Marcial Pons. Madrid, 2025. 168 páginas. 15 €.
Por Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
Carlo (sí, en italiano: no Carl ni Carlos ni tampoco Charles) Schmid (1896-1979) fue un alemán muy activo en la postguerra que tuvo la mala suerte de que su nombre es muy parecido al de Carl Schmitt (y, si se pronuncia en castellano, casi idéntico). De ahí quizá que sea mucho menos conocido que Konrad Adenauer -el Canciller Federal entre 1949 y 1963: casi quince años, que se dice pronto- e incluso de quien hasta su muerte en 1952 fue el líder del SPD, Kurt Schumacher (literalmente, Zapatero: casualidades de la vida). Este libro de Francisco Sosa Wagner ha venido, en buena hora, a recordar a los españoles quien fue el tal Schmid y a reivindicar no sólo su figura, sino también toda una época e incluso un sistema político, lo que fue la República Federal Alemana hasta la reunificación de 1990: la República de Bonn, para entendernos.
El trabajo se presenta como una biografía y de hecho no se estructura en Capítulos, sino en Etapas (de una vida): cinco, en concreto. Pero de ellas las hay que ponen el foco en la persona -la primera, la cuarta y la quinta: tres en total-, mientras que las dos intermedias -la segunda y la tercera- constituyen más bien un relato de la historia alemana de la época: sobre todo, en los diez años, dramáticos y al mismo tiempo fascinantes, que transcurrieron entre 1945 y 1955. En esas páginas, Carlo Schmid es uno de los muchos personajes -importantísimo, eso sí- de la historia.
Suele decirse, a veces con tono de denuncia, que las transiciones a la democracia -nunca un fenómeno instantáneo- acaban estando llenas de contradicciones y claudicaciones. En la Alemania de entonces la cosa fue aún más compleja, porque se trataba de muchas cosas a la vez: desnazificarla, al tiempo que empequeñecerla geográficamente, desmilitarizarla y occidentalizarla: todo junto. Y ello en el contexto de un país ocupado -mejor dicho, fragmentado en cuatro zonas de ocupación- y luego dividido en dos.
De lo allí sucedido (en lo económico) en los años cincuenta y sesenta se suele hablar, con tono de rendida admiración, del milagro alemán y bien sabe Dios que en efecto se trató de algo milagroso. Y por cierto no sólo en lo económico, sino también en lo político y, por encima de todo, en lo que tiene que ver con la reputación hacia fuera y la moral colectiva -la autoestima, que diríamos hoy- hacia dentro: el triunfo en la Copa del Mundo de fútbol en 1954, en Berna, fue todo un símbolo.
Recordemos muy brevemente algunos datos históricos. El 30 de abril de 1945 Hitler se suicidó en el bunker de Berlín, cuando los soviéticos de Stalin estaban a las puertas. El 8 de mayo -con el horario ruso, el 9- Doenitz firmó la rendición incondicional, así llamada para no dar lugar a equívocos. Entre el 17 de julio y el 2 de agosto, en Potsdam, y ya con Truman al frente de Estados Unidos, por los vencedores de la guerra -los aliados, como todavía se les llamaba- se acordó el reparto de Alemania en zonas de ocupación y lo mismo, aunque llamándose sectores, la ciudad de Berlín.
En 1946, las potencias ocupantes -entre ellas, ya Francia- diseñaron con más o menos grado de artificio unos Länder que fueron aprobando unos textos normativos a los que llamaron Constituciones.
Y, en seguida, el 1 de enero de 1947, la parte americana (en esencia, Baviera y Hesse) y la británica (el Norte) se fusionaron, dando lugar a la conocida como bizona. En marzo de 1948, las autoridades francesas se sumaron, dándose lugar a la reforma monetaria, que es como se llama la creación del Marco, el DM. Los soviéticos respondieron con el bloqueo de Berlín, que se extendió durante muchos meses. Pero a partir de ahí, y con los escombros todavía en las calles, todo se aceleró. Sosa Wagner lo explica en páginas 45 y siguientes.
