Muchos teatros privados, más de cincuenta, desaparecieron de Madrid desde la segunda mitad del siglo XIX hasta este XXI en el que la especulación inmobiliaria, la falta de textos nuevos e interesantes o la sustitución de aquellos empresarios de antes -que anteponían su amorosa sensibilidad a los beneficios dinerarios- por “hombres de empresa” con atinados estudios y previsoras estadísticas.
Unos propietarios cedieron su céntrica situación a bancos poderosos; otros no pudieron resistir las tentaciones y sucumbieron ante las desvergonzadas ofertas de inmobiliarias o grandes superficies. En silencio se ha ido ese colosal Real Cinema, de la plaza de Isabel II, destrozado por un arquitecto que lo dividió en minicines y que pudo haber sido uno de los grandes teatros que le van faltando a Madrid. Ahora se convertirá en hotel por deseo de su nuevo propietario, un empresario emprendedor que multiplicó su fortuna gracias a una sala de fiestas, alojada en el sótano del edificio; o el lujoso Avenida, donde pronto venderán ropas en lugar de ilusiones, y el Palacio de la Música que, al menos, hará de nuevo honor a su nombre como sala de conciertos, ya sin su pequeño Teatro Club (antes Luna Park, diminuto parque de atracciones y único con estanque y barcas “de choque”). Y se fueron o se irán los pequeños; tan chicos como el bonito Teatro Arniches, más tarde Cine Bogart; sus propietarios piden tantos dineros por el mínimo inmueble que, solo lo conseguirán si se hunde o si un funcionario insensible permite el provechoso cambio de uso.
Un teatro no es rentable. Lo saben bien los bancos y lo saben esos hombres de empresa listísimos. Si el teatro no es negocio; si ni siquiera ofrece las satisfacciones que ahora tienen los que gastan sus dineros en presidencias deportivas y los “Mecenas” murieron hace años (el último debió ser el Marqués de Fontalba) ¿Quién puede soportar la aventura? No. No y no. El teatro es un mal negocio para sus amantes enamorados. Lo sabe bien esa actriz, empresaria y luchadora, avocada a desistir por el momento de su anhelado sueño: el “Teatro Antonia San Juan” que, nunca llegó a perder el nombre de Teatro Arlequín, como le denominara su creador, el inolvidable Arturo Serrano, allá por los sesenta.
