Premio Comillas 2026. Tusquets. Barcelona, 2026. 408 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 11.99 €.
Por Carlos Abella
Carmen Díez de Rivera nació en Madrid en 1942, en el seno de una familia de proyección social y económica en aquellos años de inmediata posguerra civil. Fue una figura destacada en la Transición española, a la que aportó lo mejor de sí misma, que fue mucho. Por ello, es una de las personalidades más significativas de aquel periodo reciente de nuestra historia y tal es el atractivo que su figura despierta que son ya varios los libros que han narrado con distinto objetivo su azarosa vida política, su protagonismo en esa etapa clave de la Historia, su destacada relevancia en uno de los episodios más importantes como fue la legalización del Partido Comunista y por supuesto por el interés humano que ha suscitado su frustrada relación sentimental, por la índole social de las personas afectadas.
Con anterioridad a esta obra de Carmen Domingo, publicada en la editorial Tusquets con el título La soledad fue el precio, la biografía de Carmen Díez de Rivera mereció el interés de la excelente periodista Ana Romero, que ya en el año 2002 escribió para la editorial Planeta Historia de Carmen: memorias de Carmen Diez de Rivera. Quince años después, el también notable periodista Luis Herrero escribió Dejé de pronunciar tu nombre, con el seductor subtítulo de La vida prohibida de Carmen Diez de Rivera, y el añadido de “biografía novelada”.
La soledad fue el precio ha merecido el premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias 2026 de la editorial Tusquets y en verdad he de lamentar que en mi opinión el jurado presidido por el periodista Miguel Ángel Aguilar e integrado por Jordi Amat, Isabel Burdiel, Mercedes Cabrera y Josep María Ventosa, no ha acertado en esta ocasión pues ni La soledad fue el precio es como pretende la promoción “La biografía definitiva de la mujer más influyente en la Transición española”, ni la autora cumple con la exigencia de rigor histórico que sí cumplieron libros premiados con anterioridad, escritos por muy destacados intelectuales como Carlos Barral, Jorge Edwards, Carlos Castillo del Pino, Adolfo Marsillach, Jaime de Armiñán, Jaime Salinas, Ian Gibson, Isabel García Lorca, el ex ministro Alberto Oliart, el excelente diplomático Juan Durán Lóriga, y José Teruel, dedicado a la inolvidable escritora Carmen Martin Gaite, y que fue el que mereció el Premio en el año 2025.
Me atrevo a aventurar que Carmen Díez de Rivera lamentaría el ingenuo voluntarismo con el que la autora aborda pasajes, episodios y peripecias de su vida, y la pretensión de ofrecer de ella una proyección histórica superior a su influencia real, sin desmerecer su deseo de transformar la sociedad española, de anhelar un España abierta, liberal, moderna, a través de su cercanía con los dos personajes clave de la Transición: el Rey Juan Carlos y el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez.
La autora se deja llevar por una obsesiva reivindicación femenina que no ayuda a percibir en justa medida la personalidad de Díez de Rivera, de forma que hace de ella un personaje excesivo y creo yo que alguna revelación no beneficia a la biografiada pues en ocasiones acredita un evidente elitismo social, como cuando, en la página 207, cuenta que Carmen, sintiéndose engañada por el presidente Suárez por su deseo de presentarse a las elecciones de 1977, exclama: “Me da la nariz que el señorito va a seguir tras las elecciones”.
No es la única ocasión en que utiliza ese apelativo. Otra cita que no deja bien a la biografiada es cuando después de varios contactos de Carmen Díez de Rivera con el propio Santiago Carrillo y su entorno, y de una lógica indecisión gubernamental y real de cuando era el momento idóneo para asumir y organizar el operativo de la legalización del PCE, el presidente Adolfo Suárez opta por buscar al apoyo logístico del periodista José Mario Armero, lo que provoca la reacción contrariada –y reveladora de celos– de Carmen Díez de Rivera, que se lamenta en la página 201: “¡¡¡¡ Siempre José Mario Armero!!!!!. Y después de haber sido impulsora de la conveniencia de legalizar el PCE, la autora revela, en página 205, que es el Rey quien le llama para decírselo. Y cuando a continuación llama a Suárez para comentarlo, el presidente le pregunta “¿Quién te lo ha dicho?” a lo que ella responde; “El Rey”.