En julio de ese mismo 1948, y como consecuencia de los Acuerdos de Londres, los comandantes militares instruyeron a los presidentes de los Länder para que elaborasen una suerte de super-ley para toda Alemania. El día 1 de ese mes, en el Cuartel General americano, en Frankfurt, se leyeron varios documentos, el primero de los cuales, según las palabras literales del autor del libro, “se refería a la necesidad de fundar, en una Constitución, un orden democrático con garantías para las libertades individuales y también la creación de una estructura estatal federal que afianzara la autonomía de los Länder. Tal Constitución debía ser ratificada en cada Land”. Y otro de ellos consistía en lo siguiente: “(…) diseñaba de forma imprecisa el marco general del Estatuto de las fuerzas ocupantes que se aprobaría al mismo tiempo que la Constitución. En él quedaría claro que el control del mercado exterior, el de las autoridades de la cuenca del Rhur, las reparaciones de guerra, el tamaño de la industria alemana, la desmilitarización y el desarme seguirían siendo cuestiones atribuidas a los gobernadores militares, de la misma forma que estos se reservaban la vigilancia del proceso de reconstrucción de la vida democrática, de las relaciones sociales y del modelo educativo”.
Ni que decir tiene que todo eso se refería a las tres zonas occidentales, porque la soviética iba cada vez más a su aire. La división de (la futura) Alemania en dos, en el contexto de la guerra fría, estaba cantada, por mucho que los presidentes de los Länder, primero en Coblenza y luego en Niederwald (un pabellón de caza cerca de Frankfurt) se expresaran en términos de disgusto.
Lo que vino a continuación, siempre en 1948, resulta conocido: a partir del 10 de agosto, la reunión de los expertos, en número de veinticinco, en una isla -Herreninsel- situada en el lago de Chiemsee, al este de Múnich (y ya muy cerca de Salzburgo, es decir, la frontera austríaca), y hasta el 23 de ese mismo mes. De allí salió el proyecto de una llamada “Ley Fundamental”, con destino a un órgano calificado como “Consejo Parlamentario”, que habría de reunirse en la pequeña ciudad de Bonn, situada al sur de Colonia y hasta entonces conocida sólo por haber sido la patria chica de Beethoven (que no es poca cosa: un sordo que supo estar a la altura del mismísimo Goya, por poner una referencia española). La tarea se extendió varios meses, hasta mayo de 1949, sin que obviamente las potencias ocupantes estuvieran al margen. Sosa, en páginas 73 y siguientes, cita los memorándums de 22 de noviembre de 1948 y, ya en el citado 1949, de 2 de marzo y 22 de abril.
De la reunión de todas las partes el 25 de dicho mes de abril salió el texto definitivo: Alemania Federal -u Occidental- volvía a dar señales de vida ante el mundo, por mucho que los juristas (y entre otros Carlo Schmid, único por cierto que había formado parte de los dos gremios, el de Herreninsel y el de Bonn) discutieran, en términos por cierto bastante bizantinos, sobre si desde abril y mayo de 1945 -cuatro años ya a la sazón- el pueblo y el Estado alemán habían dejado de existir -tesis de Kelsen y Nawiasky, por ejemplo- o si por el contrario se trataba de una mera suspensión.
En el bien entendido de que democratización no significaba retorno a Weimar, cuyos errores fueron objeto de un reconocimiento generalizado: de ahí por ejemplo que el nuevo texto no estableciera la elección del presidente por sufragio universal y que, por influencia directa de Schmid, las mociones de censura contra el Gobierno tuvieren que ser constructivas, o sea, venir con el recambio puesto.
Pero eso de la democratización representaba sólo uno de los muchos empeños, por transcendente que resultase. Una tarea no del todo ajena a ello pero tampoco idéntica era la desnazificación, es decir, el castigo de los que habían colaborado en la época anterior y que en principio no debía agotarse en los jerarcas procesados y condenados en Nuremberg (octubre de 1945 a octubre de 1946). Había otros muchos -en singular, en oficios tan sensibles como los jueces o los profesores de Derecho- que también se habían lucido, para decirlo con palabras coloquiales.
