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El chivato

EL CHIVATO

Y no es que el teatro se signifique sólo por el aumento generalizado de las recaudaciones por taquilla. Sino que vuelve a servir de argumento para las memeces protagonizadas por algunas señorías políticas paritarias que habitan el gobierno. Ya hubo una ministra de Cultura, de nombre Carmen y apellido Calvo -¿debería decirse Calva?- que se lanzó a decir: “el dinero no es de nadie”. Claro que la ministra del “Dixi Pixi” omitió que ese dinero “de nadie” siempre va a parar a las manos de los mismos; esos que deben ser los “nadie” amos de la tela y que, con solo elevar una de sus cejas y encerrarse tras el “cordón sanitario” consiguen toda suerte de canonjías a modo de subvenciones. Para estos titirivainas no existe la crisis ni el paro y, aun no se ha descubierto el antídoto que proteja a los cómicos de a pié de las miasmas ideológicas que los tales sujetos exalan con su aliento.

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La nueva temporada de lucha a pierna partida (lo llaman fútbol) ha empezado con el estreno de “fútbol todos los días”. Inútil intento de adormecer a los paisanos, cada día más avezados en eso de evaluar a sus próceres. Por muchos jeribeques que urdan los arrulladores de opinión, a los aficionados al teatro –siempre en aumento- no se la dan con queso.

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Pasaba de la media noche. Noche templada de vocación veraniega. Los teatros habían terminado ya sus sesiones vespertinas de horario europeo. Los cómicos activos disfrutaban la quietud de la breve jornada laboral pero… No todos.

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Acontecía en la Casa de Correos, sede del gobierno regional madrileño, con motivo de la recepción que la presidenta ofrece cada año a varios miles de españoles con motivo de la celebración del 2 de Mayo. El ambiente, estaba más limpio que otros años por mor de la rabieta de un lila, pero el ágape parecía organizado por Fidel para su pueblo en el aniversario de la revolución del hambre.

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César Antonio Molina; más poeta que ministro; más hombre de letras que político. Era el ministro idóneo para el poco apreciado mundo de la cultura. Llegó Molina a un ministerio, que algunos consideran superfluo, con voluntad de hacer bien las cosas acabando con las cesantías recurrentes de otro tiempo. El culto ministro instauró la estabilidad de los directores de los distintos organismos culturales de su ministerio: bibliotecas, Institutos, museos, orquestas, teatros… Era en el ministro un gestor de la cultura sin tintes sectarios ni talante partidario.

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La última semana no pudo empezar mejor (política y crisis –qué crisis- aparte): el lunes a medio día el escritor Francisco Ayala festejaba su 103 cumpleaños en la Biblioteca Nacional que le homenajeaba en presencia de algunas de las más relevantes personalidades de la cultura (ministro Molina incluido).

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Hay varias fechas, cada año, en las que los teatros venderían más localidades si más localidades tuvieran. Uno de esos días es el de San Valentín, celebrado la semana pasada que, además, cayó en sábado, el día de mayor afluencia a los teatros.

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Hay quienes afirman –los teatreros sobre todos - que si el Teatro gozara de la misma promoción por parte de los medios de comunicación con que cuenta el fútbol, no habría una sola butaca libre en ninguno de los teatros de gestión privada, que pugnan a diario por conseguir la dádiva de unos instantes entre las horas que todos los medios dedican a esa cosa del balón cuyo éxito de masas parece deberse a la libertad de manifestar el lado fiero de los individuos, lanzando cuantos exabruptos les vengan en gana, y no al gusto por un espectáculo cuyos modos estéticos y pedagógicos solo fomentan una cultura barata cada vez más alejada de lo artístico, que no puede compararse con los del teatro.

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La tarde madrileña no invitaba al paseo; ni siquiera estimulaba a los aficionados a lecturas teatrales (tantas veces precursoras de éxitos). A pesar del extemporáneo frío y una lluvia molesta, la acogedora sala de la Casa de Valencia, en el Paseo del Pintor Rosales, se adornó de público ávido de buen teatro, enterado de que allí se procedía, en sesión única, a la lectura escenificada de “El ocaso de los brujos”, del valenciano Juan Alberto Gil Albors, dirigida por el también valenciano José Francisco Tamarit, director teatral y maestro de actores en la bella localidad alicantina de Alfaz del Pi.

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Hace años, cuando comenzaban a reivindicar de todo los agazapados durante cuarenta años, muchas calles de todas las ciudades y pueblos de España sufrieron cambios de nombre. En aquel tiempo yo colaboraba en el diario Pueblo del maestro Emilio Romero y escribí un artículo titulado: “La trasnominación de las calles” en el que propugnaba un procedimiento menos hiriente que el irreconciliable de los pancarteros puñeteros (de puño en ristre), que ya proliferaban como hongos yesqueros. El asunto consistía en añadir un “apellido” a los nombres, más o menos ilustres, que portaban las calles.

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Por todas partes proliferan las escuelas de teatro. Las hay universitarias o superiores, autonómicas, municipales, particulares… Todas con la buena voluntad de crear buenos profesionales pero, la mayoría sin profesores competentes. En otro tiempo -cuando La Real Escuela Superior de Arte Dramático fue creada en 1831 impulsada por la reina María Cristina de Borbón, esposa de Fernando VII- los mejores actores eran quienes enseñaban a los neófitos los secretos de las tablas. Después, los aprendices (meritorios) practicaban desde mínimos papeles, entre profesionales de las mejores compañías.

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Muchos teatros privados, más de cincuenta, desaparecieron de Madrid desde la segunda mitad del siglo XIX hasta este XXI en el que la especulación inmobiliaria, la falta de textos nuevos e interesantes o la sustitución de aquellos empresarios de antes -que anteponían su amorosa sensibilidad a los beneficios dinerarios- por “hombres de empresa” con atinados estudios y previsoras estadísticas.