había estado esperando, desde novato (donde los Jets sucumbieron a las prisas de una franquicia perdedora que ansía remontar sin esperar al crecimiento de su 'rookie'). Por primera vez, se compró una casa en la ciudad del equipo para el que jugaba. Y, como no podía ser de otro modo, la tranquilidad impulsó su rendimiento hasta vislumbrar esa versión que le convirtió en un número tres del 'draft'. En Seattle se ha convertido en el único 'quarterback' de la historia de la NFL en concatenar dos cursos con 14 triunfos, llegando a las 4.048 yardas de pase (que uniformaron a Jaxon Smith-Njigba como Mejor Jugador Ofensivo de 2025), demostrando que es efectivo en los últimos cuartos, remontando y en el 'clutch', y se colocó en la pugna por el MVP. Además, nunca es fácil, se sobrepuso a un bache en el que sumó cuatro intercepciones en un partido (jornada 11, ante los Rams) para completar unos playoffs sin pérdidas de balón. Lo nunca visto en la liga.

En la sala de prensa anterior y posterior a la Super Bowl LX, el pasador analizó su complicado recorrido por la liga hasta alcanzar la gloria para la que parecía predestinado cuando, con 21 años, abandonó de forma temprana la universidad. El 'quarterback' destacó que los Seahawks le han dado la "consistencia" y "confianza" que le había faltado hasta entonces y resaltó que "el 'playbook' ofensivo es aún más importante de lo que se parece". "Lo comprendí cuando estuve en San Francisco. Aprender sobre las defensas fue fundamental para entender cómo las atacamos, qué esquemas debemos usar sobre cada cobertura. Fue algo crucial en mi crecimiento como jugador para estar aquí", recalcó antes de confesar la clave de su resiliencia: "Creo que tienes que abrazar el fracaso". "No creo que esto hubiera sido posible sin los obstáculos que tuve que superar al principio de mi carrera, eso te hace saber en dónde estás parado", subrayó para, de inmediato, admitir que lo vivido este curso "es increíble, con todo lo que ha pasado en mi carrera…". Y se despidió, con el trofeo Vince Lombadri en el regazo, agradeciendo de corazón el trabajo de la colosal defensa de los Seahawks. Porque el humilde genuino mantiene esa condición sin importar si yace en el pozo o en los cielos.

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