Los Lunes de El Imparcial

Etsu Inagaki Sugimoto:  La hija del samurái

Autobiografía

Domingo 25 de octubre de 2026

Prefacio de Amélie Nothomb. Prólogo de Christopher Morley. Traducción de Bárbara Pesquer. Satori. Gijón, 2026. 23 €.

Por José Pazó Espinosa



Este es un libro, anuncio ya, deliciosamente escrito, que cautivará a cualquier lector, aunque no sepa nada de Japón o no le interese el sushi o el sashimi. Lo escribió una mujer, la hija menor de Inagaki Heisuke Shigemitsu, heredero de una estirpe que apoyó a Ieyasu Tokugawa, quien, en 1603, se hizo con el poder central de Japón.

La familia de la autora, perteneciente a la clase samurái, tenía su casa en la provincia de Echigo, al norte de Tokio, cerca de las frías costas del mar de Japón, y allí comienza la autobiografía o novela (los críticos y estudiosos la clasifican de ambas formas), con nuestra protagonista y narradora, la pequeña Etsubo, relatando sus primeras experiencias.

Hay que situar la escena: estamos en el periodo de la Restauración Meiji (1868-1912), cuando Japón es forzado por los “barcos negros que se mueven sin velas” del comandante Perry a abrir fronteras y romper a golpe de cañonazos con un aislamiento que había durado varios siglos. Esa apertura forzada a Occidente significó el final de un orden social estamental, en el que las familias samuráis ocupaban un lugar de privilegio, en tanto que los comerciantes estaban situados en los estratos más bajos.

El cambio de orden subvirtió esa escala, y los samuráis tuvieron que entregar sus espadas y sus privilegios, para tener que adaptarse a un mundo en el que comercio y la industria iban a tomar un lugar protagonista.

En ese mundo, nace la pequeña Etsubo y, de una infancia casi de cuento de hadas en la fría Nagaoka, pasó aceleradamente a un matrimonio con un comerciante japonés al que no conocía y que vivía en los Estados Unidos, en Cincinnati. De la derrota, a la asociación con el enemigo. Sin embargo, Etsubo, lejos de verlo así, estudia y describe en este libro las sutiles a veces, otras veces enormes, diferencias entre su vida en Japón y su vida en los Estados Unidos de América.

Este tema, lo trató la antropóloga Ruth Benedict, de forma inteligente y comprensiva, en El crisantemo y la espada, estudio clásico sobre Japón que aún casi un siglo después de su publicación mantiene su vigencia e interés. A Benedict, se lo encargó la secretaría de defensa por el asombro y estupor que provocaba en las filas norteamericanas el que los pilotos japoneses, tras ser capturados por las fuerzas estadounidenses, en vez de rechazar colaborar con el enemigo, colaboraran abiertamente. La hija de un samurái, el relato de Etsu Inakagi Sugimoto, explica y da cuenta de ese sentimiento de forma más personal que el tratado antropológico.

Etsubo, su nombre cariñoso y familiar, viajará desde ese Japón en trance de desaparición y reconstrucción, desde ese mundo budista y sintoísta en el que cada ser y casi cada objeto tiene un espíritu propio, a una potencia emergente, de valores protestantes que combina el mesianismo con el afán de dominio universal. No es raro que al principio todo le parezca allí grande, vulgar y chabacano, desprovisto de gracia y elegancia. Pero su espíritu de mujer samurái le llevará a aceptar todo.

En su empeño, contará con una madrina, Florence Mills Willson --en el libro su madre americana--, quien le irá guiando por los caminos del mundo anglosajón. Sus dos hijas nacerán allí, luego enviudará, y volverá a Japón después, para terminar enseñando en la universidad de Columbia en Nueva York. Y escribirá La hija del samurái, por consejo del periodista y poeta Christopher Morley, al tanto de la singularidad de las experiencias y la sensibilidad de la autora.

El libro se lee como un relato íntimo y sentimental, con fogonazos de comparación entre los dos mundos y con una tesis: los países tienen un alma oculta que hay que descubrir. Y si ambas partes llegan a descubrirse y conocerse de alma a alma, entonces surge la auténtica comprensión y la empatía. Pero, aparte de estos principios más generales, en este relato autobiográfico, hay historia, algo de teoría antropológica aplicada y un humor que proviene casi siempre del asombro y del contraste. Valga este ejemplo:

“Nunca olvidaré la primera vez que vi a un hombre y una mujer besarse… …. Soy incapaz de expresar qué sentí, pero no pude evitar recordar lo que me había contado mi madre justo antes de partir hacia los Estados Unidos: ‘Hija mía, me han dicho que la gente extranjera tiene por costumbre lamerse unos a otros como los perros’. Sin embargo, ahora comprendo la espiritualidad del beso”.

De las enseñanzas, valga este otro: “Cuando llegue a los Estados Unidos albergaba las expectativas de aprender muchas cosas, pero ni se me ocurrió que iba a aprender algo sobre Japón”.

El libro tiene un brevísimo prefacio de Amélie Nothomb, en el que califica este libro de “travesura”, y confiesa que ha sentido un inmenso placer leyéndolo. También, un prólogo de tres páginas de Morley, que da alguna pista sobre la génesis del libro. En definitiva, la hija de samuráis Etsu Inagaki Sugimoto, en su entrada en el mundo del español, nos llega en esta publicación de la editorial Satori custodiada por dos discretos e inteligentes escuderos, Morley y Nothomb. Sírvanle para que también en el reino de nuestra lengua este libro tenga un exitoso camino.

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