Los Lunes de El Imparcial

Genki Kawamura: Mi caballo

Novela

Domingo 01 de noviembre de 2026

Traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara. Alianza. Madrid, 2026. 140 páginas. 19,95 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por David Almazán Tomás



Hay novelas que reflejan el aislamiento del ser humano en la sociedad. En Japón, esta sensación de no acabar de encajar es frecuente en personajes femeninos, que no sienten gana alguna de mantener relaciones sentimentales y que ocupan el día en trabajos anodinos. Es el caso de Yuko Setoguchi, la protagonista de Mi caballo, de Genki Kawamura.  Yuko es administrativa en un astillero y completa su jornada llevando la contabilidad del sindicato de trabajadores. La rutina de su día a día es gris. Un día, de repente, el encuentro casual con un hermoso caballo negro dio inicio a una atracción apasionada. Comienza montándolo en un club de hípica.

La obsesión por el caballo crece desmedidamente. Ya no hay vuelta atrás. Llega un momento en el que siente la necesidad de comprar el caballo, al que llama Strada. Sin embargo, sus ahorros y su nómina no le alcanzan para los gastos de adquisición, mantenimiento y entrenamiento de Strada, al cual está dispuesta a llevar a los más exclusivos campeonatos de salto. El dinero de esta aventura ecuestre comenzará a salir de la caja fuerte del sindicato. El desfalco de Yuko Setoguchi pronto se descubrirá y, además, como una metáfora de la propia vida de la protagonista, Strada acabará con una grave lesión. Al parecer, la trama está basada en una historia real que salió a la luz en 2020.

El autor de esta novela es Genki Kawamura (Yokohama, 1979), un escritor y cineasta japonés de renombre. Más atractiva resulta otra obra anterior, Si los gatos desaparecieran del mundo, que ha sido todo un gran éxito internacional de ventas. También como cineasta tiene Kawamura un gran reconocimiento, incluso en nuestro país, pues su primera película, Cien flores, se hizo con la Concha de Plata al mejor director en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián en el año 2022.  Esta película es la adaptación de su novela Hyakka, la cual todavía no ha sido traducida. Ignoramos si Mi caballo (Watashi no uma) tendrá o no su versión cinematográfica.

En esta novela, Genki Kawamura no me ha dado la impresión de que sea un purasangre como narrador, sino más bien un percherón.  El estilo literario es ágil y la historia se sigue con facilidad, con un ritmo que avanza al trote y, en ocasiones, al galope. La traducción del japonés de Mi caballo ha sido realizada por Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, una pareja de traductores de consolidada trayectoria. Como la historia transcurre en Japón, la novela cuenta en ocasiones con algunas notas explicativas, cuya colocación siempre se limita a lo imprescindible.

Decidir qué notas añadir es siempre una labor compleja. Así, por ejemplo, no se ha considerado explicar qué es un pachinko (lugar de juego tipo tragaperras), pero sí hay nota para sarakin (oficina de préstamos rápidos) o para convini (las conocidas tiendas de conveniencia de 24 horas). Esta palabra generalmente se transcribe como konbini, pero aquí aparece convini. Muchas explicaciones de los traductores se concentran en el apartado gastronómico, como el bento (caja con comida para llevar), chicken namban (pollo frito con salsa dulce de soja), natto (judías de soja fermentada). En mi opinión, las notas interrumpen la narración.

Hay otros platos que, al parecer, se espera que el lector conozca, como udon, omurice, etc., pues no llevan la consiguiente nota a pie de página. De todos modos, si en lugar de udon y omurice se pusieran “fideos” y “arroz frito con tortilla”, podríamos seguir el hilo de la narración sin perdernos nada. Si se opta por darle sabor japonés con los términos nipones, sin explicación alguna, tampoco sería un gran problema. Lo que no acabo de entender del todo es el criterio para poner notas en unos extranjerismos y en otros no.

Esta reflexión sobre la necesidad o no de las notas me ha venido a la cabeza por los siguientes episodios que voy a comentar. Cuando la protagonista está robando el dinero para comprar el caballo, Yuko abre la caja fuerte con una combinación de números: 5, 9, 6, 3. Entonces nos encontramos con una nota que dice: “Con los números, el autor hace un juego de palabras intraducible”. Yo creo que esta nota tan poco explicativa no es necesaria. Y, si se decide introducirla, se podría aclarar que esta combinación de números se lee en japonés go-ku-ro-san, que suena como la expresión “gracias por tu trabajo”. Una ironía del autor sin más trascendencia. Yo soy partidario de quitar notas a pie de página innecesarias en las novelas actuales, siempre que se pueda.

Más complicadas, y ciertamente imposibles explicar sin enjundiosas notas, son las alusiones que se hacen al shogi o ajedrez japonés. En relación con el shogi, sin embargo, sí que considero que alguna nota podría haber ayudado a la comprensión de las intenciones del autor, pues dudo que el lector hispanohablante esté familiarizado con las características y normas de este juego. Es un juego que me gusta mucho, que básicamente es como un ajedrez, pero con un tablero y fichas muy diferentes. No hay blancas ni negras, sino que todas las fichas tienen forma plana y pentagonal, con su nombre escrito.

La del caballo se llama keima y se mueve de forma parecida al caballo de ajedrez, aunque no puede retroceder. El movimiento de keima es una metáfora del comportamiento de la desdichada oficinista obsesionada con el caballo, una obsesión que no puede tener marcha atrás. Por otra parte, hay una norma en el shogi que también tiene un reflejo en la trama de la novela. Al igual que nuestros peones se coronan cuando alcanzan la última fila del tablero, en el shogi las piezas que alcanzan las tres últimas filas se convierten en otra ficha, llamada kin (oro o dinero).

Está claro que el caballo de la novela acaba costando un dineral, millones de yenes. En el juego, la ficha del caballo que llega a oro, se le da la vuelta y pasa a ser llamada narikei. Este nombre está escrito en el reverso de la ficha, por eso se voltea. Esta es otra metáfora que usa Kawamura en la novela. Resulta que el caballo que llega a oro, el narikei, ya no puede volver a saltar, sino que cambia los movimientos ofensivos que puede hacer, pero de casilla en casilla. En la novela, el costoso caballo Strada acaba sin poder saltar.

Para complicarlo más, también hay otra poderosa pieza en el shogi que se llama uma (caballo), que se mueve con rapidez en diagonal, como nuestro alfil. También esta ficha, ágil, veloz y temible, aparece en la novela, haciendo un jaque mate. Realmente, no hay manera de introducir estos detalles. Todos estos entresijos ajedrecísticos japoneses no se reflejan en la versión española de Mi caballo.

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