Los Lunes de El Imparcial

Haruki Murakami: Sputnik, mi amor

Novela

Lunes 08 de junio de 2026

Traducción de Lourdes Porta y Junichi Matsuura. Tusquets. Barcelona, 2026. 326 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 8,99 €. Se recupera una lograda novela del gran autor japonés en torno a amores cruzados que nos lleva a la “adicción” al Premio Princesa de Asturias 2023

Por José Pazó Espinosa



Haruki Murakami ha proclamado en ocasiones su amor por Francis Scott Fitzgerald, en concreto por El gran Gatsby, y también por Franz Kafka, casi siempre por El castillo. Sputnik, mi amor, es un cóctel japonés hecho con un tercio de Scott Ftizgerald, un tercio de Kafka, algo de ralladura de jengibre y de corteza de limón y unas gotas de angostura. ¿Y el otro tercio del cóctel? preguntará alguien. ¿El otro tercio? ¿Qué tal Corín Tellado? Sí, Corín Tellado, la reina asturiana del romance yeyé de los sesenta.

Si seguimos con las asociaciones, el lector, ese ser que quizá como yo, lea a Murakami, entre subyugado y horrorizado, lo debería hacer en una sala VIP de algún aeropuerto de una gran capital del mundo, mientras bebe en pequeños sorbos una Heineken o una Amstel. Es decir, como uno de sus personajes. Mientras, rodeado de silencio y de sillones confortables, siente en su mente el rápido ritmo de los viajeros que se dirigen a un innombrable no se sabe dónde. En fin, el dislate emocional y literario. Pero así es el cóctel Murakami, una adicción más del mundo actual.

Sputnik, mi amor es una novela de Haruki Murakami del año 1999, inmediatamente anterior a Kafka en la orilla, la obra que supuso su confirmación internacional. Es una obra del Murakami casi joven, o sin casi, pero que hoy, curiosamente, se lee como una obra de decadencia, llena de manierismos murakanianos. La trama es un triángulo entre el narrador, una amiga suya, Sumire y una tercera mujer, Myu. Sumire es una aspirante a escritora, emuladora de Jack Kerouac, y de los beatniks.

De ahí viene el sputnik del título, literalmente en ruso “compañero de viaje”, o más comúnmente “satélite”, después de que la agencia espacial rusa bautizara así al primer satélite artificial lanzado por el hombre. Myu confunde la palabra beatnik con sputnik, y ese será el mote que Sumire le dará a Myu, “Mi novia Sputnik”. Las dos se conocen en una boda. Sumire, “Violeta” en japonés, viste ropa de beatnik y se comporta como una escritora incipiente, bajo la mirada condescendiente del narrador, quien se siente atraído por Sumire. Esta queda prendada de Myu, una mujer mayor que Sumire, enigmática e hija de un padre coreano muy guapo que ha hecho una gran fortuna en Japón. Myu tiene un secreto, físico y mental, pero plena de estilo se mueve por Tokio en un Toyota Celica coupé y un Jaguar de seis cilindros. Y por Italia en un Alfa Romeo azul. Viste ropa cara, pero discreta y, de alguna forma, queda tan subyugada por Sumire como Sumire por ella.

El narrador es un hombre sencillo. Profesor de primaria, bebe cerveza Heineken y Amstel en las salas VIP de los aeropuertos y en casa, y se atiza de vez en cuando un whisky caro u otra bebida algo más sofisticada, siempre de marca (Canadian Club), y bebida lentamente. Myu y Sumire viajan a Europa, a Italia y Francia, para visitar bodegas de vinos, y en el camino un conocido pone a disposición de ellas su casa en una isla de Grecia, para que las dos le den algo de uso, y la ventilen un poco.

Un buen día, de sopetón, el narrador recibe una llamada de Myu, que le pide que vaya a Grecia lo antes que pueda. Por supuesto, el narrador no tiene problema en dejar su trabajo en el colegio por una temporada, y tiene en su casa el dinero en efectivo suficiente como para comprar de forma inmediata en el aeropuerto de Tokio un billete para Grecia. Es decir, como se ve fácilmente, todo realista y fiel a la vida misma.

Hay en esta parte de la novela varias tendencias muy marcadas para este crítico: la primera, el efecto Scott Fitzgerald. El autor de El gran Gatsby escribió en su relato El muchacho rico, de 1926: “Deja que te diga algo sobre la gente rica. Son diferentes a ti y a mí. Se divierten y tienen muchas cosas muy temprano en sus vidas, y esto los cambia, los hace blandos cuando nosotros somos duros, cínicos cuando nosotros somos crédulos, de una forma que, a menos de que seas también rico, es difícil de comprender”.

Bueno pues esta cita sería aplicable por entero a los protagonistas de Murakami en esta novela, pero con ligeros cambios: “Deja que te diga algo sobre los personajes de Murakami. Son diferentes a ti y a mí. No hablan cuando nosotros hablamos, ni se callan cuando nosotros callamos. Y lo hacen de una forma que, a menos que seas un personaje de Murakami, te será muy difícil de comprender.”

La segunda característica de la prosa de Murakami en este libro es su repetido y redundante uso de la adjetivación y de las marcas, elementos más relacionados de lo que se pueda pensar: las marcas son de alguna forma como los adjetivos de nuestras vidas. No nos cambian sustantivamente, pero dicen algo de nosotros: nos califican y clasifican, nos describen, nos aumentan o disminuyen. En definitiva, nos adjetivan. La excesiva sensibilidad de Murakami hacia las marcas tiene un correlato en su uso de los adjetivos.

Juan Benet, en su ensayo La inspiración y el estilo arremetió contra los adjetivos como elementos decorativos y pomposos a menudo, con carácter de estuco redundante y vacuo. J.B. (ese escritor con iniciales de marca de whisky) se declaró enemigo del adjetivo que simplificaba el pensamiento y admirador del que lo complicaba. Pero claro, hay que ver hoy el número de lectores de la prosa benetiana y de la de Murakami para ver quién es el ganador: de ahí la mención a Corín Tellado, como componente ibérica de parte del cóctel Murakami.

En la isla, la cosa se complica, y no diré mucho más del argumento, porque el lector tiene derecho a hacer el camino por sí solo. En esta segunda parte de la novela, pasamos, de Scott Fitzgerald y de Corín Tellado, a Kafka y El castillo. Comienzan entonces unos juegos literarios que recuerdan a Kafka porque Murakami nos lo dice en sus entrevistas, pero que a lo que en realidad se parecen más es a Alicia en el país de las maravillas.

El teléfono tiene un papel especial como portador de mensajes de un más allá cercano, así como los diarios escritos y encontrados casualmente. Y, de fondo, como tema, está el amor. Ortega y Gasset escribió que “el enamoramiento es un estado de miseria mental en el que la vida de nuestra conciencia se estrecha y se empobrece”. Digamos que Murakami, en Sputnik, mi amor, explora a conciencia el enamoramiento en el sentido orteguiano. Y como es un Ortega-Scott-Fitzgerald-Kafka y, sobre todo, Corín Tellado, su lectura deja en el lector el regusto de culpabilidad que deja toda adicción.

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