Roza la insolencia que en la primera entrevista que Carmen Díez de Rivera mantuvo con Adolfo Suárez le dijera: (página 91). “Como Ud. tan joven, puede ser un fascista”, expresión ésta que es más propia de una reflexión de una diputada de Podemos de nuestros días, en los que llamar fascista es una descalificación sin vinculación real con el Fascio. Más creíble hubiese sido si hubiera dicho “franquista”.
En el libro de Ana Romero ya quedó acreditada la cercanía y confianza que ella mantenía tanto el Rey como con Adolfo Suárez y de qué forma ella contribuyó a que algunas de sus sugerencias y propuestas vieran la luz, y en este de nuevo, se revela esa proximidad afectiva, cuando por ejemplo en la página 142, el Rey le dice: “…soy hombre antes de ser lo que soy, simplemente te adoro” y que concluye con esta nueva reflexión: “Nadie me da calabazas como las que tú me das”. No sé si la autora pretendía con la revelación íntima de esta conversación, que por cierto no tiene cita autorizada, ensalzar a la biografiada o lo contrario.
La obsesión feminista de la autora se combina con el sesgo político y sus errores, uno de los cuales es el que figura en la página 288, cuando afirma que “Areilza, ministro de Asuntos Exteriores del primer gobierno de Adolfo Suárez”, cuando José María de Areilza fue ministro de Asuntos Exteriores en el primer gobierno del Rey, presidido por Carlos Arias. Y ese sesgo se acredita en los comentarios insistentes en no admitir que la entrada de España en la OTAN se produjo en 1982 cuando gobernaba UCD y era presidente del gobierno Leopoldo Calvo Sotelo y su candidatura votada por todos los parlamentos de los países integrantes de la Alianza.
Por ello sus comentarios referidos a años posteriores a 1982, cuando al aludir a los planes del gobierno de Felipe González dice (página 290) “Otra barrera que había que sortear era la entrada o no en la OTAN”, argucia que ha sido utilizada por los socialistas para esconder que su debate era si España permanecía o no en la OTAN, para camuflar su inicial rechazo a la entrada y su reparación posterior, de modo que diera la impresión de que la entrada en la OTAN fuera obra del gobierno o de González. Detrás de ello ha estado la negativa socialista a aceptar que la entrada en la OTAN fue clave para la posterior admisión y entrada de España en el Mercado Común, en 1986.
Al comentar el resultado de las elecciones de 1979, en las que Suárez pretendió aumentar su mayoría, la autora desliza un nuevo error: (página 276) “El resultado fue un nuevo gobierno presidido también por Adolfo Suárez, a pesar de que UCD habia perdido parte de su apoyo y partidos como el PSOE y AP habían ganado terreno”. Ha bastado ir a los resultados oficiales de aquellas elecciones para desmontar esa afirmación, pues UCD sacó 168 escaños, tres más que en 1977 y el PSOE obtuvo 121, aumentando también su número de diputados en tres y por el contrario AP cayó un 27% y obtuvo solo 10 diputados, seis menos que en 1977. ¡qué manera tan burda de alterar la lectura política de un resultado electoral!
Por ello me parece de difícil justificación que un jurado en el que figuraban relevantes testigos y protagonistas de la Transición y de los hechos que la autora comenta, hayan podido premiar este sesgado trabajo político, con errores como los que he descrito a título de ejemplo.
Dicho esto, la autora recorre con admiración la biografía de un mujer en verdad dotada de grandes cualidades humanas, de una muy notable personalidad a la que un grave contratiempo afectivo perturbó muy seriamente, condicionando su proyección social, su encaje en la vida pública, su destino y, en definitiva su final, descrito por cierto por la autora con una encomiable delicadeza en el capítulo final, titulado “Un adiós discreto” en el que narra sus últimas semanas y días, después de haber vivido una vida intensa, de no haber dejado indiferente a nadie hasta el extremo de ser bautizada periodística e históricamente como “La Musa de la Transición”.