¿Qué hacer con ellos? ¿Había cárceles para todos ellos? ¿Se trataba de abrir una causa general contra el pueblo alemán, al modo de lo que se hizo en Versalles en 1919, con las reparaciones de guerra y la invasión de la cuenca del Ruhr en 1923 por Francia y -lo más humillante de todo- Bélgica? Los aliados estaban convencidos de que aquello fue un error de bulto y decidieron no repetirlo: la desnazificación fue liviana, sí, por mucho que ello supusiera tener que tragar carros y carretas, como suele decirse.
¿Quid de las fronteras de Alemania? Había, sí, que reducir el país, pero tampoco fue mucho. En el Este, la frontera que se fijó fue la del río Oder -el que nace en Chequia y desemboca en el Báltico- y su afluente el Neisse, todo ello en favor de Polonia. En el Oeste, junto a Francia, quedaba en discusión la región minera del Sarre, que sólo en 1955 y sin referéndum, se incorporó a la República Federal.
También en la desmilitarización hubo que transigir mucho porque las leyes de la guerra fría se mostraban más implacables que propósito alguno. De hecho, en 1955, coincidiendo con la finalización formal del régimen de ocupación en las tres zonas de Occidente, Alemania se incorporó a la NATO.
En fin, estaba la occidentalización de Alemania, lo que significaba su incorporación al proceso de integración europea. Una vez más, fue la necesidad la que se impuso por encima de todas las retóricas y las ideologías. Para reconstruir la economía del continente hacía falta energía, que entonces se encarnaba en el carbón, que, por una de esas casualidades de la vida, donde mayormente lo había puesto la naturaleza era en la cuenca del Ruhr.
El remedio se encontró, con la declaración de Schumann el 9 de mayo de 1950 de por medio, en la despolitización (y no sólo internacionalización) del asunto, creándose por inspiración de Jean Monnet la famosa Alta Autoridad, germen (aunque sus reglas sean hoy, por desgracia irreconocibles) de la actual Comisión de Bruselas.
De la zona soviética sólo hay que recordar el muro de agosto de 1961, que lo dice todo.
Pero no nos olvidemos de que si el libro trata de todo eso es porque ese fue el ecosistema en el que vivió Carlo Schmid, en efecto con protagonismo en muchas de sus fases. Pero, como se dijo más arriba, el libro tiene también capítulos -el primero y los dos últimos- que responden con propiedad a la noción estricta de biografía: una vida iniciada en Perpignan y de madre francesa y luego, en la madurez, se desplegó en varias direcciones: la familiar -con algún disgusto grave-; la profesional -un docente de Derecho y de Ciencia Política, sobre todo en la Universidad de Frankfurt, que en los años cincuenta y sesenta se convirtió en el centro del pensamiento más crítico, con cuyas ideas no siempre comulgó nuestro hombre-; y, en fin, la política, donde, si se trata de coleccionar cargos, Schmid se quedó siempre a mitad de camino, entre otras cosas porque nunca terminó de ser un hombre de partido en el sentido más convencional -y tosco: lo uno va con lo otro- del término: el SPD siempre prefirió a otros.
En el remoto 2013, Francisco Sosa Wagner dio a luz su libro Juristas y enseñanzas alemanas, I, 1945-1975, con el subtítulo Con lecciones para la España actual. Su segunda parte se llamaba Nombres como huellas y entre los seleccionados se encontraba (junto a Erust Forsthoff y Theodor Maunz, cuyo track record durante el nazismo no es para sentirse precisamente orgullosos) el tal Carlo Schmid, al que se dedicaban casi diez páginas. El nuevo libro, ya en 2025, desarrolla el retrato del personaje con perfiles mucho más precisos y con una información detalladísima, sobre todo proveniente de los diarios del propio Schmid (y de Adenauer, por supuesto).
Un trabajo digno de leerse, ahora que estamos viendo que, si llegar a la democracia es un trabajo inmenso, también cabe, ay, el camino de vuelta. En la Alemania de 1945-1955 todos cayeron en la cuenta de los errores cometidos: había que evitar Weimar y también Versalles, porque ambas decisiones de 1919, en su día muy celebradas, acabaron mostrándose un semillero de desastres. A ver nosotros ahora.