El Chivato
Lunes 09 de marzo de 2009
Muchos teatros privados, más de cincuenta, desaparecieron de Madrid desde la segunda mitad del siglo XIX hasta este XXI en el que la especulación inmobiliaria, la falta de textos nuevos e interesantes o la sustitución de aquellos empresarios de antes -que anteponían su amorosa sensibilidad a los beneficios dinerarios- por “hombres de empresa” con atinados estudios y previsoras estadísticas.
Unos propietarios cedieron su céntrica situación a bancos poderosos; otros no pudieron resistir las tentaciones y sucumbieron ante las desvergonzadas ofertas de inmobiliarias o grandes superficies. En silencio se ha ido ese colosal Real Cinema, de la plaza de Isabel II, destrozado por un arquitecto que lo dividió en minicines y que pudo haber sido uno de los grandes teatros que le van faltando a Madrid. Ahora se convertirá en hotel por deseo de su nuevo propietario, un empresario emprendedor que multiplicó su fortuna gracias a una sala de fiestas, alojada en el sótano del edificio; o el lujoso Avenida, donde pronto venderán ropas en lugar de ilusiones, y el Palacio de la Música que, al menos, hará de nuevo honor a su nombre como sala de conciertos, ya sin su pequeño Teatro Club (antes Luna Park, diminuto parque de atracciones y único con estanque y barcas “de choque”). Y se fueron o se irán los pequeños; tan chicos como el bonito Teatro Arniches, más tarde Cine Bogart; sus propietarios piden tantos dineros por el mínimo inmueble que, solo lo conseguirán si se hunde o si un funcionario insensible permite el provechoso cambio de uso.
Un teatro no es rentable. Lo saben bien los bancos y lo saben esos hombres de empresa listísimos. Si el teatro no es negocio; si ni siquiera ofrece las satisfacciones que ahora tienen los que gastan sus dineros en presidencias deportivas y los “Mecenas” murieron hace años (el último debió ser el Marqués de Fontalba) ¿Quién puede soportar la aventura? No. No y no. El teatro es un mal negocio para sus amantes enamorados. Lo sabe bien esa actriz, empresaria y luchadora, avocada a desistir por el momento de su anhelado sueño: el “Teatro Antonia San Juan” que, nunca llegó a perder el nombre de Teatro Arlequín, como le denominara su creador, el inolvidable Arturo Serrano, allá por los sesenta.
Los diez teatros más ocupados de la semana
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